San Juan Evangelista era un alma eminentemente virgen, muy cercana a Nuestro Señor, devotísima de su Sagrado Corazón. Más que un apóstol, fue un verdadero amigo del Hombre Dios.
Por eso Nuestro Señor, antes de expirar en la cruz, le dejó a su discípulo predilecto un tesoro inapreciable: María Santísima.
Recibir a Nuestra Señora es recibir todo lo que Dios, después de darse a sí mismo, puede concederle al hombre. María Virgen fue dada por su virginal Hijo a su virginal amigo San Juan.
En esta entrega vemos una manifestación extraordinaria del amor de Dios por las almas vírgenes. Y vemos también uno de los rutilantes rasgos de la grandeza del apóstol evangelista.
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
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