Por qué Cristo fue a bautizarse? Es lo que nos queda por decir y, al mismo tiempo, explicaros qué clase de bautismo recibió, pues ambos puntos son de igual importancia. Empezaremos por la segunda cuestión para que comprendáis mejor la primera.
La ablución judaica borraba únicamente las manchas corporales
El bautismo de los judíos quitaba las impurezas del cuerpo, no los pecados que están en la conciencia. Si alguien había cometido un adulterio, un robo u otro crimen, ese bautismo no le expiaba de las culpas; en cambio, si había tocado los huesos de un cadáver, comido manjares prohibidos por la ley o había estado tratando con leprosos, entonces se lavaba y permanecía impuro hasta la tarde, pero después ya quedaba purificado. “Lavará su cuerpo con agua pura y será impuro solamente hasta la tarde, y luego se purificará” (cf. Lev 15, 5).
Aquellos no eran verdaderos pecados ni manchas propiamente dichas, sino que por ser los judíos un pueblo grosero e imperfecto, Dios quería, por medio de esas observancias legales, hacerlos más religiosos y prepararlos para que fueran más diligentes en el cumplimiento de prescripciones más importantes.
De manera que la ablución judaica no borraba los pecados, sino únicamente las manchas corporales. No sucede lo mismo con la nuestra, que es mucho mejor y repleta de gracias abundantes, pues nos libra del pecado, purifica el alma y confiere la gracia del Espíritu Santo. El bautismo de Juan era más excelso que el de los judíos, pero muy inferior al nuestro; era como un puente tendido entre ambos, que conducía desde el uno al otro.
El bautismo de Juan era superior al de los judíos
Juan no orientaba a los hombres a observar las purificaciones corporales; al contrario, los desviaba de ellas para exhortarlos a pasar del vicio a la virtud, y a que pusieran sus esperanzas de salvación en la rectitud de sus buenas obras, y no en los diversos bautismos y abluciones.
No les decía: “Limpiad vuestros vestidos, lavad vuestros cuerpos y seréis puros”, sino: “Haced frutos dignos de penitencia” (Mt 3, 8).
Desde este punto de vista el bautismo de Juan era superior al de los judíos, pero inferior al nuestro, pues no daba el Espíritu Santo ni confería la remisión de los pecados mediante la gracia. Llevaba a la penitencia, pero no tenía la potestad de perdonar los pecados.
Por eso decía Juan: “Yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (cf. Mt 3, 11). De modo que Juan no bautizaba con el Espíritu Santo. Pero ¿por qué con Espíritu Santo y fuego? Para recordarnos el día en que se le vio como lenguas de fuego posarse sobre los Apóstoles (cf. Hch 2, 3).
Que el bautismo de Juan era imperfecto, y no confería la gracia del Espíritu Santo ni la remisión de los pecados, lo prueba el siguiente hecho. Al encontrarse San Pablo con algunos discípulos les dijo:
—“¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?”. —“Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”. —contestaron.
—“Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?”. —“El bautismo de Juan”.
Ahora bien, el Precursor bautizaba con “un bautismo de penitencia”, no de remisión. ¿En virtud de qué lo hacía? Bautizaba “diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de Él, es decir, en Jesús”.
Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; “cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo” (cf. Hch 19, 2‑6).
¿Veis cómo era imperfecto el bautismo de Juan? Ya que si no hubiera sido imperfecto, Pablo no los habría bautizado de nuevo, no les habría impuesto las manos; pero al hacer ambas cosas, declaró con esto la excelencia del bautismo apostólico y cuán inferior era el otro.
Jesús era muy superior al propio Juan el Bautista
Ahora ya conocemos cuál es la diferencia que existe entre los tres bautismos de los que hemos hablado. Nos resta explicar por qué Cristo se bautiza y qué género de bautismo recibe.
No fue aquel de los judíos ni el nuestro, pues no necesitaba de remisión de los pecados: ésta era imposible, ya que en Él no había pecado, como dice San Pedro: “Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca” (1 Pe 2, 22).
Y en San Juan leemos: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?” (Jn 8, 46). Tampoco su carne carecía de la participación del Espíritu Santo: ¿cómo había de serlo la que desde el principio había sido formada por el propio Espíritu Santo? Entonces si aquella carne no estaba sujeta al pecado ni privada del Espíritu Santo, ¿para qué bautizarla?
Pero antes empecemos explicando qué bautismo recibió el Señor y luego quedará más claro esto último. ¿Cuál fue, pues, el bautismo que recibió? Ni el de los judíos ni el nuestro, sino el de Juan.
Y ¿por qué? Para que la naturaleza misma de ese bautismo nos enseñara que el Salvador no fue bautizado ni para borrar culpa alguna, ni para conseguir la participación del Espíritu Santo; pues nada de esto podía hacer aquel bautismo, según queda demostrado.
De lo cual se deduce que no fue al Jordán a recibir el Espíritu Santo ni la remisión de sus pecados. Y para que alguno de los que allí asistían no pensara que llegaba como los demás para hacer penitencia, oíd cómo Juan previno esa falsa interpretación.
A todos gritaba: “Haced frutos dignos de penitencia” (Mt 3, 8), y al Salvador le dice: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?” (Mt 3, 14). Afirmaba esto para dejar claro que Cristo no se le acercó por la misma necesidad que los otros y que, lejos de ser bautizado por el mismo motivo, era con mucho superior al Bautista y sin comparación más puro.
El Espíritu Santo quería hacerlo conocido por todos
Entonces ¿por qué se bautizaba si no lo hacía por penitencia, ni para perdón de sus pecados, ni para recibir la plenitud del Espíritu Santo?
Por dos razones: una la que ha sido revelada por el discípulo y la otra la que el propio Salvador le indicó. ¿Cuál fue la causa que Juan nos dio de este bautismo? Era necesario que el pueblo supiera, según palabras de San Pablo, que “bautizaba un bautismo de penitencia, para que creyeran en aquel que iba a venir después de él” (Hch 19, 4); ese era el objetivo de ese bautismo.
Si hubiera sido necesario recorrer todas las casas y hacer salir a la gente para mostrarles a Cristo diciéndoles: “Este es el Hijo de Dios”, tal testimonio sería sospechoso y obra de mucho trabajo. Si lo hubiera llevado con él a la sinagoga para manifestarlo allí, igualmente ese testimonio sería sospechoso.
En cambio, que en presencia de la gente que de todas las ciudades acudían al Jordán y habitaban sus riberas, llegara Cristo para ser bautizado, y que recibiera las recomendaciones del cielo por la voz de su Padre, y que descendiera el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, eximía de toda sospecha el testimonio de Juan.
Por eso dice el santo Precursor: “Yo no lo conocía” (Jn 1, 31), mostrando así más fidedigno su testimonio.
Puesto que eran allegados según la carne: “He aquí que Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo” (Lc 1, 36), le dijo el ángel a María, hablando de la madre de Juan.
Y que tal parentesco no pareciera la causa del testimonio que Juan daba de Cristo, la gracia del Espíritu Santo dispuso las cosas de manera que Juan pasó su primera juventud en el desierto, para que su testimonio no se atribuyera a la amistad o un acuerdo premeditado, sino inspirado por un aviso de lo alto.
Por eso dice:
— Yo no lo conocía.
— Entonces ¿de dónde lo supiste?, le preguntaríamos.
Y añade:
— El que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’ (Jn 1, 33).
Como veis, el texto sagrado habla del Espíritu Santo no para indicar que aquella fuera la primera vez que bajó sobre Jesús, sino para manifestar al que era predicado por San Juan, volando sobre Él en forma de paloma, como señalándoselo con el dedo a toda la gente. Pues por este motivo vino Cristo a bautizarse.
Obedecer a los profetas era justicia
La otra razón es la que Él mismo declaró. ¿Cuál es? Cuando Juan le dice: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”, Jesús le responde: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia” (Mt 3, 14-15). ¿No percibes aquí la modestia del siervo? ¿No ves la humildad del Señor?
¿Y qué quie re decir “cumplir toda justicia”? Se entiende por justicia el cumplimiento de todos los preceptos de Dios. Conforme este pasaje: “Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor” (Lc 1, 6). Todos los hombres debían cumplir esta justicia, pero nadie fue fiel, nadie la cumplía; por eso llega Jesucristo y la cumple.
¿Qué justicia hay, dirá alguno, en que sea bautizado? Obedecer a los profetas era justicia. Así como Jesús fue circuncidado, ofreció sacrificios, guardó los sábados y celebró las fiestas judaicas, así también añadió esto que le faltaba cumplir: someterse al profeta que bautizaba.
Porque era la voluntad de Dios que todos recibieran el bautismo, Juan decía: “El que me envió a bautizar con agua” (Jn 1, 33), y el propio Cristo así se expresaba:
Todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos (Lc 7, 29‑30).
Si, pues, el obedecer a Dios es justicia, y Dios envió a Juan para que bautizara al pueblo, además de todas las otras cosas de ley, también esta cumplió Cristo.
La Nueva Arca divina volvió al Cielo
Suponed que son doscientos denarios los mandamientos de la ley: hacía falta que el género humano saldara la deuda. No la pagamos, y la muerte nos oprime bajo el peso de esas prevaricaciones.
El Salvador vino y, viéndonos cogidos, pagó nuestra deuda y libró a los que no tenían medio de pagarla. Por este motivo Él no dijo: “Conviene hacer esto o aquello”, sino “cumplir toda justicia”. Como si dijera: “Conviene que yo, el Maestro, pague por los que no tienen nada”.
Esa es la razón de su bautismo, la necesidad de que apareciera cumpliendo toda justicia, y a esta causa ha de añadirse la que ha sido dada más arriba. Por eso el Espíritu Santo bajó en forma de paloma, que es el símbolo de la reconciliación con Dios.
Así, en tiempo de Noé la paloma, llevando en su pico un ramo de olivo, regresó al arca anunciando la misericordia divina y el fin del Diluvio.
También ahora, bajo la forma de paloma —fijaos bien que digo forma, no cuerpo—, el Espíritu de Dios viene anunciando el perdón al mundo y, al mismo tiempo, comunicando que el hombre espiritual debe ser inocente, sencillo y alejado del pecado, según estas palabras de Cristo: “Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3).
La primera arca quedó en la tierra después del cataclismo, pero la Nueva Arca, Nuestro Señor Jesucristo, volvió al Cielo cuando la cólera divina fue apaciguada y ahora su cuerpo inocente y puro está a la derecha del Padre.
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