La doctrina católica define la mentira como «comunicación falsa unida a la intención de engañar» (San Agustín, Contra mendacium, 26: PL 40, 537).
Por tanto, para combatirla es necesario progresar en ambos aspectos. El primero es el de la comunicación falsa, lo que nos lleva a una pregunta aún más importante: ¿qué es la verdad?
Esta pregunta fue formulada por Herodes a Jesús (Quid est veritas?), y el divino Maestro se limitó a guardar silencio.
En esta actitud del Hombre-Dios podemos comprender que, ante todo, la Verdad es Él, Cristo.
Pero, para no privar a Herodes de sus méritos, en caso de que se convirtiera, nuestro Señor no lo proclama por su propia boca, sino que espera que otros lo hagan por Él.
Así lo vemos en su célebre pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (Mt 16, 13), y solo cuando Pedro responde Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16, 16), Cristo se manifiesta, premiándolo y haciéndolo cabeza de su Iglesia.
Por tanto, la verdad consiste en reconocer la vida de Cristo como modelo para la nuestra.
Comunicar algo falso significa entrar en contradicción con las cosas creadas, con nuestra naturaleza como imagen de Dios y con las intenciones de Cristo para nosotros, expresadas en sus palabras recogidas en el Evangelio.
La intención de engañar
El octavo mandamiento, que prohíbe dar falso testimonio, nos advierte también contra el segundo componente de la mentira: «la intención de engañar».
A no ser que alguien comunique algo falso sin ser propiamente culpa suya —por falta de conocimiento—, la intención de engañar siempre será maliciosa.
De la mentira pueden surgir diversas formas de engañar que constituyen faltas contra el octavo mandamiento:
* La calumnia, por ejemplo, consiste en afirmar cosas que no son verdad con intención de perjudicar al prójimo.
* Por su parte, la difamación consiste en difundir informaciones verdaderas que no son de dominio público tan solo para avergonzar o perjudicar al prójimo. Esa es la naturaleza de la murmuración, un pecado que resulta tanto más grave cuanto mayor sea la conciencia con que se comete.
Otro pecado contra el octavo mandamiento es el testimonio falso, cuando se afirma algo sin haberlo presenciado realmente. Además, mentir para obtener algo, o para no «perjudicar» al prójimo, también constituye pecado.
Cuando se actúa contra la verdad, que es Dios, no se obtiene ningún bien de ello.
¿Es mentira la restricción mental?
El octavo mandamiento tiene una particularidad: en líneas generales, permite la restricción mental.
¿Qué es la restricción mental?
Es la posibilidad de guardar un secreto u optar por dar una información poco exacta o poco aclaratoria a alguien que no tiene derecho a saber algo.
Si un padre o una madre me preguntan por el paradero de su hijo menor de edad, tengo la obligación de contar lo que sé, pues los padres tienen autoridad sobre su hijo y derecho a saber por dónde anda.
En cambio, si un desconocido me pregunta por ese mismo menor, no tengo obligación de responder, pues no es una autoridad ni tiene relación con el niño y, por tanto, no tiene derecho a saberlo.
Así, el verdadero cristiano puede guardar silencio o dar una respuesta vaga: «No lo sé», mediante la restricción mental. Aunque sepa que está en casa, no sé exactamente dónde se encuentra, en qué habitación, por ejemplo.
Por tanto, la restricción mental responde, no a la pregunta objetiva, sino a una pregunta interior formulada por quien ya posee la respuesta.
Recordando, sin embargo, que tal comportamiento solo deja de ser pecado cuando el interlocutor no tiene derecho a conocer la respuesta.
Noviembre de 2026, n.º 280
Octubre de 2026, n.º 279
Septiembre de 2026, n.º 278
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos