Se dice que Rubens pintó más de dos mil quinientos cuadros,1 muchos de ellos de enormes dimensiones, en los que abordaba temas tan complejos como los religiosos y los históricos.

De ello se deduce que este célebre artista completó aproximadamente una obra por semana durante cincuenta años, sin interrupción. Prodigioso, sin duda alguna, si tenemos en cuenta que tan sólo vivió 62 años…

Sin embargo, por muy fértil que sea la imaginación de un hombre, y por muchos años que viva para perpetuar sus impresiones con pigmentos sobre lienzos o tablas, la magnitud de su producción creativa nunca podrá compararse con la del Artista supremo, que cada día nos sorprende con nuevas maravillas.

Basta, por ejemplo, con asomarnos por la ventana al despertarnos. El majestuoso astro rey despunta entre las nubes, a veces plácidas, a veces amenazadoras; festivas, cándidas, lúgubres o incluso sugerentes de criaturas míticas, que evocan constantemente otras realidades y se transforman a cada segundo en momentos únicos que nunca se repetirán en la historia.

La infinitud de la obra divina, reflejada en un único aspecto de la creación, como las auroras, posee tal riqueza que un alma sedienta de virtud puede, cada día, renovar sus fuerzas ante este espectáculo sublime y alimentar la esperanza de la eternidad junto a Aquel que es invariablemente el mismo, aunque siempre distinto y sorprendente, inagotable, infinito.

¿Dónde está la verdad?

No obstante, un hermoso paisaje puede contemplarse desde diferentes perspectivas.

Un científico, por ejemplo, al referirse a las nubes, dirá que se trata de gotitas microscópicas suspendidas en la atmósfera, producidas por la condensación del H2O. Y nos preguntamos: ¿Es sólo eso?

Si, justo después de esta definición, alguien le dijera a un niño inocente que Dios construye cada día magníficos palacios de cristal para que los ángeles puedan habitarlos y, desde allí, contemplar el sol, sin duda el pequeño, encantado, aceptaría con mayor entusiasmo aún esta última explicación… ¿Actuar así sería engañarlo?

Es cierto que el científico posee unos conocimientos técnicos más refinados, pero el niño, por increíble que parezca, está más cerca de alcanzar la verdad, que trasciende la mera materialidad de las cosas para remontarse a sus causas superiores.

Ambos contemplan la realidad, pero el niño la sublima.

El arte de sublimar

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira2 explicaba que lo sublime es un grado de belleza que no guarda proporción con el hombre, sino con Dios. Es una especie de luz que baña la realidad, capacitándonos para descubrir sus aspectos más elevados, con especial énfasis en aquellos que nos guían hacia la contemplación devota.

Así, también podemos entender lo sublime como «el aspecto de las personas y las cosas por el que más se asemejan a Dios».3 Ahora bien, la percepción de lo sublime, como participación en la sabiduría divina, nos permite distinguir la belleza de todos los seres a la luz de la verdad, en su esencia original y su finalidad última.

La sublimación es, por tanto, hacer que la realidad se ajuste más al Creador, sacándola de una dimensión meramente humana para trascender hacia lo Absoluto.

Y como es designio divino que el hombre complete la obra creadora en la búsqueda de la perfección, con la ayuda de la gracia, el arte de sublimar consiste, en última instancia, en cumplir el primer mandamiento.

Significa estar en un continuo movimiento de «teotropismo» —procurar a Dios—, meta y misión altísimas, que sólo pueden alcanzarse cuando lo temporal se une a lo eterno.

Una forma de conocimiento no excluye a la otra

En un mundo cada vez más positivista, optar por un estado de espíritu de sublimidad que trascienda la visión pragmática de la realidad supone librar una épica batalla a contracorriente —y una verdadera prueba de fe—. Tal actitud se considera socialmente «incorrecta».

La mera ciencia humana, aunque nos ofrece un conocimiento aparentemente más preciso de las criaturas, nos conduce a una verdad limitada y a resultados que a menudo varían con el tiempo.

La visión sublime, en cambio, nos confiere un conocimiento aparentemente menos exacto, pero que, fundado en la fe, contempla como en un espejo (cf. 1 Cor 13, 12) lo que es perfecto y, guiado por el Espíritu Santo, es capaz de penetrar en lo Absoluto.

Pero conviene aclarar que una forma de conocimiento no excluye a la otra, pues sólo cuando se unen se perfeccionan. De hecho, podemos constatar repetidamente en distintas ramas del saber humano, incluso en las más modernas, que, cuanto más precisos se revelan nuestros conocimientos científicos, más potentes se vuelven los trampolines que impulsan la interpretación anagógica de la realidad.

La esperanza de nuestro mundo

Es en la contemplación embelesada de la creación, a través de la cual nos elevamos a lo sobrenatural, donde encontraremos la solución a la crisis que amenaza con deshumanizar a la humanidad, separándola de su origen y anulando su propia finalidad, al privarla de la sublime facultad de sublimar.

No tenemos excusa, porque si perecemos es por falta de asombro, y no por falta de maravillas.4 Necesitamos reaprender a contemplar no sólo nuestro entorno material, sino también, y especialmente, lo sobrenatural, que nos trasciende y hacia lo cual debemos dirigirnos siempre con espíritu de humildad, admiración y oración amorosa.

El desinterés por lo sublime constituye la señal más clara de que es urgente buscar la virtud, pues «la santidad es la única forma plena de sublimidad, en la que se sustentan todas las demás sublimidades».5

¿Será acaso nuestro modus vivendi cada vez más artificial y egocéntrico, menos reflexivo y contemplativo —con su seducción magnética de las pantallas, que acaparan nuestra atención con sus torrentes de información narcisista y superflua; la hipercomunicatividad, las velocidades vertiginosas y los estímulos constantes a los que nos sometemos— el responsable de esa decadencia? Una pregunta compleja, cuya respuesta requeriría un estudio mucho más exhaustivo.

Lo cierto es que cada acto nacido de la contemplación y, más aún, imbuido de sacralidad y realizado por caridad, significa edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habitan juntos, en contraposición a la «nueva torre de Babel»,6 que antepone la practicidad hedonista al esplendor de la verdad, es decir, la belleza.

Pidamos, pues, a la Santísima Virgen, Madre de todas las sublimidades, que nos ayude a elevarnos siempre hacia lo más sublime, es decir, a volar hacia Ella, cuyo trono está sobre las nubes (cf. Eclo 24, 7). 

 


1 Cf. Parramón Vilasaló, José María. El gran libro de la pintura al óleo. 14.ª ed. Barcelona: Parramón, 2000, p. 30.
2 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/10/1965.
3 Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 4/6/1988.
4 Cf. Chesterton, Gilbert Keith. Tremendas trivialidades. Campinas: Ecclesiae, 2012, p. 13.
5 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/10/1965.
6 León XIV. Magnifica humanitas, n.º 1.