La antigua tradición de la Iglesia de rezar por sus hijos fallecidos que se encuentran en el purgatorio recibió un fuerte impulso a finales del siglo X, gracias a san Odilón, abad de Cluny. En 1915, el papa Benedicto XV extendió la conmemoración de los fieles difuntos a la Iglesia universal y autorizó a todos los sacerdotes a celebrar tres misas ese día, en sufragio por sus almas.