La caridad es el vínculo que une a los miembros de la Iglesia y, como proclamó el Apóstol, «el amor no pasa nunca» (1 Cor 13, 8), pues «ni muerte, ni vida, […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» (Rom 8, 38-39).

Esto se verifica de manera especial en relación con quienes ya han pasado de esta vida a la otra, ya que, en cierto modo, permanecen siempre vivos en la memoria de sus más íntimos (cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Supl., q. 71, a. 2).

Por esta razón, también aquellos que se purifican en el fuego del Purgatorio pueden beneficiarse del auxilio de los vivos. ¿Cómo? Según Santo Tomás (cf. ibid., a. 9), son tres las obras que más benefician a los fallecidos, por estar íntimamente vinculadas a la comunicación de la virtud de la caridad.

En primer lugar, la sagrada eucaristía, sacramento de la unión que contiene a Aquel en quien toda la Iglesia se consolida. Por eso es importante encargar misas por los difuntos.

La limosna también cumple su función por ser un efecto de la caridad. Por último, la oración posee un valor primordial, porque implica una relación más directa con aquel por quien se reza.

En resumen, el sufragio ofrecido por los vivos no transforma el estado de desdicha de los muertos en bienaventuranza, sino que contribuye, ante todo, a mitigar la pena expiatoria, en virtud de la caridad y de la intención dirigida hacia ellos.

No perdamos, pues, la ocasión de ayudar a las almas de los que nos han precedido, teniendo presente esta verdad indiscutible: un día también nosotros dependeremos del socorro de los miembros de la Iglesia militante que, por la caridad y la comunión de los santos, están unidos a la Iglesia purgante.