Las palabras del divino Maestro a la samaritana (cf. Jn 4, 1-42), iluminadas por el comentario de Santo Tomás de Aquino (cf. Super Ioannem, c. iv, lect. 3, n.º 624-630), constituyen uno de los retratos más ilustrativos de la teología joánica sobre la salvación. El acto de dejar el cántaro en el pozo de Jacob y salir corriendo a la ciudad de Sicar para anunciar a Jesús como el Mesías es un símbolo elocuente de la transformación que la gracia produce en el alma humana.

Las enseñanzas del Doctor Angélico sobre ese episodio destacan tres aspectos.

En primer lugar, la importancia del desapego de las cosas de este mundo y de sus concupiscencias. De hecho, las gracias y los dones recibidos en el encuentro con Jesús llevaron a la mujer samaritana a renunciar a su propósito de buscar agua, haciéndola anhelar únicamente ese «surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14). Así como los hermanos Pedro y Andrés, al igual que Santiago y Juan, dejaron sus redes al oír el llamamiento de Jesús (cf. Mt 4, 18-22), de modo análogo la samaritana abandonó su cántaro, símbolo de sus preocupaciones terrenas, para seguir a Cristo.

En segundo lugar, y como corolario de lo anterior, la samaritana no se guardó el tesoro para sí, sino que asumió el papel de fervorosa evangelizadora. Su ardor caritativo se manifestó en la iniciativa de ir al encuentro de sus compatriotas: «Se fue al pueblo y dijo a la gente…» (Jn 4, 28). Al invitarlos, actuó con sagacidad: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho» (Jn 4, 29), pues «sabía perfectamente que si probaban de aquella fuente, al verlo, experimentarían lo mismo que ella» (n.º 626).

Como observa Santo Tomás, no afirmó inmediatamente que Jesús era el Mesías, evitando así rechazos y reacciones precipitadas innecesarias. Con perspicacia, planteó la cuestión: «¿Será éste el Mesías?» (Jn 4, 29), y, al mismo tiempo, se refirió a hechos creíbles y notorios, siguiendo la conducta de un verdadero evangelizador al atraer a aquellas personas no hacia sí misma, sino únicamente hacia Dios.

En tercer lugar, el testimonio de la samaritana ganó en autenticidad porque nació de la humildad. Jesús reveló que conocía su vida licenciosa (cf. Jn 4, 18), y ella, lejos de resentirse, reconoció la grandeza de aquel que la llamaba al arrepentimiento. Esta actitud confirió tal fuerza a su palabra que sus oyentes llegaron a decir: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo» (Jn 4, 42).

La mujer samaritana pasó de pecadora a fervorosa evangelizadora. Se presenta como modelo de todos aquellos que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han rechazado las ilusiones del mundo para dedicarse exclusivamente a la salvación de las almas. Que ése sea también nuestro propósito de vida, para que, con fidelidad, podamos alcanzar la herencia eterna.