Llegará el día, y no está lejos, en que María abrazará a sus hijos fieles, como tuvo la bondad de abrazarme a mí.
He aquí una promesa que, apoyado en lo que la gracia sopla en mí, les hago a quienes leen estas líneas: «Si sois verdaderos hijos de Nuestra Señora, es decir, si os dejáis amar por Ella, seréis abrazados como una vez lo fui yo».
Y este abrazo nos preparará para el abrazo eterno que Ella nos dará en el Cielo cuando, no por nuestros méritos sino por su misericordia, lleguemos allí.
Octubre de 2026, n.º 279
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