El deseo de perfección
Como ya he tenido ocasión de comentar, uno de los preciosos frutos de la civilización cristiana fue, a mi entender, el deseo de perfección y equilibrio aplicado a los más variados aspectos de la sociedad, la cultura, el arte, etc., impregnados de templanza y sentido católico.
En francés, se diría el raffinement de todas las cosas. Un refinamiento, un auge de excelencia y armonía que alcanza aquella forma de belleza plena, acabada, en la que nadie se atreve a tocar nada, porque no hay nada que modificar.
Esta característica sobresale de manera particular en dos obras nacidas del alma medieval y que hasta hoy nos dejan colmados de encanto y admiración.
La belleza es contemplativa
La primera de ellas, constante objeto de mis elogios y arrobamientos, es la catedral de Notre-Dame de París.
En ella —como, en general, en las producciones del estilo gótico— me parece reflejada la templanza que corona las virtudes y cualidades del corazón justo. Sobre todo en su fachada podemos discernir ese espejo de todas las buenas disposiciones del alma humana.
El maravilloso semblante de este templo es «raffinésimo», si así se nos permite decir, en el sentido de que nos revela una serie de sentimientos llevados a su completa finura, conviviendo urbanamente en un mismo frontispicio. Y quizá sea éste el aspecto por el que tanto me atrae.
De modo que, si buscamos allí una expresión del cariño de la Santísima Virgen, enseguida la encontramos. O, si queremos ver algo de la seriedad de María, allí está.
Algo de su severidad, contrarrestada por una insondable bondad y misericordia, también lo encontramos en aquellas piedras esculpidas de modo primoroso.
Contemplamos, asimismo, la realeza, la majestad de la Madre de Dios, resplandeciendo en la riqueza de las labores y tallas con que los artífices medievales esculpieron aquellas imágenes.
En definitiva, Nuestra Señora en la acción, en la paz, en la gloria, en la fulguración de todas sus virtudes, se encuentra expresada en la fachada de Notre-Dame. ¡Un refinamiento de esplendor!
Las vidrieras
Otro tesoro raffiné que nos legó la Edad Media es el fascinante arte de las vidrieras.
Otra más de aquellas manifestaciones de equilibrio intocables, fijadas de modo perenne en su perfección, en su magnificencia y belleza.
A una vidriera admirable y refinada, nadie se atreverá a modificarle un solo detalle. Por ejemplo, en la maravilla de la Sainte-Chapelle, en los rosetones de Chartres, de Bourges, ¿quién pensaría en tocarlos?
Son de esas formas de realización que han alcanzado, en su género, toda la perfección posible, y cualquier alteración que sufran significa un movimiento de decadencia.
Digamos que sustituir las luminosas policromías por algún vidrio transparente reputado de excelente calidad, con innumerables ventajas ópticas, prácticas, etc., sería un desastre.
¿Por qué? Porque la vidriera representa una síntesis siempre prodigiosamente equilibrada de colores diversos y desconcertantes, de modo que tenemos en ellas todas las variedades, todas las bellezas que nunca cansan, dentro de una unidad armoniosa, sosegada, tranquila, que nos transmite una agradable sensación de plenitud.
Así, la vidriera sería una forma de refinamiento ideal.
Y tan proporcionada que, en una misma escena representada, en tal rosetón vamos a encontrar caballeros saliendo de su fortaleza, monjes trabajando en su abadía, etc., y, en medio, un hombre con un sombrero verde que nadie concebiría llevar.
Sin embargo, la tonalidad de ese color, cuando recibe la luz del sol, se revela de tal excelencia que, incluso sobre la cabeza de aquel personaje, deja de ser ridícula. Al contrario, lleva consigo un esplendor.
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