Cuarenta monjes benedictinos, apiñados en una pequeña embarcación, veían surgir de entre la bruma del mar septentrional la isla que anhelaban conquistar: un lugar terrible que consideraban la morada de los muertos. En aquel año de 597, ante los misioneros se presentaba, envuelta en niebla, Inglaterra.
La funesta fama de ese pueblo se extendía hasta Roma, de donde habían partido los religiosos por orden del papa San Gregorio Magno. Se decía que los habitantes de aquella isla se comían los corazones de sus enemigos, hablaban una lengua siniestramente incomprensible y vivían en el lugar al que se dirigían los muertos para sufrir los tormentos del Infierno.
Pero los monjes obedecían unas instrucciones pontificias muy claras: debían evangelizar a los anglos. ¿El método? Entonar melodías de la Iglesia, en particular lo que más tarde se conocería como canto gregoriano.
Y Agustín, que capitaneaba la operación y a quien hoy invocamos como San Agustín de Canterbury, sabía cómo conmover las entrañas inhumanas de los hombres con los que se encontraría. Su secreto era la manifestación de la belleza.
Cuando los hijos de San Benito desembarcaron en los dominios paganos y se dieron cuenta de que la situación no era tan apocalíptica, pudieron obtener una audiencia con el monarca Etelberto de Kent, jefe de los jutos.
El encuentro fue pomposo. En el claro de un bosque casi impenetrable, rodeado de sus pares, el soberano recibió a los religiosos. Etelberto se sentía en casa, rodeado de rudos robles y de sus guerreros, aún más rudos, de mirada pálida y enorme cuerpo, descendientes de los aventureros de los mares que, haciendo bailar hambrientas hachas con sus gigantescos brazos, hicieron temblar la isla británica durante muchas décadas.
Los misioneros, por su parte, también se comportaron como si estuvieran en casa, en su monasterio. Se dirigieron al rey en solemne procesión cantada, precedidos por una gran cruz de plata y una pintura de Cristo.
Y ante la atónita corte se formó un ejército de cuarenta monjes que, en latín, entonaban continuos y cautivadores himnos gregorianos.
Todas las sutilezas del canto, todos sus vaivenes misteriosos y elocuentes, todas aquellas palabras desconocidas llenaban el alma de los oyentes. Los corazones de los jutos se estremecieron ante la belleza.
El terreno estaba preparado para la predicación, y San Agustín evocó largamente el misterio de un Dios que, hecho hombre, se dejó sacrificar padeciendo una muerte horrenda por la salvación de los descarriados: «Jesucristo abrió con su sangre, para quienes creen en Él, las puertas de un nuevo Reino», concluía.
Poco después, el rey Etelberto fue bautizado, junto con muchos de sus oficiales. Y en la Navidad de ese mismo año, serían diez mil los hombres que nacerían a la gracia.
Vida comunitaria, latín y canto gregoriano: eso bastó para drenar los antiquísimos pantanos del paganismo anglosajón. Y una chispa de predicación lanzada sobre el terreno limpiado por la belleza se transformó en un incendio de fe.
Las palabras penetran en los corazones abiertos, pero no los abren. Integridad de vida y liturgia esplendorosa: he aquí las llaves que abren de par en par las almas más irremediablemente cerradas. San Agustín de Canterbury lo sabía e hizo de la belleza, el latín y la oración sus armas.
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