Evangelio del IV Domingo de Pascua
En aquel tiempo, dijo Jesús: 27 “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28 y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 27-30).
I – Nueva división entre los judíos
El Evangelio de este domingo denominado como el del Buen Pastor, el cuarto del Tiempo de Pascua, recoge las palabras pronunciadas por Nuestro Señor durante uno de sus últimos viajes a Jerusalén.
Nos encontramos en el capítulo décimo de San Juan y, por tanto, a estas alturas el Redentor había multiplicado los panes, andado sobre las aguas, obrado curaciones en cantidad, en fin, realizado numerosos milagros incontestables y conocidos por todos.
Su fama se había extendido, y la inseguridad en relación con su Persona se había establecido por todo Israel.
Los Apóstoles ya lo habían reconocido como Mesías, pero Nuestro Señor les había ordenado que no se lo contaran a nadie.
Mientras tanto, la opinión pública iba adoptando posiciones contrarias sobre Jesús: unos simpatizaban con Él y creían en su mesianidad; otros sentían antipatía hacia Él y la rechazaban.
Una parábola que dividió las aguas
Antes de los versículos recogidos por la liturgia de este domingo el evangelista narra el milagro de la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn 9), tras el cual el divino Maestro polemizó duramente con los fariseos y utilizó, por primera vez, la figura del Buen Pastor y del aprisco de las ovejas, aplicando de forma clara a sus contendedores la imagen del ladrón y del asalariado (cf. Jn 10, 1-13).
El uso de parábolas como la citada arriba permitía a Nuestro Señor hacerse entender por aquellos que eran suyos, mientras dejaba a sus enemigos en duda acerca del sentido de sus palabras.
Al oírle decir: “Yo soy el Buen Pastor, que conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen” (Jn 10, 14), los malos conjeturaban con desdén: “Al parecer este nazareno era carpintero, ¿acaso ahora se ha hecho también pastor?”.
Pero quien había adherido a Jesús pensaba lo opuesto: “Tengo que formar parte de ese rebaño suyo”.
Así que, a causa de esas palabras, “de nuevo se produjo una escisión entre los judíos” (Jn 10, 19). Ésta marcaba el ambiente cuando el Salvador se presentó en el Templo para la fiesta de la Dedicación, durante el invierno algo riguroso de aquellas regiones.
“Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”
Podemos imaginarlo paseando en el pórtico de Salomón una mañana fría, cubierto con su manto hasta la cabeza.
Su presencia en la Ciudad Santa enseguida se hizo conocida y, en vista de la situación creada, sus enemigos planearon aprovechar la ocasión para, poniéndolo contra la pared, obligarlo a declarar si realmente era el Cristo.
“¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente” (Jn 10, 24), le preguntaron los judíos mientras lo rodeaban.
Conociendo sus malas disposiciones, el divino Maestro tan sólo respondió: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí” (Jn 10, 25). Y concluyó la contienda explicando la causa más profunda de ese rechazo: “Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas” (Jn 10, 26).
Con ello demostraba, de una manera muy patente, que había una división en la humanidad: por un lado, las ovejas del rebaño de Jesucristo, que de hecho se entregan a Dios dispuestas a conformarse a Él.
Por el otro, las ovejas de Satanás, las cuales, por así decirlo, buscan un dios según sus caprichos, únicamente para garantizarse el pésimo estado en que viven.
II – La voz del Buen Pastor
Era imprescindible que conociéramos estos antecedentes para que, con mayor facilidad, entendamos la clave del Evangelio de este cuarto domingo de Pascua, cuyo objetivo es el de enseñarnos qué significa ser oveja de Jesús.
Figuras ideadas desde toda la eternidad
En aquel tiempo, dijo Jesús: 27a “Mis ovejas escuchan mi voz,...”
Quizá el lector no haya presenciado nunca escenas de pastoreo y, por tanto, le cueste imaginar cómo es “oído” el pastor por sus ovejas, ya sea cuando les indica el programa del día o el camino a seguir, ya sea cuando les reprende por un comportamiento inadecuado.
Pero para el que guarda esa imagen en la memoria se trata de un ejemplo conmovedor.
Las ovejas conocen perfectamente el timbre de voz del pastor e incluso, reuniéndose todas a su alrededor, muestran signos de estar “entendiendo” lo que él les dice.
Por el contrario, si otra persona intenta hacer ese papel, el rebaño no le presta la menor atención. ¿Por qué pasa eso?
Desde toda la eternidad Dios ideó la figura de la oveja y la del pastor para simbolizarse a sí mismo, a fin de que lo comprendamos mejor. Por consiguiente, las relaciones entre esas dos criaturas pueden ayudarnos a contemplar a Nuestro Señor Jesucristo como Pastor de los que en Él creen.
En ese sentido, el ejemplo del pastoreo explica mucho la actitud de los judíos ante el Redentor. La voz del divino Pastor no conseguía penetrar en aquellos corazones porque, para distinguir su timbre inconfundible, era necesario que tuvieran fe.
El signo distintivo de las verdaderas ovejas
27b “...y yo las conozco, y ellas me siguen,...”
Imaginémonos a un pastor que, por un simple acto de voluntad, pudiera sacar de la nada un sinnúmero de ovejas completamente según sus deseos.
La exacta noción que ese hipotético pastor tendría sobre su rebaño sería una pálida imagen del conocimiento que Nuestro Señor Jesucristo posee de cada uno de nosotros, pues fue Él quien nos creó con su infinito poder.
Desde siempre el divino Pastor conoce a cada una de las ovejas que somos nosotros, incluso aquellas que no pertenecen a su rebaño, y sabe cuáles irán a aceptar su predicación y cuáles la rechazarán.
Por ese motivo, en la continuación de ese versículo el Señor afirma con respecto a sus ovejas: “y ellas me siguen”.
¿En qué consiste ese seguimiento?
El que escucha, entiende; quien entiende, cree; quien cree, necesariamente ama. Y, cuando se ama, se hace fácil discernir el camino exigido para mantenerse en ese amor.
Podrá ser la renuncia a un placer ilícito que aleja del Pastor o la disposición caritativa de conducir a otros hasta Él o... ¡cualquier otra cosa!
Por el contrario, el que no cree, no entiende; y encima crea falsos raciocinios para justificar las vías erradas que abrazó.
En esta situación estaban los enemigos de Jesús, ovejas que no pertenecían a su rebaño, sino al de otro que no merece ser llamado pastor...
He aquí el signo distintivo de las verdaderas ovejas: al oír la voz de Jesús, ¡lo siguen! El que le oye y no le sigue, está fuera del rebaño.
Ante esta alternativa, tengamos bien presente que no existe una tercera vía, pues sólo dos amores mueven a las almas: el amor de Dios llevado hasta el olvido de sí mismo o el amor de sí mismo llevado hasta el olvido de Dios.
Por lo tanto, un aprisco está constituido por aquellos cuyo amor a Dios suplanta al amor propio; el otro, por quien deja que el amor propio supere al amor a Dios. El primero se guía por la fe, que ilustra el raciocinio; el segundo, por el puro raciocinio, desprovisto de fe. Ahí está la lucha, sin posibilidad de entendimiento entre los dos apriscos, a no ser por la defección de una de las partes.
Participación creada en la vida trinitaria
28a “...y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre,...”
Una vez marcada la diferencia entre los dos rebaños, Nuestro Señor pasa a mostrar el premio concedido a sus ovejas: “les doy la vida eterna”.
Esta dádiva significa participar de la propia vida divina por la gracia, don sobrenatural que nos hace capaces de entender y amar a Dios como Él mismo se entiende y se ama.
Nosotros no logramos entendernos ni amarnos enteramente porque el Creador así lo dispuso, para facilitar nuestras relaciones con Él y con los demás.
Si no necesitáramos de un apoyo mutuo nos consideraríamos autosuficientes y sentiríamos la tendencia a aislarnos.
En Dios, sin embargo, la realidad es completamente distinta. En cuanto ser infinito, sin principio ni fin, el Padre se entiende con tanta precisión que en ese acto engendra desde toda la eternidad a una Persona idéntica a sí mismo, el Hijo.
Al contemplarse, ambos se aman con un amor tan profundo y fructuoso que de él procede el Espíritu Santo.
He aquí la Trinidad Santísima, tres Personas en un solo Dios, verdad inefable que nuestra inteligencia no alcanza y sólo es capaz de aceptarla por la fe prestada a la Revelación.
La gracia consiste, por consiguiente, en una participación creada en esa vida trinitaria, y es la entera adhesión a ella, mediante el rechazo al pecado y la práctica de la fe y de las buenas obras, que impide a las ovejas que se pierdan.
Esa es la recompensa reservada por el Buen Pastor a aquellos que se entregan enteramente a Él: la vida eterna, cuya semilla recibida en esta tierra florecerá en plenitud en la gloria.
Nadie podrá arrebatarnos de sus manos
Concluye el Señor este versículo diciendo:
28b “...y nadie las arrebatará de mi mano”.
Aunque seamos ovejas de Jesús, constantemente el demonio, el mundo y la carne intentan embaucarnos diciéndonos que la felicidad está en las vías del orgullo y de la sensualidad; pero no debemos temer.
Una vez que hayamos oído la voz del Pastor y adherido a Él siguiendo sus enseñanzas, nadie podrá arrebatarnos de sus manos: el Verbo Encarnado así lo ha prometido y su palabra es ley.
Aunque se apliquen todos los medios para perdernos, Él siempre nos concederá las fuerzas necesarias para resistir y nos salvará.
De esa afirmación del divino Maestro se concluye también que, cuando alguien escapa de sus manos, eso no ocurre por deseo suyo, sino porque la oveja negó de alguna manera el vínculo con el Pastor, entregándose a aquello que es contrario a Él.
Comete gran error quien culpa exclusivamente estas o aquellas circunstancias por su propia decadencia. Incluso si le sobrevinieran la calumnia, el odio y la persecución, mientras la persona no abandone al Señor, Él nunca la dejará escapar.
En este sentido, el valor de la fe en la vida presente es comparable a la situación de un náufrago en alta mar a quien se le echa un cabo: estará a salvo siempre que se mantenga agarrado a la cuerda que lo une al rescate. En nuestro caso, el cabo de la salvación se llama fe.
Seguir la voz del Pastor es estar en Dios
29 “Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 30Yo y el Padre somos uno”.
Subrayando de forma más profunda todo lo que acaba de decir con respecto a la vida eterna, tesoro reservado para las ovejas de su rebaño, en estos versículos el Señor muestra que la conexión entre Pastor y ovejas no sucede sólo con Él.
A través de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, tal vínculo se extiende a la primera y a la tercera.
La explicación teológica de esa sublime realidad nos la da el propio Jesús. Debido a la íntima unión entre las tres Personas divinas, comentada arriba, todo lo que el Padre quiere, el Hijo también lo quiere; todo lo que el Padre hace, el Hijo también lo hace. Y lo mismo pasa con relación al Espíritu Santo.
Ahora bien, si nadie puede arrebatar a las ovejas de las manos del Hijo, jamás las arrancará de las manos de los otras dos Personas.
La oveja que oye la palabra del Pastor está, por tanto, unida a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Por más que lo quieran los enemigos nunca saldrá del seno de la Santísima Trinidad, a no ser por voluntad propia.
Esa doctrina constituía una novedad para el pueblo elegido, que consideraba a Dios como Señor, pero no como Padre. Estando al final de su vida pública, el Hijo les revelaba en el Templo el misterio de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo que se declaraba Dios.
Una visión naturalista del Mesías
Los judíos que rechazaron a Jesús actuaron así porque lo consideraban desde un prisma meramente humano.
Esperaban un Mesías según sus criterios mundanos, entregado por completo a resolver las cuestiones políticas, sociales y económicas de Israel.
Al ver los portentosos milagros obrados por Nuestro Señor pensaron que, finalmente, había llegado aquel que les garantizaría la supremacía sobre todos los demás pueblos.
De ese modo, si encontraran en el divino Maestro una justificación para sus egoísmos y delirios de dominio temporal, se regocijarían con la hipótesis de que Él se declarara Mesías; pero no si lo oyeran predicar un reino espiritual, que les exigiera un cambio de costumbres y de mentalidad.
Es decir, anhelaban construir un puente entre el mal en el cual vivían y el bien que es Dios.
Por consiguiente, se trataba de un problema de fe, no de raciocinio. Aunque eran inteligentes, se habían vuelto incapaces de entender las cosas de lo alto, porque les faltaba la virtud de la fe.
El naturalismo había oscurecido sus vistas a la evidencia de que estaban ante un hombre completamente inusual, tan poco común que no podía ser un hombre meramente sin más.
A nadie le faltan gracias para creer
Una vez más se hace patente que cuando la oveja se abandona con fe en las manos del Pastor, queda en cierto modo confirmada en la gracia.
En sentido opuesto, a partir del momento en que se niega a creer y escapa del amor divino, se pone en inminente riesgo. Era lo que ocurría con aquellos judíos, quienes no querían oír ni entender su voz, a pesar de ser invitado a ello.
He aquí un principio teológico fundamental: a nadie le faltan las gracias necesarias para adherir a la verdad.
Incluso un salvaje, que nunca ha tomado contacto con un misionero, al contemplar el orden de la naturaleza recibirá gracias para comprender la existencia del Dios que la creó y, según enseña Santo Tomás de Aquino,1 podrá salvarse, pues quien encuentra algo superior a sí y lo ama más que a uno mismo, en ese instante está justificado.
El núcleo de la cuestión está en aceptar o rechazar esas gracias, y de eso dependerá el destino eterno de cada uno después de la muerte.
Aquellos hijos de Abrahán, puestos ante el autor de la gracia, del Hijo de Dios encarnado, rechazaron las gracias que les eran dadas y pocos días después lo crucificaron.
Otros, en cambio, al ver los signos que Él multiplicaba por todas partes, las aceptaron y reconocieron que allí estaba el Salvador, entrando así en su rebaño.
III – Jesús nos llama a seguirlo
El Evangelio de este domingo contiene una seria advertencia para nosotros. ¿Podemos decir que nos entregamos al Buen Pastor?
¿O actuamos como aquellos judíos que, en el fondo, deseaban un Mesías que justificara sus vicios, sin exigirles progreso espiritual alguno?
Debemos tener el cuidado de preguntarnos: ¿anhelamos que Dios se adapte a nuestros defectos o tratamos de extirparlos a fin de ser ovejas que escuchan la voz de Jesús y lo siguen?
Este es el punto: cuando reconocemos la divinidad de Nuestro Señor necesitamos cambiar de vida.
Presión para llevar una vida divorciada de la eternidad
En este nuestro siglo XXI, ¡cuánta presión se hace sobre los buenos católicos para que rechacen esa invitación de la gracia!
Presión del mundo, de la televisión, de internet, de la convivencia social... siempre en el sentido de llevar una vida sin fe, completamente divorciada de la eternidad y de la cual Jesús está ausente.
Si fuéramos a relacionar aquí todas las costumbres actuales no habría papel suficiente en toda la tierra.
Sin embargo, amparado por la promesa del divino Pastor de que nadie arrebatará a las ovejas de sus manos, debo decidirme. Si, por ejemplo, me gusta asistir a programas impropios en la televisión, no puedo hacerlo más.
Si me juntaba con compañías que me llevaban a pecar, tengo que evitarlas. Si solía no dominar mi mirada, dando alas a las solicitaciones de la inmoralidad que asola las calles, ahora he de cambiar.
¡Seamos ovejas del Buen Pastor!
Dios quiere, siempre lo ha querido y siempre lo querrá, salvar a todos los hombres y concederles la vida eterna de la que habla Jesús en este Evangelio.
Pero para ello nos impone una ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt 22, 37).
De ella derivan los demás Mandamientos, cuyo cumplimiento hacen nuestros actos cotidianos semejantes al modelo divino. Esa es la puerta del aprisco de Jesús y por ella debemos entrar; de lo contrario, no seremos del número de sus ovejas.
La voz del Buen Pastor nos llama hoy a oírlo y seguirlo como ovejas dóciles, deseosas de instruirse en la doctrina católica, de recibir los sacramentos, de evitar el pecado, en una palabra, de dar un paso más rumbo a la meta que Él tiene para nosotros: ¡la santidad!
Seamos, pues, ovejas del rebaño de Cristo.
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