Viernes Santo de 1239. Siete hombres se encontraban reunidos cuando, en un éxtasis místico, tuvieron una visión de Nuestra Señora. Aunque resplandecía con una incomparable hermosura, la Virgen manifestaba una profunda tristeza. Con lágrimas en los ojos, vestía un hábito religioso del color del luto. Numerosos ángeles la rodeaban: algunos portaban emblemas de la Pasión; otro sostenía un pergamino con las palabras Siervos de María.

Extasiados, los predilectos escucharon lo que Nuestra Señora tenía que decirles: «Mirad el hábito que debéis llevar de ahora en adelante. Su color negro indica los dolores que experimenté, especialmente en este día, por la muerte de mi único Hijo divino». La Madre del Redentor desapareció, dejando establecidos el hábito y la misión de la Orden de los Servitas.

Ésta es sólo una de las muchas historias similares de la Edad Media. En efecto, de manera muy parecida a la del episodio narrado anteriormente, nacieron los hábitos de los premonstratenses y de los mercedarios, así como la cogulla blanca de los cistercienses y el escapulario de los carmelitas y de los dominicos.

De este modo, la Santísima Virgen, además de establecer un vínculo con esas órdenes religiosas, también señaló cuán indispensable es, para quien entra al servicio de Dios, el uso de una vestimenta adecuada.

Si bien es cierto que «el hábito no hace al monje», también resulta evidente que el hábito, cuando lo lleva un religioso fiel a su vocación, alienta a los vacilantes, invita a la conversión a quienes se abren a la gracia y es «signo de contradicción» (Lc 2, 34) para los incrédulos.