Todo santo es un héroe, ¡pero no «súper»!… Es necesario afirmarlo al comienzo de este artículo, en el que nos proponemos hablar de la vida de San Pedro de Alcántara, porque los hombres de nuestro siglo están inconscientemente acostumbrados a concebir las grandes hazañas como se presentan en las películas de Hol­lywood: un personaje por encima de la media, al que todo le sale bien y que culmina su epopeya con una enorme sonrisa acompañada del famoso final feliz.

Lo más curioso es que, en no pocas ocasiones, ese superhéroe se ve envuelto en situaciones dramáticas en las que se revela en él una fuerza inédita, superior a la de los demás seres humanos, que le permite realizar proezas sumamente dolorosas… sin sufrir en absoluto.

Ésa es una visión errónea y peligrosa, sin duda; pero, por desgracia, muy extendida, incluso en círculos católicos…

Partiendo de estos supuestos, será más fácil comprender que cuando, en el año 1499, se anunció el nacimiento de un niño en el pueblo de Alcántara (España), no se trataba de un superhéroe, sino de un hijo de Adán, débil y pecador como tantos otros que allí venían al mundo. Sin embargo, este recién nacido, auxiliado por la gracia y coronado por innumerables sufrimientos, se convertiría en un gran santo.

El niño, el joven y el estudiante

El nombre de este recién nacido era Juan. Y, si bien es verdad que viviría en el mismo siglo que el célebre Juan de Austria, el victorioso general de la batalla de Lepanto, no es menos cierto que, a su manera, rivalizó con él en heroicidad.

Juan de Garavito y Vilela de Sanabria era hijo de nobles católicos, que supieron educarle en la fe desde su infancia. Esa formación fue de un valor inconmensurable, pues el pequeño hidalgo creció no sólo en edad, sino también en gracia y en sanas convicciones. No obstante, su padre falleció siendo aún muy joven.

Ya en su juventud, Juan ingresó en la Universidad de Salamanca. Allí, ajeno a las diversiones habituales entre los jóvenes de aquella época, el entretenimiento del estudiante era estar ante el Santísimo Sacramento. En esos coloquios silenciosos, una incertidumbre lo atormentaba: ¿qué carrera seguir? Se sentía llamado al sacerdocio; pero ¿sería religioso o secular? La vida conventual le atraía mucho; sin embargo, como a cualquier ser humano, las glorias del mundo lo seducían.

Aunque consultó a muchos santos varones sobre el asunto, ninguno de ellos logró apaciguar su espíritu. Mientras tanto, regresó a Alcántara para las vacaciones de verano.

Dios, por fin, responde a sus preguntas

Un día, de nuevo al pie del sagrario, Juan rezaba. Quizá le preguntaba al Señor qué rumbo deseaba para su vida. Al mirar a su alrededor, vio a dos religiosos descalzos, vestidos con un hábito marrón y ceñidos con una cuerda de tres nudos. Cualquiera los habría tomado por simples franciscanos. Para Juan, no obstante, eran la respuesta de Dios.

Movido por aquel soplo de la gracia, el joven estudiante se acercó a los frailes y, abriendo su conciencia, descargó el peso que lo oprimía.

«Deus qui ponit pondus, supponit manum»,1 reza el adagio latino. Entre los que escuchaban esa confidencia se encontraba el P. Francisco Fregenal, superior de una comunidad franciscana. Por tanto, era precisamente la persona que podía tenderle la mano y acogerlo en el lugar que la Providencia le destinaba. Como era de esperar, el sacerdote se dio cuenta enseguida de que se trataba de una auténtica y excelente vocación, y decidió, sin demora, admitirlo en el convento de Majarretes.

Al salir de allí, Juan de Sanabria se apresuró a poner en orden sus asuntos mundanos y, con el deseo de evitar conmocionar a su familia, se marchó sin avisar. Todo iba muy bien, hasta que su camino se cerró de repente: el río Tiétar se hallaba en medio de una tormenta. Cruzarlo sería imposible para cualquiera… Para cualquiera, ¡excepto Dios!

Juan suplicó entonces el auxilio del Todopoderoso y he aquí que, por primera vez de muchas, ¡se puso a volar!… Tras cruzar el río y llegar a la otra orilla, toda una vida había quedado atrás; el regreso ya no era una opción para él.

Al ingresar en el convento, Juan de Sanabria «murió» para dar paso a fray Pedro de Alcántara: hombre nuevo, nombre nuevo, nuevas vestiduras, nueva morada y nueva misión. Ésta no tardaría en revelarse, pues, al contemplar las dificultades por las que atravesaba la Orden Franciscana, comprendió para qué lo llamaba Dios.

Entre observantes y conventuales

En los años que siguieron a la muerte de San Francisco de Asís, la Orden de los Frailes Menores atravesó numerosas dificultades. Un sector de los religiosos se inclinaba por suavizar la regla, especialmente en materia de pobreza. De hecho, se hicieron numerosas concesiones en este sentido, como las contenidas en la bula Ad statum ordinis del papa Martín V.

Con el paso del tiempo, la regla fue perdiendo su rigor original en muchos puntos. Una adaptación necesaria, afirmaban algunos, para ajustarse mejor al mundo de la época.

Sin embargo, no faltaron almas que lucharon por la estricta observancia:

«Es entonces cuando, a la voz de Bernardino de Siena, de Juan Capistrano, de Alberto de Sartiano y de Jacobo de la Marca, “las cuatro columnas de la observancia”, como se les llamaba, se perfila un movimiento que, sin disputas ni escándalos, va uniendo por libre adhesión a todos los conventos deseosos de vivir íntegramente la pobreza franciscana».2

Estos frailes, partidarios de la regla primitiva, llegaron a ser conocidos como observantes; y los adeptos de la regla mitigada, como conventuales.

En la región de Extremadura, cuando fray Pedro de Alcántara ingresó en la Orden, ya se había constituido la Custodia del Santo Evangelio, formada por tres conventos que quedaron del intento de reforma emprendido años antes por el P. Juan de Guadalupe. Allí reinaba un espíritu de mayor austeridad de vida y el deseo de cumplir fielmente las reglas del fundador.

Algún tiempo después, el conjunto de conventos que constituía la Custodia del Santo Evangelio fue elevado a la categoría de provincia, con el nombre de San Gabriel, adquiriendo así una mayor libertad de gobierno dentro de la propia Orden. Fray Pedro ocupó varios cargos en esa provincia, hasta que, en 1538, fue elegido ministro provincial. Sancionó entonces constituciones de observancia más estricta y, para garantizar su cumplimiento, recorrió personalmente cada una de las casas.

Concluido su mandato, el santo fraile se dirigió a tierras portuguesas. Allí transformó la agreste región de Arrábida en tierra fértil para Dios. No en vano, el general de la Orden, fray João Calvo, llegó a conmoverse al ver tanto heroísmo en aquellos frailes que vivían en condiciones extremas. Aquel ejemplo no sólo era conmovedor: era sobre todo atrayente. Hasta tal punto que uno de los acompañantes del general, incapaz de resistirse, solicitó permiso para permanecer allí y, como él, muchos otros quedaron fascinados por esta radical forma de entrega a Dios.

El reformador

Tras estos primeros experimentos, fray Pedro decidió llevar a cabo la misión a la que se sentía interiormente llamado. No se conformaba con la «radicalidad a medias» vigente en la Provincia de San Gabriel; deseaba reformarlo todo según la fuente original, es decir, conforme al ideal del fundador.

Ese anhelo bastó para que las oleadas de la persecución lo alcanzaran, e incluso para que sus superiores y sus allegados lo tomaran por loco y desacreditaran su iniciativa…

Pero el desánimo no formaba parte de su vocabulario. Siguiendo los pasos del Poverello, Pedro de Alcántara se dirigió a Roma para presentarle al sucesor de Pedro sus intenciones respecto a la Orden Seráfica. Lo hizo con las manos sobre los Evangelios y, ante este nuevo Francisco de Asís, Pablo IV apoyó la iniciativa. Para hacer posible su reforma, el Papa lo desvinculó de la obediencia a los superiores de la observancia local —que se oponían a su rigor— y lo integró en la jurisdicción de los conventuales, cuyo ministro general le ofrecía el respaldo y la libertad necesarios para la aplicación de la estricta regla primitiva.

Muy ingenuo sería quien creyera que esto resolvería todas las desavenencias. En realidad, al regresar a España y reanudar su apostolado, ya bajo la tutela de los conventuales, pronto el comisario general de la Orden en España lo intimó a renunciar a sus proyectos, acusándolo de «hipócrita, visionario, temerario, exaltado»3 y perturbador de la paz en la provincia.

Superando estas dificultades, aquel celoso fraile realizó una obra verdaderamente colosal. Se fundaron nuevos eremitorios, todos ellos animados por la radicalidad que lo caracterizaba, y se creó la Custodia de San José.

El ideal del santo de Alcántara triunfaba, pero los ataques arreciaban.

Decidió regresar a Roma para recurrir nuevamente a la ayuda del sumo pontífice. Apoyado por Pablo IV, quien había reconocido sus eminentes virtudes, el reformador fue promovido a comisario general de los Menores Reformados de España y, el 8 de mayo de 1559, el breve Cum a nobis le confirió el poder de fundar conventos, custodias y provincias en cualquier parte del mundo, además de concederle la facultad de elegir a tres jueces que resolverían las desavenencias surgidas a raíz de las reformas.

En 1561 ya contaban con nueve conventos, lo suficiente para justificar la creación de la Provincia de San José y, con ello, la redacción de las constituciones. Por último, en 1563, el papa Pío IV, mediante la bula In suprema militanti Ecclesiæ, vinculó a los «alcantarinos», como se les llamaba, con la rama de los frailes observantes, de la cual constituirían la parte más vigorosa en los siglos siguientes.

Eminente santidad

Aún habría mucho que decir sobre las fatigas de este ferviente reformador; sin embargo, hay algo más importante que destacar: su fisonomía moral.

Considerando que todos los éxitos en la vida de apostolado se deben a una vida interior bien llevada,4 la historia demuestra hasta qué punto fray Pedro destacó en este aspecto. Su fuerza de atracción, los innumerables conventos que logró fundar, los milagros de conversión que obraba en el confesionario, todo ello se apoyaba, sin duda, en una intensa vida de oración, de ayunos y penitencias.

Pero ¿cómo expresar con palabras tal santidad? Quizá la descripción más fiel sea la de una santa que tuvo la dicha de conocerlo de cerca: Santa Teresa de Jesús, de quien fray Pedro fue confesor.

Según cuenta la reformadora del Carmelo, durante cuarenta años San Pedro de Alcántara durmió sólo una hora y media por noche. Como si tal sacrificio no le pareciera suficiente, siempre lo hacía sentado, en una diminuta celda —¡de poco más de un metro y veinte de largo!—, que le privaba de cualquier comodidad. Su alimentación no podía ser más austera. Era habitual que pasara tres días sin comer; a veces, ¡llegaba a estar hasta ocho días sin satisfacer al hermano cuerpo!

Narra Santa Teresa:

«Su pobreza era extrema y mortificación en la mocedad, que me dijo que le había acaecido estar tres años en una casa de su Orden y no conocer fraile si no era por el habla; porque no alzaba los ojos jamás, y así a las partes que de necesidad había de ir no sabía, sino íbase tras los frailes. Esto le acaecía por los caminos. A mujeres jamás miraba; esto muchos años».5

Una vida de tanta penitencia y humildad no podía dejar de atraer la benevolencia de Dios. Como relata la santa carmelita, «fue su fin como la vida, predicando y amonestando a sus frailes. Como vio ya se acababa, dijo el salmo de Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi,6 y hincado de rodillas murió».7

En numerosas visiones, la santa lo vio en la gloria celestial.

¿Muy lejos de nosotros?

Curiosamente, una vez concluido el relato de la vida de San Pedro de Alcántara, quizá el lector se sienta desalentado ante una santidad tan extraordinaria. En efecto, el desánimo puede hallar fácil refugio en el alma cuando se encuentra con un ideal que a primera vista parece inalcanzable. Sin embargo, ésa no es la actitud correcta.

Tampoco sería correcto pensar que tan grande austeridad fuera fruto de una «supernaturaleza». Al contrario: es cierto que la santidad le costó mucho.

Hay además una nociva conclusión que se debe combatir: la de que, para ser santo, todos debemos dormir, comer, vestirnos, etc., exactamente como lo hacía —o no hacía— el santo franciscano…

Entonces, ¿cómo proceder?

La respuesta es sencilla de formular, aunque difícil de poner en práctica: debemos hacer, en lo que a nosotros respecta, la voluntad de Dios. Las almas son diferentes y la Providencia tiene sus caminos para cada una de ellas. El santo de Alcántara dejaba esto claro a sus confidentes cuando les prohibía emprender sacrificios demasiado austeros, que ni siquiera se acercaban a los que él practicaba. Lo que el Señor le pedía no era lo mismo que exigía de su hermano.

Aun así, en esa diversidad de caminos que conducen a la santidad, siempre estarán presentes algunos elementos: el sufrimiento, la oración, la confianza y la lucha. De formas diferentes y en medidas desiguales, se dan en la vida de todo católico y, si se emplean bien, conducen a la patria celestial.

Los mundanos pensarán que se trata de una existencia demasiado triste. Pero la historia de San Pedro de Alcántara nos ofrece una conclusión opuesta. Junto a la rigurosa austeridad que se impuso, la Providencia le concedió insignes dones, que superan cualquier goce humano: incontables éxtasis, consolaciones inefables, la conciencia tranquila por la misión cumplida; todo ello se presentó en su vida como magníficos oasis.

Además, su propia presencia se convirtió en sustento para otros, entre los que destacamos a Santa Teresa, pues, en un alma tan unida a Él, Dios puede obrar de manera superexcelente.

Y hay algo más, como enseña el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira:

«Tener la fortaleza de alma para soportar las decepciones, calumnias, frustraciones, en definitiva, todo lo que el hombre puede sufrir en la vida, es verdadero heroísmo. Es una necedad imaginar que sólo es héroe quien combate con las armas en la mano. […] Debemos entender que, en la vida cotidiana, tenemos ocasiones para practicar verdaderamente el heroísmo».8

Ésa es precisamente la lección que nos ofrece la vida de San Pedro de Alcántara: cuando un hombre renuncia a sí mismo y se pone por completo al servicio de Dios, ¡se convierte en un auténtico héroe!

Patrono de Brasil

Por el testimonio de tantas virtudes, este fraile español fue canonizado el 28 de abril de 1669 y, debido a la gran devoción que el emperador de Brasil, Pedro I, le profesaba, éste quiso confiar sus dominios a tan glorioso intercesor. Así, desde 1826 el país tiene a San Pedro de Alcántara como patrono.

Que actúe, pues, en esa nación que le ha sido confiada y, con un ímpetu aún mayor que el demostrado en vida, luche para que la Tierra de Santa Cruz corresponda a su llamamiento y sea habitada por héroes dignos del nombre de cristianos. 

Notas:


1 Del latín: «Dios, que pone el peso, pone debajo la mano».
2 Piat, OFM, Estefânio José. São Pedro de Alcântara. Patrono do Brasil. Petrópolis: Vozes, 1962, p. 72. Los datos biográficos contenidos en el presente artículo han sido tomados de la misma obra.
3 Ibid., p. 78.
4 Doctrina presentada por Jean-Baptiste Chautard (1858-1935), abad trapense de Sept--Fons, en su célebre libro El alma de todo apostolado, escrito durante un viaje a Brasil y que se convirtió en el libro de cabecera del papa San Pío X.
5 Santa Teresa de Jesús. «Libro de la vida», c. xxvii. In: Obras completas. Madrid: BAC, 1951, t. I, pp. 760-761.
6 «¡Qué alegría cuando me dijeron [vamos a la casa del Señor]!»; primeras palabras del salmo 121.
7 Santa Teresa de Jesús, op. cit.
8 Corrêa de Oliveira, Plinio. «São Pio V, herói em meio às angústias!». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XIV. N.º 164 (nov, 2011), p. 24.