Quizá cierta perplejidad ya haya asaltado al lector al encontrarse con este pasaje del Génesis: «Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven» (3, 20). Al fin y al cabo, ¿qué relación hay entre «ser la madre de todos los que viven» y el nombre «Eva»?

En la cultura occidental, la elección de un nombre suele responder a diversos deseos: honrar a un antepasado, seguir una moda o simplemente satisfacer el gusto por una determinada sonoridad.

Sin embargo, en las tradiciones orientales aún hoy se conserva la costumbre de designar a los nuevos miembros de la familia con un nombre simbólico, como Cisne o Muralla, expresión de las esperanzas depositadas por los padres en esa alma.

Esta práctica prevalecía en tiempos bíblicos, como se aprecia en el pasaje del Génesis citado anteriormente. Eva, en hebreo Hawwah, significa vida. El versículo podría, pues, leerse así: «Adán llamó a su mujer Vida», indicando su misión como madre.

En la versión griega de los Setenta, el significado se conservó al traducir Eva por ζωή, vida. En cambio, en la Vulgata latina el nombre fue simplemente transliterado del hebreo, lo que dio lugar a versiones similares en lenguas romances y otras lenguas modernas.

Al salir del Paraíso, Adán parecía recordarle a su esposa que, en el duro exilio, la alianza divina permanecía viva en la promesa de una descendencia.

Más que causa de la muerte, ella era, en los designios divinos, Eva: prefiguración de aquella que sería llamada la Nueva Eva, María, a quien correspondería engendrar a la humanidad para la verdadera Vida.