Leer las Sagradas Escrituras no garantiza que usted vaya a comprenderlas.

Lejos de desanimarlo, nuestro propósito es ofrecerle un mapa que facilite la lectura de la Biblia y lo ayude a aplicarla a la vida cotidiana.

Recopilada muchos siglos antes de que naciéramos, sus términos y sus ambigüedades, muchas veces aparentes, pueden confundir y, lo que es peor, servir de pretexto para interpretaciones erróneas.

Por eso, para leer bien la Biblia es necesaria una acción previa, una preparación, para aprovechar mejor sus enseñanzas, y esta comienza mucho antes de abrir sus páginas.

Veamos, pues, cuáles son esos pasos.

¿Qué es la Biblia?

Biblia, palabra de origen griego, significa la «totalidad de lo que es un libro» o, en una traducción más libre, el libro por excelencia, el principal libro.

Recibió ese nombre años después de la ascensión de Cristo, cuando los apóstoles comenzaban a distinguir lo que sería la Iglesia católica de la sinagoga de los hebreos.

Como los doce principales seguidores de Jesús pertenecían al pueblo de Israel, era normal que recibiesen como herencia algunas de sus reliquias.

Ese fue el Antiguo Testamento, los papiros que se leían en el templo los sábados y que contenían profecías y comunicaciones divinas.

A esto se añadieron los nuevos relatos de la acción del Mesías y las cartas apostólicas, nuevas enseñanzas revestidas de autoridad: y así tenemos el Nuevo Testamento.

La formación de la Biblia tal como hoy la conocemos fue un proceso histórico, teológico y comunitario que tuvo lugar a lo largo de los siglos.

Ofrecemos aquí una visión de conjunto objetiva y clara:

La traducción de los libros veterotestamentarios

Después del exilio en Babilonia, muchos judíos no regresaron a su tierra, sino que habitaron regiones de otros pueblos. Con el tiempo, las Escrituras judías comenzaron a despertar el interés de los gentiles, lo que hizo necesario traducirlas al griego.

Se cree que esta traducción se realizó en Alejandría, por obra de setenta sabios judíos. Aunque trabajaron individualmente, todos llegaron exactamente al mismo resultado. Por eso esta versión se conoció como Septuaginta o versión de los Setenta.

Los libros apócrifos

¿Quiere decir esto que había otros libros o papiros que quedaron excluidos?

Sí, y son los libros conocidos como apócrifos. No fueron incorporados a la Biblia porque no se conseguía demostrar la historicidad de sus relatos.

Algunos libros apócrifos son muy inocentes, como ciertos textos que describen la infancia de Jesús.

Otros son más peligrosos y contienen una doctrina que desvirtúa la misión de Cristo, presentándolo como un hombre corriente, susceptible de pecar.

La Iglesia condenó formalmente algunos; permite la lectura de otros, pero no les reconoce autoridad.

Infalibles e incorporados a la Biblia solo están los 46 libros del Antiguo Testamento y los 27 del Nuevo, un total de 73 libros sagrados.

A partir de la Septuaginta, escrita íntegramente en griego, san Jerónimo, que dominaba tanto el griego como el latín, realizó una traducción que dio origen a la Vulgata, la cual fue oficialmente la versión de referencia de todas las traducciones que poseemos hoy.

Esta permaneció como la única desde el siglo II hasta el siglo XX, cuando el Santo Padre, el papa san Juan Pablo II, creó una comisión para revisar del griego al latín la Vulgata. Esa revisión recibió el nombre de Nova Vulgata, que se convirtió en la versión oficial para las demás traducciones a otros idiomas.

¿Por qué es tan importante leer la Biblia?

En primer lugar, hablemos de cifras.

Por ser la base de las tres grandes religiones monoteístas —pues la Torá de los hebreos contiene algunos libros del Antiguo Testamento y el Corán fue el libro revelado a Mahoma a partir de la lectura de la Biblia—, la Biblia es el libro más leído del mundo y lleva muchos siglos siéndolo.

Además, las tres grandes ramas del cristianismo —la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa y la Iglesia protestante— tienen la Biblia como fundamento de su fe.

En la Iglesia católica, la Biblia recibe la denominación de Revelación, la única que poseemos.

Para los fieles católicos es obligatorio creer en sus palabras, pues, para nosotros, todas ellas fueron inspiradas por el Espíritu Santo.

Junto con las enseñanzas de los primeros Padres de la Iglesia, responsables de formular y sistematizar la doctrina católica, la Biblia constituye el elemento escrito de la Tradición, y es necesario leerla para comprender mejor el plan de Dios y la historia de la salvación.

Por eso, el fiel católico tiene la obligación de leer las Sagradas Escrituras, aunque sea por partes y de forma irregular.

Conscientes de ello y de las dificultades que tenía el pueblo para alfabetizarse en los primeros tiempos, se estableció que en las santas misas hubiera lecturas de la Biblia, lo que dio origen a la liturgia de la Palabra.

San Agustín afirma que la liturgia de la Palabra (hoy compuesta por una lectura, luego un salmo, a continuación el evangelio y la homilía) equivale a la liturgia de la Eucaristía. Es decir, la misma importancia que un católico atribuye a la hostia consagrada, que es Jesús, debe atribuirla a las lecturas de la Biblia en la misa.

¿Contiene errores la Biblia?

Por definición, la Biblia está inspirada por el Espíritu Santo y, como tal, es infalible como lo es Dios.

Esto significa que no hay errores en sus páginas y que el cristiano puede acercarse a esta fuente de «agua viva» y beber de ella sin temor.

Sin embargo, no podemos decir lo mismo de la interpretación de la Biblia, pues, como sabemos, muchos de sus pasajes son tan profundos que su significado no se puede captar a primera vista.

Como fieles, nos adentramos en un terreno sagrado: la Revelación de Dios dirigida a las mentes humanas. Es lógico, por tanto, que nuestra incapacidad sea la causa de las ambigüedades y las confusiones.

Así, el católico debe hacer un acto de fe cuando no comprenda algún pasaje: «Mi limitada inteligencia no comprende ahora qué significa este mensaje. Sin embargo, creo y amo, aunque mi entendimiento no alcance a comprenderlo».

Por otra parte, respetar un pasaje no significa aceptarlo sin examinarlo críticamente. Pero aquí crítica significa analizar, poner a prueba y estudiar su contexto.

Y aquí llegamos a un punto muy importante que muchos descuidan: el estudio del contexto.

«Un texto fuera de contexto solo sirve de pretexto», dice el refrán.

Y la Revelación de Dios contiene, por supuesto, elementos que el hombre puede asimilar, como sus experiencias, el ambiente que lo rodea y los hechos sociales de su época.

Por eso, por ejemplo, la mayoría de las metáforas de Jesús tratan del pastoreo y la agricultura, pues eran actividades habituales entre los hebreos de aquel tiempo.

El problema de la interpretación

Así pues, antes de afirmar cualquier cosa, el intérprete debe estudiar. Necesita conocer las costumbres de la época y los giros propios de su lenguaje.

¿Quiere ver un ejemplo?

El siguiente pasaje: Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de Dios (Lc 18, 25).

Se ha descubierto que los hebreos tenían un tipo de nudo llamado «camello». ¿Se refería Jesús al nudo o al animal?

No lo sabemos, y probablemente solo lo descubriremos en el cielo, preguntándoselo a Él.

Pero esto no cambia el núcleo de la lección que el divino Maestro quiso transmitir: es difícil, muy difícil, que una persona apegada a los bienes materiales entre en el paraíso.

Por eso encontramos hoy muchas interpretaciones falsas: se ha democratizado el acceso a la Biblia, pero no a los estudios que la rodean.

Es muy fácil leerla y olvidar los innumerables libros de comentarios escritos por santos mucho más estudiosos que nosotros.

Por eso, una preparación esencial para quien lee la Biblia consiste en revestirse de humildad y conocer lo que dijeron cientos de personas que nos precedieron y estudiaron la Biblia con mucho más conocimiento, incluso mediante estudios serios y relevantes.

Quien abre las Sagradas Escrituras y olvida los materiales y análisis que legaron sus predecesores en la fe ya comienza de manera equivocada.

En definitiva, ¿en qué orden debo leer la Biblia?

Después de cuanto hemos dicho, ya con una fe ardiente, humildad en el corazón y la mente serena, llega el ejercicio de la lectura propiamente dicha.

Para un cristiano sencillo, laico y con pocos estudios, ¿por dónde conviene empezar a leer la Biblia?

Un itinerario que suele recomendarse es comenzar por los Hechos de los Apóstoles.

Allí encontramos una narración parecida a una «novela cristiana»: aparecen muchos personajes, todos ellos profundamente tocados por la gracia y realizando obras portentosas.

En esta lectura, el católico puede comprobar cuánto los impulsaban los dones recibidos en Pentecostés. Y puede ver con sus propios ojos lo que es capaz de hacer un santo cuando tiene una fe gigantesca.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles enardece el corazón, lo vuelve dócil, llena los ojos de amor y enseña que, pese a todas las dificultades, hay un Dios aún mayor detrás de ellas.

A continuación, el fiel puede dar el siguiente paso: conocer la vida de Jesús, autor de aquellas proezas que realizaron los apóstoles.

Lo más recomendable es el Evangelio de Lucas, que ofrece un relato muy minucioso de la vida de Cristo.

Los demás evangelistas, como Mateo y Marcos, presentan ciertas características semejantes a las de Lucas y, por eso, en un primer momento se pueden dejar de lado para estudiarlos más adelante con mayor profundidad.

En cambio, el Evangelio de Juan exige un esfuerzo intelectual especial: su escritura teológica, tan simbólica y de terminología propia, puede asimilarse mucho mejor si se acompaña de la lectura de un comentarista más profundo.

Por ejemplo, leer los comentarios de san Agustín al Evangelio de san Juan es muy recomendable para quienes desean profundizar verdaderamente en la teología.

¿Cuándo comenzar a leer el Antiguo Testamento?

Después de haber leído la vida de Cristo y comprendido la doctrina que vino a traer, podemos pasar al Antiguo Testamento.

Los libros iniciales, llamados Pentateuco, que narran la historia de la creación, de Abrahán, de Isaac y de Jacob, pueden ser los primeros; pero siempre bajo esta perspectiva: Dios se comunica con un pueblo concreto y respeta muchas de sus limitaciones.

Por eso muchos actos que hoy pueden ser censurados eran permitidos por Dios, pues Él no podía imponerse al libre albedrío del pueblo elegido.

La circuncisión, por ejemplo, es una práctica que la Iglesia abandonó ya en los primeros años de la comunidad católica, pero que era obligatoria para el pueblo hebreo, pues, en una época en que la cultura de las marcas era muy importante, resultaba necesario un signo sensible y físico que mostrase que aquel era el pueblo de la Alianza.

Por eso, después de haber tenido contacto con el Nuevo Testamento, al cristiano le resulta más fácil recorrer el Antiguo Testamento: sabe que Jesús vino a elevar muchas de aquellas costumbres.

Así, la lectura puede continuar según las necesidades de la vida.

Por ejemplo, transformar la lectura de los salmos en oración matutina; formar un grupo de estudio de las cartas de san Pablo o conversar con un sacerdote sobre el carácter providencial de libros como Ester o Macabeos.

Espero que esta guía más detallada para leer la Biblia lo ayude, querido lector, a adentrarse más en sus páginas sagradas, comprendiendo mejor la Revelación que hemos recibido como un regalo.

Y, sobre todo, para leer bien la Biblia no puede faltar una vida de oración.

Rezar es comunicarse con Dios y, en esta conversación, Él nos ilumina con su sabiduría, lo que nos hace comprender aún mejor los pasajes de las Escrituras.