3. EL MISTERIO PASCUAL EN LOS SACRAMENTOS
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En esta tercera lección del curso sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, el Rvdo. Padre Marlon Jiménez guía a los alumnos hacia una contemplación más profunda del misterio de los Sacramentos, conforme a la enseñanza autorizada del Compendio del Catecismo.
Los Sacramentos son definidos como «signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, mediante los cuales se nos concede la vida divina». Esta definición expresa que los Sacramentos no son meros símbolos o gestos exteriores, sino realidades sobrenaturales que obran verdaderamente lo que significan. Así, el agua bautismal no representa simplemente la limpieza del alma, sino que, por la acción del Espíritu Santo, borra efectivamente el pecado original; del mismo modo, la Sagrada Hostia no simboliza, sino que es verdaderamente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
La Santa Iglesia, en su maternal sabiduría, administra siete Sacramentos: el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia, la Unción de los Enfermos, el Orden Sagrado y el Matrimonio. Estos sagrados canales de la gracia acompañan al fiel desde su nacimiento espiritual hasta su tránsito a la eternidad, de modo semejante a la vida natural.
La eficacia de los Sacramentos proviene de los méritos infinitos de la Pasión Redentora de Nuestro Señor Jesucristo.
Cada Sacramento comunica, además de la gracia santificante, una gracia propia que dispone al alma para cumplir con fidelidad los deberes particulares que esa acción sagrada implica.
Conviene recordar también la distinción tradicional entre los Sacramentos de vivos —que requieren el alma en estado de gracia para su recepción fructuosa— y los Sacramentos de muertos —que tienen por fin restaurar la vida sobrenatural perdida por el pecado grave—, siendo estos últimos el Bautismo y la Penitencia.
Así, los Sacramentos, frutos preciosísimos del Corazón traspasado del Redentor, constituyen el camino ordinario por el cual las almas son regeneradas, alimentadas y perfeccionadas, hasta alcanzar la plenitud de la vida en Dios.