La palabra amén, derivada de la raíz hebrea אמן (’mn), está relacionada con la idea de firmeza, verdad, seguridad y confianza.

En el libro del Deuteronomio, por ejemplo, Moisés exhorta al pueblo a responder «amén» (27, 15-26) a las maldiciones pronunciadas contra quienes violen la ley de Dios, manifestando así su acatamiento a la justicia divina. Por su parte, el profeta Jeremías responde «Amén, Señor» (Jer 11, 5) al aceptar una orden del Altísimo. El término aparece en numerosas ocasiones en los escritos de la Antigua Alianza.

Los evangelistas conservan la palabra en su forma griega —ἀμήν (amén)—, traducida generalmente como en verdad. Con toda la fuerza de su autoridad, Jesús la emplea al comienzo de sus solemnes declaraciones. En el Evangelio de San Juan llega incluso a repetir el término para dar énfasis a la revelación: «En verdad, en verdad [amén amén] os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy» (Jn 8, 58). Nuestro Señor utiliza esa expresión para dar testimonio de que algo merece confianza y pleno crédito. Así, el Apocalipsis lo llama «el Amén», pues Él es «el testigo fiel y veraz» (Ap 3, 14).

En la liturgia, el término adquiere un nuevo esplendor. A lo largo de la santa misa, los fieles lo pronuncian varias veces como profesión de fe. Al recibir la sagrada eucaristía, por ejemplo, el «amén» expresa la creencia en la presencia real después de que el ministro proclama: «El Cuerpo de Cristo». Por último, esta palabra cierra y confirma nuestras oraciones, manifestando confianza en Dios y adhesión a sus designios.

¡Ojalá nuestra vida sea también un constante «amén», que dé testimonio de nuestra total adhesión a la Santa Iglesia!