La Edad Media fue una época en la que, bajo la inspiración de la Iglesia, la plena funcionalidad y la plena belleza estuvieron absolutamente unidas.

No se trata de una afirmación mía, de un contrarrevolucionario, sino de algo que aparece en todos los libros de arquitectura dedicados al arte gótico medieval, funcional en todos sus detalles.

Una columna convertida en obra de arte

Consideremos, por ejemplo, el pórtico de la catedral de Amiens. En el centro de esa magnífica puerta hay una columna, indispensable para sostener el pórtico y el edificio; sin embargo, fue convertida en obra de arte, impidiendo que se vea a primera vista el fondo de la catedral y proporcionándole así una hermosa sorpresa a quien entra.

En medio de la columna se halla la imagen de Nuestro Señor Jesucristo, como era costumbre representarlo en las entradas de las catedrales, indicando que Él es quien divide el destino humano: los que van a la salvación y los que van a la perdición.

Él es la piedra de escándalo, como dijo el profeta Simeón, puesto como signo de contradicción (cf. Lc 2, 34). He aquí el papel histórico de Cristo representado; he aquí la funcionalidad unida al pensamiento y al arte delicado.

La magnífica catedral de Reims

Contemplemos la fachada de la catedral de Reims, donde se coronaban los reyes de Francia antes de la Revolución francesa. ¡Qué magnífica es! Ni siquiera me atrevo a describirla: tanta arquitectura, tanto arte…

¿Cuál es, por ejemplo, la razón de unos pórticos tan profundos? Era para que los pobres y mendigos, que durante las tormentas no tenían adónde acudir, pudieran refugiarse bajo los maternos umbrales de la iglesia, sobre todo en aquellas épocas en las que los establecimientos comerciales eran más pequeños. ¡Cuánto arte hay en un diseño tan funcional!

Las torres son símbolo de la grandeza y la eternidad de Dios, de la grandeza y la perpetuidad de la Santa Iglesia Católica. No obstante, son altas y grandiosas por una necesidad: en ellas se encuentran las campanas que deben oírse en toda la ciudad y sus alrededores.

La catedral no puede permanecer en la oscuridad. Por eso, se construyeron magníficos rosetones. A través de los vitrales, la luz entra de forma armónica, no en gran cantidad, sino sólo la necesaria, porque el recogimiento requiere media luz.

La iluminación guarda proporción con el tamaño del edificio; así pues, las dimensiones de los vitrales están calculadas en función del grado de luz que se desea en el interior del recinto. ¡Qué luz tan hermosa, equilibrada y armónica!

¿Para qué se estudiaron los magníficos colores, que convierten los vitrales en verdaderas joyas? En primer lugar, porque la iglesia es un edificio sagrado y, como tal, debe contener enseñanzas de la Historia Sagrada y de la religión.

Con este objetivo, en los vitrales hay mil figuras representadas, las cuales explican puntos de la doctrina católica y de la historia de la Iglesia. Se dice que los vitrales eran la Biblia de los analfabetos.

Alguien podría objetar: «¡Conque había analfabetos en la Edad Media!…». Y yo le contesto: «Sí, pero ¡qué Biblias tenían! ¡Qué manera de aprender a leer! ¡Qué contraste con los pequeños manuales de aprendizaje de las escuelas modernas…! ¡Qué fausto!».

Además, hay que decir lo siguiente: en comparación con todas las épocas anteriores, la Edad Media fue el período en el que más se trabajó por la alfabetización del hombre.

Tanto es así que, cuando terminó la era medieval, apareció la imprenta. ¿Cómo podría ésta tener tanta importancia si nadie supiera leer ni escribir?

La catedral era el palacio de los pobres. Era suntuosa, y hasta el último de ellos podía entrar allí y sentirse como en casa, como un rey, un potentado, un hombre muy rico.

Eran tesoros de arte puestos a disposición del pueblo de Dios. ¡Con cuánto arte están representados personajes de la historia y de la cristiandad, reyes y profetas del Antiguo Testamento!

Pero todo eso tiene la función —además de proteger del viento, de la lluvia y de la nieve y dirigir la luz— de enseñar y encantar a las almas. Los vitrales son, por tanto, la alianza entre el mejor gusto y la funcionalidad más estricta.

El edificio necesitaba muchas columnas, debido al sistema constructivo de aquel tiempo. Pero ¡qué ligeras, delicadas y artísticas son en comparación con las inmensas columnas modernas, que parecen haber sido construidas en el momento de un crimen, para tener debajo a un hombre aplastado, dando a veces la impresión de conducir al Infierno! Las columnas medievales no aplastan: ¡el espíritu se eleva a lo largo de ellas, pues conducen al Cielo!

La catedral de Orvieto, una sinfonía de colores

Otro ejemplo es la magnífica catedral de Orvieto, en Italia, cuya originalidad con respecto a otras catedrales medievales radica en su parte exterior, donde predominan las pinturas en lugar de las esculturas —¡y qué pinturas!—. Espléndidos mosaicos resistentes a la acción de la luz y al paso de los años, y que convierten la catedral en una sinfonía de colores.

¿Cuál es la razón de esta decoración? Sin duda, el arte. Y aquí ya estamos llegando a la gran conclusión: el arte es necesario para el equilibrio del alma humana y para llegar a Dios. Así, como manifestación de belleza, es absolutamente funcional.

Pero, por otro lado, existe la siguiente ventaja: además de servir de enseñanza para quienes pasan por allí, los mosaicos protegen muy bien el edificio de las inclemencias del tiempo, ya que son muy duraderos y están perfectamente conservados. La catedral se encuentra, en su totalidad, en tal estado de conservación que se diría construida ayer.

Sin embargo, arrostra los siglos. No con aquella vejez magnífica y venerable de las antiguas catedrales de granito, sino con esa durabilidad que habla de lo eterno, propia de la catedral de Orvieto. ¿Qué cuadro tiene colores tan frescos, que expresan un esplendor, una lozanía de alma tan magnífica? Todo en esa construcción apunta al Cielo.

La ligera y majestuosa Torre de Belém

La Torre de Belém, en Portugal, construida con un material tan blanco que, a la luz de la luna —como cuando la vi—, parece hecha de luna, es tan hermosa que se diría concebida por un artista extravagante en un lugar poético.

No obstante, está situada junto a la desembocadura del río Tajo, frente al océano, en un punto indispensable para avistar al enemigo que se aproxima.

Las garitas eran necesarias para resguardar a los soldados, y las almenas, imprescindibles para defenderlos. En su parte inferior se encuentran las troneras para los cañones. Todo calculado para una fortificación marítima estrictamente útil.

Desde cierto punto de vista, la torre, tan ligera con sus almenas y torreones, parece un juguetito; pero, tan majestuosa y fuerte, da la impresión de una verdadera fortaleza.

Y era una fortificación tan eficaz que, para las condiciones de la época, infundía miedo a cualquier osado que deseara adentrarse en el Tajo.

Existe también otro significado: cuando las escuadras portuguesas zarpaban hacia las Indias, la población, e incluso los reyes, iban a despedirse de la tripulación.

Las autoridades se situaban en la terraza junto al rey con su corte; las banderas y los estandartes de Portugal ondeaban al viento; había una gran despedida y una gran separación de aquellos que partían hacia la aventura, el apostolado, la grandeza de la cristiandad y de la nación portuguesa.

Imaginemos allí una serie de pendones y tapices riquísimos; el rey con la reina y su corte, despidiéndose de los barcos que parten para descubrir nuevas tierras y traer nuevos pueblos a la Iglesia Católica Apostólica Romana, llevando en los mástiles la cruz de Cristo. ¡Es un escenario magnífico!

Tan bonito que parece haber sido construido sólo para esa escena épica. Allí encontramos belleza conjugada con lo práctico: un mirador estupendo y, sin duda, muy funcional.

¡Cuánto respeto hacia la criatura humana hay en una construcción como ésa! El hombre se siente plenamente atendido, protegido, defendido y guiado hacia Dios.

Algo similar ocurre también con ciertos puentes fortificados. Compárenlos con esos «tableros» modernos… no son más que bloques colocados sobre un abismo, mediante una técnica aterradora, y por los que circulan los automóviles.

Alguien dirá: «¿Por qué adornar un puente con torres? Son muy bonitas, se reflejan en el agua de forma agradable, pero ¿qué utilidad tienen?».

Tienen la siguiente utilidad: cada torre situada en el puente era una fortificación. Y si el enemigo penetrara por un lado, necesitaría librar tres batallas antes de entrar en la ciudad. Es arte, buen gusto y utilidad.

Donde está el alma, debe estar la belleza

El castillo de La Rochepot tiene algo muy hermoso: el precioso colorido de su tejado, que es alegre, festivo, hecho para ser visto desde lejos, como si anunciara que hay algo bello en la construcción.

En la forma del tejado se aprecia el cuidado por evitar la acumulación de nieve. Es la funcionalidad plasmada en una manifestación artística.

El sentido común de siglos pasados mostraba que el arte debe estar presente, pues dondequiera que esté el hombre, está, ante todo, el alma; y donde está el alma, debe estar la belleza.

Otro tejado hermosísimo es el del hospital Hôtel-Dieu, en Francia. Ésa era la preocupación de nuestros antepasados: poner el arte por todas partes, sin nada que no fuera práctico. Es sumamente funcional; se tienen en cuenta la naturaleza espiritual del hombre y su finalidad religiosa.

Para demostrar que construir cosas así no es un privilegio del alma medieval —basta con que el hombre quiera hacerlas y disponga de una sólida tradición católica tras de sí—, consideremos uno de los castillos del rey Luis II de Baviera.

Construido en el siglo pasado,1 el edificio posee el sabor y la belleza medievales. ¡Qué hermoso es! ¡Qué grandeza manifiestan los precipicios rocosos! Es una reviviscencia de la Edad Media, diríamos, casi en nuestros días.

Paz, seriedad, felicidad

Consideremos también Ruan, la ciudad donde fue quemada Santa Juana de Arco. Las casitas burguesas que se ven allí transmiten una sensación de intimidad. Da la impresión de que quienes las habitan viven en un recogimiento y una calma muy grandes.

A veces, hay pequeños salientes en los edificios; posiblemente el padre mandaba construir una habitación adicional cuando nacía un niño en la familia. El resultado es tan pintoresco y tan interesante que constituye el encanto y la gracia de la casa.

Pues bien, de entre esas casitas se alza la torre de la catedral de Ruan, con un enorme ímpetu hacia el cielo. ¡Cuánto se asemeja a la inmensa majestad de las realidades divinas! La torre se eleva por encima de la pequeña ciudad comercial, como la religión se eleva por encima de todas las cosas terrenales.

Se diría que la torre se va estrechando a medida que asciende, casi convirtiéndose en cielo; no está claro si su cúspide es más aire que tierra, o más luz que piedra. Es como si infundiera deseos de subir; ¡invita a la elevación del alma!

En el prefacio de la historia de Santa Isabel de Hungría, Charles de Montalembert narra que un mahometano prisionero de los cruzados recibió permiso para viajar por Europa y, al conocer las catedrales, preguntó quién las construía. Entonces le presentaron a un hermano lego de un convento:

—Él es uno de los hombres que construyen estos monumentos.

Sorprendido, preguntó:

—¿Cómo pueden hombres tan humildes construir edificios tan imponentes?

Así es el alma católica: humilde en sí misma, pero insaciable en su deseo de dar gloria a Dios. En la catedral de Ruan se canta la gloria de Dios a través de una aguja que se eleva por encima de todos los edificios de la tierra. Ésa es la Iglesia católica por encima de la sociedad temporal; se encuentra por encima de todo.

Por la ciudad discurre el río Sena, con piedras en sus márgenes; por las calles —lejos de ser autopistas— se podía pasear tranquilamente conversando, rezando, deteniéndose, reflexionando. Era una vida hecha para el pensamiento, para el recogimiento y para un trabajo que no agobia, propio de los hijos de Dios.

¿No parece mucho más agradable la vida cotidiana en una pequeña ciudad medieval que en las inmensas construcciones modernas? Las proporciones eran humanas, nada abrumaba, no había confusión ni laberintos. Al contrario, había paz, seriedad, trabajo ordenado, serenidad de ánimo; sobre todo, recogimiento, piedad, felicidad.

 

Extraído, con adaptaciones, de: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXIV. N.º 285 (dic, 2021), pp. 28-35; Año XXVI. N.º 304 (jul, 2023), pp. 32-35.

1 El castillo de Neuschwanstein, construido en la segunda mitad del siglo XIX.