Evangelio
1En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, 2 bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3 Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, 4 como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; 5 los valles serán rellena‑ dos, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. 6 Y toda carne verá la salvación de Dios” (Lc 3, 1‑6).
I – La búsqueda de la felicidad
Aquel que se detuviera a hacer un breve aná‑ lisis de la gente de su entorno o hasta de otras personas menos cercanas —incluyendo a antepasados, personajes históricos, figuras destacadas en el contexto mundial actual o de otrora—, se daría cuenta de que, a pesar de la diferencia de mentalidad, aptitudes o estilo de vida, se puede distinguir un rasgo común, que guía sus actos: el deseo de ser feliz.
Pero aunque todos, sin excepción, buscan la felicidad con infatigable ardor, muchos llegan hasta el final de sus días sin haberla encontrado...
¿Cuál será la causa de estos esfuerzos frustrados? El problema está en que “todos aman la vida dichosa y no todos anhelan vivir como únicamente se vive en ventura”,1 observa San Agustín.
En lugar de orientar su existencia hacia Dios, Bien supremo y fin último del hombre, único Ser que sacia por completo esa aspiración, muchos son engañados por el mundo y terminan recorriendo una vía paralela al verdadero camino. Nunca serán felices, por el mero hecho de seguir un itinerario que no lleva a Dios.
Algunos, por ejemplo, se enredan en las ilusiones del dinero. Ven el equilibrio financiero como sinónimo de prestigio, poder e influencia en la sociedad, así como una garantía de un futuro sin preocupaciones.
Si bien no es de extrañar que la existencia de los que mucho poseen tenga características muy distintas a la de una estable tranquilidad, sobre todo cuando atesoran para sí mismos y no son ricos para Dios (cf. Lc 12, 21).
Viven en la insaciable ambición de acumular cada vez más —porque “quien ama el dinero, no se harta de él” (Ecl 5, 9)— y cuanto más grande sea la opulencia, mayores serán sus aflicciones para administrarla y conservarla.
Para otros, su ilusión estará en la ciencia. Consumen su tiempo en estudios, investigaciones y escritos, aspirando a dominar asuntos de difícil comprensión para el común de la gente y empeñados en la idea de ser premiados por su erudición.
Hacen del saber la finalidad última de su existencia, olvidándose de que sólo es un medio que Dios le ha dado al hombre para conocerlo mejor y remontarse a consideraciones más elevadas.
Al ser limitado, el conocimiento humano jamás satisfará la sed de felicidad del alma, que tiene ansias del Infinito. Por eso muchos intelectuales, aun siendo aplaudidos por el mundo, acaban sus días en la amargura.
Y, a veces, esos falsos caminos conducen no sólo a la frustración, sino también a lo absurdo.
Es lo que vemos en nuestros días, por ejemplo, con personas que se someten a dietas rigurosas para adaptarse a los estándares de belleza física impuestos por la moda.
Pensando que se sentirán plenamente satisfechas con los elogios y la admiración provocados por una exagerada delgadez, no sólo se privan del noble placer de un paladar temperante, sino que incluso perjudican su salud.
En casos extremos, esta falaz vía de felicidad se convierte en un atajo para acortar su propia vida...
Desde esta perspectiva, nuestras consideraciones recaerán sobre una figura sin igual en la Historia, contemplada en este segundo domingo de Adviento: el Precursor de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué relación podemos encontrar entre su mensaje y la búsqueda de la felicidad?
II – La predicación de Juan el Bautista
1 En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene,...
Para situar cronológicamente el comienzo de la misión del Precursor y delinear el contexto histórico en el que se encontraba el pueblo judío en aquella época, San Lucas abre su tercer capítulo mencionando a las autoridades políticas de Palestina.
El poder supremo del Imperio romano lo ejercía Tiberio, uno de los tiranos más infames de la Historia universal,2 debido a la duplicidad de carácter e irrefrenable espíritu vengativo que marcó su conducta en el gobierno.
Constituyó procurador de Judea a Poncio Pilato,3 quien demostró ser un auténtico representante del arbitrario césar.
Los relatos evangélicos sobre la condenación de Jesús lo retratan como un hombre cobarde y egoísta, capaz de derramar sangre inocente para salvaguardar sus propios intereses.
Y sus contemporáneos Filón y Flavio Josefo son aún más categóricos al describir su mal carácter diciendo que se distinguió “por su desdén a la ley judía, no obstante estar reconocida por los romanos, y por su pérfida crueldad”.4
Aprovechaba cualquier pretexto para infringir los preceptos mosaicos y herir así la religiosidad y el nacionalismo israelita, pues “no solamente odiaba a sus súbditos, sino que tenía una prepotente necesidad de mostrarles su odio”.5
Los tetrarcas Herodes Antipas y Filipo, mencionados a continuación, eran hijos de Herodes el Grande.
Su gobierno, por lo tanto, suponía para los judíos la humillante condición de doble sujeción a los gentiles: los romanos y los idumeos.
A respecto de Antipas, basta recordar el calificativo de zorro que el divino Maestro le dio (cf. Lc 13, 32) para hacerse una idea de su personalidad.
A la manera de ese astuto animal, el comportamiento del gobernante era regido según la prudencia de la carne, vicio que se caracteriza por “una hábil sagacidad en encontrar los medios más oportunos para entregarse a toda clase de concupiscencias desordenadas”.6
Su hermano Filipo, al contrario, fue honrado en su vida particular y ejerció de modo correcto las funciones administrativas, hasta el punto de ser considerado una excepción a la regla de los herodianos.7
En cuanto a Abilene, provincia limítrofe de Judea gobernada por Lisanio,8 tetrarca de origen griego, el evangelista la incluye en esta relación porque su territorio formaba parte de los “límites señalados por Dios a Abrahán; [...] y es probable que estuviese habitada en su mayor parte por judíos, aunque bajo el dominio de un extraño”,9 comenta Maldonado.
Reavivación de las expectativas mesiánicas
2a bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás,...
Desde los tiempos de Herodes el Grande, los pontífices eran instituidos y depuestos según los intereses de los emperadores o de las autoridades políticas locales y, con frecuencia, existían negociaciones corruptas detrás de cada nombramiento.
Esta decadencia moral del judaísmo se agravó con Anás, que constituyó una organización familiar cómplice del poder romano y herodiano, a base de sobornos, pasando a controlar todo el establishment israelita.
En el momento histórico descrito por el evangelista, Caifás —su yerno— ocupaba el cargo, que era individual. Pero San Lucas los menciona a los dos por el hecho de que Anás, depuesto hacía años, aún ejercía tanta influencia que su palabra era equivalente a la voz del sumo sacerdote oficial.10
Esta deplorable situación religiosa, sumada a la opresión política, se reflejaba en el pueblo y daba lugar a un estado general de agotamiento. Los impuestos pesaban sobre él y las mismas costumbres judaicas se desgastaban bajo el influjo del paganismo romano.
No obstante, en ningún momento los israelitas perdieron las esperanzas respecto al Mesías prometido por Dios a los patriarcas y anunciado por los profetas.
Él vendría “para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad” (Is 61, 1), y aparecería en un período de extrema desolación para la nación hebrea.
Por eso a medida que la situación empeoraba, la realización de la pro‑ mesa mesiánica parecía más inminente.
Pero la errónea interpretación de las profecías llevaba a los judíos a imaginar al Salvador como un héroe nacional que los liberaría del yugo romano —considerado el gran mal del cual provenían los demás infortunios de Israel.
Y les daría una insuperable proyección política, social y financiera, así como la supremacía con relación a los otros pueblos de la tierra.
En medio de tan singular ambiente, en el que se confundían el desaliento y la expectativa, un nuevo profeta se manifiesta al pueblo elegido.
¿Un Precursor a la altura?
2b ...vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías,...
Debido a los diversos acontecimientos ex‑ traordinarios relacionados con el nacimiento de San Juan Bautista (cf. Lc 1, 5‑25.57‑66), su fama se extendió “por toda la montaña de Judea” (Lc 1, 65), despertando la admiración del pueblo.
Pero a este comienzo de celebridad le siguieron años de un completo aislamiento del mundo. Se apartó de la convivencia social y vivió “en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel” (Lc 1, 80).
Esa zona desértica corresponde a una región agreste, casi deshabitada, comprendida entre el lago de Genesaret y el mar Muerto, y que se extendía desde el margen occidental de éste hasta los límites de las tierras fértiles de Judea.
Allí el niño creció y se fortaleció en el espíritu (cf. Lc 1, 80) —mediante la práctica de un riguroso ascetismo, vistiéndose con piel de camello y alimentándose de miel silvestre y saltamontes (cf. Mc 1, 6; Mt 3, 4)—, hasta la edad de más o menos 30 años,11 que fue cuando empezó a ejercer su ministerio.
Ese estilo de vida nos permite imaginarlo como
un hombre de un profundo recogimiento, de una gran delicadeza de alma, de una modestia extrema, y tan absorto en Dios que necesitaría, al parecer, de un esfuerzo para abandonar su contemplación.12
A simple vista, tan misteriosa austeridad podría semejar el extremo opuesto de la gloria infinita del Verbo Encarnado, de quien Juan era su precursor.
Así como la entrada del Niño Jesús en el mundo había sido anunciada a los pastores por un ángel refulgente de luz (cf. Lc 2, 9) y a los Reyes Magos por una estrella que les guio hasta Belén (cf. Mt 2, 1‑12), cabría esperar que el inicio de su vida pública también estuviese precedido por apariciones similares o por fenómenos naturales extraordinarios.
Sin embargo, el anuncio hecho por el Bautista fue bastante diferente, pues su grandeza no era ostentosa.
Su autoridad procedía de una pureza más que terrenal y de la majestad de la gracia, las cuales lo destacaban a los ojos del pueblo como un hombre muy por encima del resto de la humanidad, encargado de censurar y reprender, es cierto, pero investido igualmente de una misión de inefable misericordia”.13
La esencia de la verdadera grandeza
Entre otras razones, Dios procedió de esta forma para no quitarles a los judíos la posibilidad de adquirir el mérito de la fe, para que creyeran en la divinidad de Jesús cuando lo viesen personalmente.
De hecho, si las exteriorida‑ des del heraldo de Cristo correspondiesen a las pompas del ceremonial que la corte celestial le rinde a la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se habría extinguido el estado de prueba entre los contemporáneos del Señor en relación con el misterio de la Encarnación.
Por la fuerza de la evidencia, el aspecto esplendoroso de Juan sería suficiente para concluir que el Maestro que él venía anunciando era Dios mismo.
Por otra parte, la Providencia quiso enseñarnos que el verdadero valor del hombre está en su interior, aunque muchas veces el mundo no lo reconozca.
Dios no escogió a su precursor de entre los líderes de la política o de la religión en Israel, cuyos nombres abren el Evangelio de hoy.
El elegido para esta misión de una importancia impar en la Historia fue un hombre sui generis para las costumbres de su época, sin ningún prestigio social.
No obstante, su sobrenatural excelencia le hizo sobrepasar en grandeza a todos los hombres, según lo reveló el propio Jesús: “En verdad os digo que no ha nacido de mu‑ jer uno más grande que Juan el Bautista” (Mt 11, 11).
Por lo tanto, como corresponde a la acción divina, en este caso la Providencia escogió igualmente lo que había de mejor.
El anunciador de Cristo poseía la más noble de las cualificaciones: había sido santificado ya en el vientre materno, llenándose del Espíritu Santo y, por eso, era “grande a los ojos del Señor” (Lc 1, 15).
De ello se desprende que San Juan Bautista también sea un ejemplo de cómo, para Dios, el hombre vale más por lo que es que por lo que hace.
El mérito sobrenatural que obtenemos con nuestros actos exteriores lo logramos más por la disposición interior que nos anima que por el esfuerzo empleado en realizarlos.
En este sentido, la Virgen María es el modelo supremo, pues su amor al Creador y su fervor de intención hicieron que Ella diera
más gloria a Dios con la menor de sus acciones —por ejemplo, hilando en la rueca o dando puntadas con la aguja— que San Lorenzo sobre la parrilla con su cruel martirio, e incluso que todos los santos con sus acciones más heroicas,14
enseña San Luis Grignion de Montfort.
El simbolismo del desierto
2c ...en el desierto.
A parte de referirse al sitio donde San Juan vivió y recibió la revelación, el desierto puede ser interpretado en un sentido simbólico.
Al igual que estaba deshabitada aquella región, también el Precursor estaba libre de apegos materiales y pretensiones mundanas, vacío de sí mismo.
El desierto es una hermosa imagen del alma dignamente preparada para recibir a Jesús y participar en el Reino de Dios: despojada de manías y de caprichos egoístas, alejada del materialismo reinante en el mundo, desierta de vanidades y ambiciones.
Un bautismo de penitencia
3Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados,...
A diferencia de los antiguos profetas, Juan el Bautista no se dirigió a las ciudades, ni a los lugares públicos donde habitualmente había aglomeraciones. Empezó su anuncio en las agrestes proximidades del río Jordán, predicándoles a quienes iba encontrando por el camino, que ciertamente serían muy pocos.
Pero el impacto que causó su persona y la fuerza de su mensaje repercutieron rápidamente y pronto acudieron a él “toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén” (Mc 1, 5).
En ese territorio, otrora solitario, se intensificó la circulación de judíos que buscaban en el profeta el despuntar de la anhelada regeneración moral y religiosa de Israel.
Incluso había muchos que en su interior portaban una duda llena de esperanza: ¿sería Juan el propio Mesías?
Por eso, ora discerniendo los pensamientos de los corazones, ora respondiendo a preguntas explícitas, el Precursor intercalaba exhortaciones a la penitencia con afirmaciones que dirimían los equívocos sobre su persona: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias” (Lc 3, 16).
Si el que había de llegar superaba aún más al admirable y arrebatador Bautista, era menester prepararse para recibirlo.
Con vistas a ese gran acontecimiento, numerosos judíos recibieron el “bautismo de conversión”.
Así y todo, éste no confería la gracia al alma como el bautismo sacramental que Cristo instituiría más tarde,15 pues aquel tan sólo era un símbolo que consolidaba el cambio de mentalidad al que Juan convocaba, ratificando de forma sensible el deseo de, a través de la penitencia, purificarse espiritualmente a fin de poder participar en el inminente Reino de Dios.
Predicación de elevado sentido simbólico
4 como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos;...”
Estas palabras del profeta Isaías, que prenunciaron el fin del destierro del pueblo judío en Babilonia y el regreso a Palestina, habían atravesado los siglos como signo de consuelo y perdón. Pero en los labios del Precursor ese mismo mensaje se revistió de un carácter penitencial, que penetró a fondo en las conciencias y las movió a la conversión.
Es importante que recordemos que la predicación de Juan el Bautista no estaba dirigida únicamente a los que tuvieron la dicha de vivir en tiempos de Jesús.
Conforme enseña San Bernardo, el advenimiento del Señor al mundo se divide en tres etapas: la primera corresponde a su vida terrena, cuando vino en carne mortal, y la última al día del Juicio final, cuando vendrá en cuerpo glorioso.
La intermedia es cotidiana, cuando viene a nosotros en espíritu, mediante su gracia.16 Jesús nos está llamando a cada instante, en las circunstancias más diversas de la vida, por lo que hay que estar siempre preparados para recibirlo.
Al igual que aquellos judíos que acudían a las márgenes del Jordán, así también nosotros debemos dar “el fruto que pide la conversión” (Mt 3, 8), poniendo en práctica las amonestaciones del Precursor. En primer lugar, exhorta a allanar los senderos del camino por el que el Señor pasará en breve.
Es evidente que no se trataba de promover una obra de rectificación de las carreteras palestinas. Toda su predicación tiene un elevado sentido simbólico y debe ser interpretada desde un prisma sobrenatural.
Esta advertencia es un llamamiento a eliminar los desvíos que se establecen en el alma cuando se quiere conjugar la adoración a Dios con el egoísmo.
El que no se empeña en combatir sus defectos personales ni en progresar en la perfección acaba entrando por las tortuosas sendas de los vicios al margen del bien y, sin embargo, no quiere abandonarlo por completo.
Tarde o temprano el dinamismo del mal termina sofocando una frágil adhesión a la virtud y se cae enteramente en las vías del pecado.
Muy apropiado es que en el Adviento nos detengamos un poco en nuestro caminar espiritual y, abstrayéndonos de la febril actividad del mundo, examinemos nuestra conciencia a fin de verificar si no estamos, en algún punto, construyendo reco‑ rridos sinuosos en nuestra vida.
Hagamos entonces el firme propósito de allanarlos, buscando la completa coherencia entre nuestra conducta y la fe, lo que se cifra en el perfecto cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios.
Eliminar la mediocridad y el orgullo
5a “…los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados;...”
Llamado a vivir en función de su dignidad de hijo de Dios y a tener la mirada siempre puesta en los elevados panoramas de la fe, en muchas ocasiones el hombre le da la espalda a ese plan superior y concentra toda su atención en las cosas concretas, preocupándose excesivamente con los bienes materiales y con banalidades propias a la existencia terrena.
Esta mezquindad lo lleva a olvidar lo efímero de esta vida y, menospreciando la eternidad, a vivir como si el Creador no existiese. Entonces se forman en el alma los valles de la ausencia de Dios.
Junto a esto también hay montañas y colinas en la vida espiritual. Son las elevaciones del amor propio desordenado, que se manifiesta de las maneras más diversas.
Por ejemplo, en el deseo de llamar la atención ajena sobre las cualidades personales, reales o supuestas, intentando destacar con relación a los demás. Más allá de rellenar los valles de la mediocridad materialista, es preciso nivelar esas prominencias del orgullo.
Es interesante que observemos aquí un detalle del texto evangélico, pues en este versículo el Precursor no da una orden, como en el anterior, sino que hace una afirmación: “los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados”.
Con la venida del Señor al mundo, los sacramentos —medios eficaces para esa refor‑ ma interior— fueron puestos a disposición de la humanidad. Al conferir la gracia al alma, corrigen los desniveles que se interponen en el camino de la perfección y dificultan el progreso espiritual.
Como comenta San Cirilo, “cuando Dios, hecho hombre, destruyó el pecado en su carne, todo fue allanado, y se hizo fácil el camino, no habiendo ya collado ni valle que sea obs‑ táculo para los que quieran caminar”.17
Le resta al hombre unir ese auxilio divino a su propio esfuerzo, siempre consciente de que cada avance, incluso siendo pequeño, se debe a la gracia obtenida por Cristo y no a su mero empeño.
Las racionalizaciones, senderos sinuosos de la conciencia
5b “...lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano”.
Las racionalizaciones —es decir, los falsos raciocinios elaborados por el hombre para justi‑ ficar sus propias faltas— son desvíos muy sutiles en la vida espiritual, porque encubren la inconsistencia del error con la apariencia sólida de la verdad.
Los senderos sinuosos, “lo torcido”, es una imagen adecuada de esos deshonestos subterfugios del pecador que huye al encontrarse con el aguijón de la conciencia que lo importuna, advirtiéndole sobre el mal que pretende hacer o reprendiéndole por las faltas practicadas.
Sólo con tales evasivas el hombre consigue permanecer en los accidentados caminos del pecado.
Para eliminar estas sagaces irregularidades del terreno es imprescindible la virtud de la rectitud, la cual hace que el individuo vea por entero su propia flaqueza y maldad, reconociéndose pecador y necesitado del amparo sobrenatural para no zozobrar en las tentaciones.
Sin embargo, el factor decisivo es, una vez más, la acción divina, que resalta a los ojos del hombre el horror del pecado y la noción de que Dios conoce todas las cosas, incluso los más íntimos pensamientos y las intenciones del corazón.
Dios debe estar en el centro de la vida del hombre
6 “Y toda carne verá la salvación de Dios”.
Estas palabras finales son muy exactas, no sólo para significar la universalidad de la misión del Señor, sino también la actitud de los hombres con relación a Él, libres que son de aceptarlo o rechazarlo y, en vista de ello, alcanzar la salvación o la perdición eterna.
De ahí la razón de que San Juan no diga que todos se salvarán, sino que todos verán la salvación, como comenta el padre Duquesne:
El Salvador, enviado por Dios, ha venido para todos los hombres, ha sido anunciado a todos los hombres; sin embargo, no todos lo han reconocido ni lo han seguido. Pero un día vendrá en el que todos lo verán como Juez suyo”.18
Finalmente, volviendo al problema de la felicidad, al que nos referíamos al principio, podemos ver la conversión predicada por el Precursor como un faro seguro que ilumina el recorrido para lograr el éxito en la búsqueda de ese tesoro deseado por todos, pues el objetivo de cada una de sus enseñanzas se reduce a una sola: hacer que el hombre viva en función de Dios y no de sí mismo.
III – Dios nos conducirá hasta el final
El Evangelio de este segundo domingo de Adviento, al mostrarnos la estrecha relación entre la conversión y la felicidad, nos propone a cada uno de nosotros un reto.
Por un lado, comprendemos la necesidad de poner en práctica las amonestaciones de San Juan Bautista, reformándonos espiritualmente.
Por otro, nos pesan las consecuencias del pecado original y de nuestros pecados actuales, y vemos lo incapaces que somos de llevar a cabo una reforma interior sin la fuerza de la gracia de Dios.
Ni siquiera conseguimos hacer una digna penitencia por nuestras faltas. Es ese el desafío de la santidad, ante el cual se encuentra todo cristiano.
Nos corresponde no desanimarnos nunca en mitad del camino, sino creer con fe robusta que Él, habiendo empezado en nosotros esa buena obra, la llevará a la perfección, como escribe San Pablo a los filipenses en el pasaje escogido para la lectura de este domingo (cf. Flp 1, 6).
Esta obra comienza en el Bautismo, cuando Dios introduce la gracia en el alma, haciéndola participar en la vida divina. Conferida como una semilla, debe desarrollarse durante toda su existencia, “hasta alcanzar en cada uno de nosotros la plenitud que le corresponda según el grado de nuestra predestinación en Cristo”.19
Con todo, existen obstáculos que impiden su desarrollo... Son los montes, valles y otras sinuosidades puestas por el propio hombre en el terreno de su alma, donde la gracia debería crecer.
El deseo de eliminar tales impedimentos, el empleo de todos los medios a nuestro alcance para eliminarlos y, sobre todo, la confianza en la omnipotencia divina son la contribución que la Providencia espera de nosotros en esta obra de perfección, cuyo Autor y Consumador es el mismo Dios.
Para alentar nuestra esperanza, dirijamos nuestra mirada a la Santísima Virgen, Auxilio de los cristianos, que en todo momento intercede por nosotros ante su divino Hijo. Todos los dones que hemos recibido nos han sido conseguidos por su mediación.
Ahora bien, “Ella no puede ser la Señora de las obras inacabadas. Ella es la Señora de las construcciones terminadas, de las grandes obras llevadas a término”,20 afirma con unción el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira.
A nosotros nos toca, por lo tanto, abandonarnos en los maternales cuidados de la Virgen María, seguros de que Ella misma se encargará de conducir a la plenitud la osada empresa de hacernos perfectos, como el Padre celestial es perfecto (cf. Mt 5, 48).
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