¿Por qué, cuando pensamos en la cristiandad, podemos encontrar elementos comunes en las torres de una catedral, en los trajes tradicionales de un pueblo o en los símbolos heráldicos?

¿Existe cierta confluencia entre el hábito benedictino, la cortesía y los platos bien elaborados de una civilización?

¿Cómo definir esa especie de aura que impregnó la sociedad católica y que aún hoy constituye la gloria de Europa y es objeto de su añoranza? ¿Cuál es su nombre?

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira la llamó sacralidad.1

Reminiscencias de lo divino

Para el Dr. Plinio, «sacral es todo aquello que posee cualidades especiales para recordarnos los supremos atributos de Dios».2

No es difícil encontrar esas reminiscencias de lo divino a nuestro alrededor. El Creador nos facilitó la tarea al dejarnos un mundo repleto de sus «huellas».

¿Quién no vislumbra en la vastedad de los océanos la inmensidad de Dios? ¿Quién no percibe en el león la fuerza del Omnipotente, y en las altivas montañas la perennidad del Eterno? En la radiante luz del sol, ¿cómo no descubrir al Invisible?

El hombre con espíritu sacral sabe ascender por esas metáforas del Altísimo y encontrarlo por encima de ellas. Es más: imita al Todopoderoso construyendo un mundo que aspira a representar las perfecciones divinas.

Así, en aquella cristiandad antes evocada, el tañido de las campanas resonaba como un eco de la voz divina y no sólo como una llamada para congregarse.

El rey resplandecía como gobernante, y mucho más que eso: como una especie de condestable del Señor de los ejércitos. Un manjar era alimento más del espíritu que del cuerpo.

Las coronas proclamaban claramente su más elevada misión: sostener la cruz de Cristo. Y las naves de la iglesia gótica traducían en piedra las expresiones de la sacralidad: sus arcos y nervaduras se unían para apuntar al cielo.

Maravillosas eran también las ceremonias que revestían todos los ámbitos de la actividad humana. Con solemnidad —e incluso con pompa— se formalizaba la compraventa de un terreno.

Hasta las penas de prisión se dictaban con ceremonial, y la investidura de caballeros seguía un rito cargado de simbolismo. ¿Qué decir entonces de las bodas, de las aclamaciones de los reyes y de las entronizaciones papales?

Todo ese aparato tenía por objeto resaltar la grandeza de tales actos y hacer patente a los asistentes que se realizaban ante Dios.

Las dos alas del arrobo

Las breves pinceladas trazadas hasta aquí pueden resultar, para algunos, algo etéreas… ¿Cómo caracterizar a la persona animada por ese espíritu sacral? ¿Qué marca la distingue?

Para el Dr. Plinio, esa marca es el arrobo: una especie de arrebato de admiración y amor ante la jerarquía del orden de la creación y su magnificencia.

Ahora bien, la jerarquía implica superioridades y, por tanto, inferioridades… Pues bien, un alma embargada por el arrobo, al contemplar aquello que le es superior, rebosa de veneración; sin embargo, cuando se inclina amorosamente hacia lo que le es semejante o inferior, se despliega en ternura.

Ilustrémoslo con una fotografía del siglo pasado. En ella aparece la reina Isabel II en un carruaje, sonriendo a sus súbditos. No obstante, un detalle llama la atención: un niño que contempla, absorto y casi en actitud de oración, el paso de la soberana británica.

La escena cautivó al Dr. Plinio. Bello reflejo de un alma repleta de sacral veneración, aquel «niño de oro — como él lo llamó— llegó a comprender que en la vida hay algo que trasciende enormemente el propio entorno, la vulgaridad de la existencia cotidiana, […] se trata de una manifestación de valores metafísicos altísimos, que se expresan en la pompa de la realeza».3

Aquel niño, imagen de un arrobo sin pretensiones, era «capaz de encantarse por completo con la grandeza de algo que no es él».4

Así son las almas sacrales: saben amar tanto la sublimidad de sus superiores como su propia pequeñez. Ante lo que las trasciende, dan gracias por hallarse por debajo y tener la alegría de poder admirar.

Viven del gozo de la veneración, la cual llevó a Santa Teresa del Niño Jesús a exclamar, en un arrebato de entusiasmo: «¡Oh, María, si yo fuera la Reina del Cielo y Vos fueseis Teresa, querría ser Teresa para que Vos fueseis la Reina del Cielo!».5

Por otra parte, los superiores sienten ternura por quienes les son inferiores y se desviven por cuidarlos como a hijos. De esa ternura dan testimonio numerosos episodios del Ancien Régime, una época decadente en muchos aspectos, pero todavía fuertemente influenciada por la Iglesia y, en consecuencia, impregnada de espíritu sacral.

El célebre historiador Lenotre6 nos cuenta un hecho ocurrido en Versalles. Una mujer embarazada, que venía de lejos, ya extenuada por el paseo buscaba un lugar en la terraza del palacio para descansar.

El joven que la acompañaba divisó un banco de piedra, en el que estaban conversando dos distinguidas damas, y se apresuró a reservarle un sitio allí.

Sin embargo, enseguida descubrió que estaba ante la esposa del rey, María Antonieta. Muy desconcertado, el joven trató de disculparse por su atrevimiento, pero la reina lo interrumpió de inmediato con un bondadoso gesto e insistió en que su acompañante tomara asiento, no sin antes mandar a un lacayo que le trajera un cojín, que ella misma colocó sobre el banco, diciendo: «Este mármol está demasiado frío para usted en este momento, madame; su estado requiere los mayores cuidados».

Fotografía de la reina Isabel II comentada por el Dr. Plinio

Sinfonía de admiraciones

Surge así otro aspecto de la relación sacral: la reciprocidad de admiraciones. Los superiores respetan y honran a sus súbditos, a la vez que son respetados y honrados por ellos.

Como nos enseña Santo Tomás de Aquino,7 todo hombre posee cualidades que, en algún aspecto, lo hacen superior y digno de admiración. El máximo ejemplo de ello nos lo legó Nuestro Señor, quien, aun siendo el Hombre-Dios, supo admirar la fe del centurión y la inocencia de los pequeños (cf. Lc 7, 9; Mc 10, 14).

Esta sinfonía de admiraciones que ascienden y descienden por las escalinatas de las relaciones humanas también se comprende fácilmente si cruzamos el umbral de un hogar en el que se observa la ley de Dios.

Una buena madre se admirará tanto de la inocencia de sus pequeños como éstos podrán discernir en la sonrisa bondadosa de la matriarca la primera imagen del Creador.

Un padre íntegro, en quien brillan virtudes como la pureza y la honestidad, despertará admiración en sus hijos, del mismo modo que éstos le alegrarán con su candor y rectitud.

El arrobo sube al Calvario

Arrobo, veneración y ternura tienen su prolongación natural en movimientos de servicio y obediencia, los cuales, llevados hasta sus últimas consecuencias, constituirán un verdadero holocausto de amor, postrero y más preciado fruto del espíritu sacral.

En efecto, la sinceridad del corazón se prueba en el dolor. El amor de quien no está dispuesto a sacrificarse es parodia, hipocresía o, quizá, mero sentimentalismo.

Las almas que ascienden al Calvario por un ideal contagian al mundo con las llamas de su arrobo. Esto explica por qué los albores de la Iglesia estuvieron teñidos con la sangre de los mártires.

«¿Cómo era posible —se preguntaba el Dr. Plinio al comentar los martirios de los primeros tiempos del cristianismo— que un león se abalanzara sobre una muchacha o un joven, haciendo pedazos a aquellas criaturas llenas de vida, y que otro lo presenciara y dijera: “Yo también voy”? ¿Cómo podía suceder eso sin el arrobo, la veneración y la ternura?»

. Y concluía: «El motor de la expansión del cristianismo fue un inmenso incendio de sacralidad en el corazón del Imperio romano».8

Lo sagrado, lo profano y la sacralidad

Pero la sacralidad no se limita al ámbito de las relaciones sociales. Debe extender su benéfica influencia a todos los aspectos de la vida, tanto en el orden espiritual como en el temporal.

Nos resulta más fácil entender la presencia de elementos sacrales en la esfera religiosa. Templos majestuosos, cálices de oro, ornamentos de lino fino… aunque en ciertos ambientes se tengan por un lujo superfluo, tales pompas constituyen un rasgo inseparable de las prácticas de la Iglesia.

Sin embargo, más difícil resulta concebir que esas realidades deban impregnar, a su manera, la vida cotidiana… ¿Cómo comprender, entonces, el uso de vajillas refinadas, de objetos bellos y decorativos, de muebles elegantes y, sobre todo, de modales nobles en pleno siglo XXI?

Educados en medio de tantas concepciones utilitarias de la vida humana, todo esto nos suena a despilfarro, vanidad y afectación. Con todo, la verdad es bien distinta.

Interior de la iglesia de San Gumaro, en Lier, de Jules Víctor Génisson - Museo Soumaya, Ciudad de México

Plataforma para que el alma vuele

El Dr. Plinio9 señalaba que las artes y los ambientes poseen cualidades especiales para influir profundamente en las mentalidades, induciendo a las familias y a los pueblos a adoptar determinados estados de espíritu, buenos o malos.

Si el estímulo sensorial del color rojo —como atestiguan estudios de psicología— puede suscitar ciertas pasiones, si la serena cadencia de las olas del mar predispone a la reflexión y si una vía pública sucia y descuidada favorece el crimen, está claro que los elementos materiales pueden influir en el cuerpo y también en el alma, indisolublemente unida a él.

Así, la sacralización de las realidades terrenas prepara una plataforma para que el alma vuele hacia Dios. La música, la gastronomía, la arquitectura, la pintura y el vestuario se convierten en un apoyo para la práctica de la virtud. Eso sí que es predicar «el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15), incluso a la inanimada.

De este modo, la sacralidad extiende su influencia a las acciones más corrientes. Es la que hace del hogar un santuario, la que ofrece al hombre una norma de conducta, ayudándolo a no olvidarse, ni siquiera en la intimidad, de que es hijo de Dios.

¿De qué nos valdría admirar una hermosa iglesia y dejar nuestra propia casa abandonada al desorden? ¿Y con qué disposición recibiríamos al Hijo de Dios en la sagrada comunión si después escandalizáramos a nuestros hijos con gestos y palabras vulgares?

En definitiva, ¿de qué nos serviría conversar reverentemente con el Señor en la oración para luego tratar sólo de bajezas en corrillos de amigos?

Ser el mismo ante Dios y ante los hombres: he aquí el ideal de la sacralidad.

Manejando el timón de la historia

¿Y cuál es el resultado cuando alguien se esfuerza por vivir de esa manera? La santidad. Como explica el Dr. Plinio, ésta «es el estado del alma en el que la persona ha llegado a poner la sacralidad en todo»,10 incluso —y sobre todo— dentro de sí.

Los hombres conquistados por la sacralidad y llevados por el arrobo hasta el extremo del sacrificio son la verdadera palanca de la historia. Lo que la mueve no es mera teoría, sino la ortodoxia vivida y, por así decirlo, encarnada.

No obstante, cuando los hombres se apartan de ese espíritu, estallan las crisis: los individuos se cierran en sí mismos, la convivencia se convierte en una fútil disputa por el prestigio, las ceremonias pierden su sabor y su razón de ser, la existencia se hunde en el vacío.

Pero hay una escalera para volver a la luz. Isaías profetizó así acerca del Mesías: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado» (9, 5).

¿Qué llevó Jesucristo «a hombros»? La cruz, postrer fruto de la sacralidad; la cruz, timón de la historia que, puesto sobre nuestros hombros, nos conducirá ilesos a través del tenebroso mar de nuestros días. 

Crucifijo de la capilla de Nuestra Señora de Fátima, Nova Friburgo (Brasil)

 


1 Las reflexiones expuestas en este artículo acerca de la sacralidad han sido extraídas, a grandes rasgos, de una serie de conferencias impartidas por el Dr. Plinio en 1967.
2 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Noção de sacralidade». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XVII. N.º 200 (nov, 2014), p. 20.
3 Idem. Conferencia. São Paulo, 5/11/1968.
4 Ibid.
5 Santa Teresa de Lisieux. «Si j’étais la Reine du Ciel». Prière 21. In: Œuvres Complètes. Paris-Bilbao: Cerf; Desclée de Brouwer, 2006, p. 976.
6 Cf. Lenotre, G. Gens de la vieille France. Paris: Perrin, 1919, pp. 84-85.
7 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 103, a. 2.
8 Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 15/4/1967.
9 Cf. idem. Revolución y Contra-Revolución. Bogotá: Fundación Salvadme Reina, 2024, pp. 119-121.
10 Idem. Conferencia. São Paulo, 8/4/1967.