A lo largo de la historia, el hombre ha procurado de varias maneras representar en el arte la naturaleza que lo rodea, trascendiendo la mera realidad y enriqueciéndola —a través de esplendores, proporciones o colores— con algo de su propia percepción y de su anhelo de lo maravilloso.

Esta tendencia a sublimar las realidades terrenales adquirió nuevos matices después de que el hombre perdiera, a causa del pecado, el Paraíso de delicias y bellezas incomparables concedido por Dios, por el que siente una profunda nostalgia.

En esta tierra de sufrimientos, se siente como un rey destronado, un príncipe exiliado de su verdadera patria y, en tan penosa situación, o bien tratará de recobrar algo de la sublimidad del Edén, o bien afeará y destruirá lo que le queda, entregándose a las pasiones desordenadas y degradándose, en un gesto de rebeldía similar al de Lucifer.

Al buscar los aspectos paradisíacos de las cosas, el alma humana persigue, en última instancia, la perfección divina, aunque sea a tientas, y en este acto de alabanza cumple aquello para lo que ha sido creada.

Además, a través del arte, el hombre, pobre desterrado, tiene la garantía de que el Señor está y permanecerá con nosotros hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 20) y que, al término de esta vida, podrá alcanzar en el Reino de los Cielos la felicidad perfecta, el Paraíso de los hijos de Dios, incomparablemente superior al Paraíso terrenal.

Por estas y otras razones, la Santa Iglesia ha sido en todas las épocas maestra, impulsora y guardiana de cuanto maravilloso ha habido en el mundo; bajo su custodia, las más diversas expresiones artísticas han alcanzado un desarrollo extraordinario.

Con espíritu de oración, pues, admiremos en estas páginas las obras del pintor Claude Gellée, más conocido como Claude Lorrain, un luminoso ejemplo —en el pleno sentido del término, como se verá— del intento del hombre por sublimar las realidades terrenas.

Autorretrato del pintor Claude Lorrain;
arriba, «Paisaje pastoral» - Instituto de
Arte de Minneapolis (Estados Unidos)

El pintor del sol

Entre los numerosos artistas del siglo xvii, algunos incluso anónimos, Claude Lorrain destaca por la belleza y el esmero de sus obras. Originario de Lorena, en el este de Francia, como tantos otros, progresó en el arte empezando como aprendiz junto a renombrados maestros de la pintura italiana.

Tras instalarse en Roma, se inspiró en las corrientes por entonces florecientes, lamentablemente licenciosas casi en su totalidad. Sin embargo, en su propio taller, Claude legó a la posteridad un caleidoscopio de concepciones acerca de la naturaleza y, sobre todo, una deslumbrante e inigualable representación de los efectos de la luz solar sobre paisajes, edificios, ruinas y personajes.

Al comentar sus obras, observa el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira:

«Su estilo es diáfano, encantador, y revela una habilidad única para reproducir en sus lienzos aquello sin lo cual —en palabras de un poeta francés— las cosas no serían sino lo que son: la luz del sol. Lorrain es el pintor del sol».1

En otra ocasión, señaló:

«Lo mejor de Lorrain reside en que pinta todas las cosas como si pertenecieran a una tierra concebida a modo de paraíso terrenal. Es decir, la luz que emana de su paleta confiere un aspecto paradisíaco al mundo, a la vida terrena y, desde esta perspectiva, despierta en el hombre un cierto anhelo de un orden de cosas que esté por encima del orden palpable y temporal que encontramos a diario. De hecho, al igual que Fra Angélico supo imprimir un aire sobrenatural en los rostros de sus personajes, así Claude Lorrain transmitió algo de lo celestial en sus obras».2
A la izquierda, «Escena costera con Ezequiel llorando sobre las ruinas de Tiro» - Colección privada;
a la derecha, «El embarco de Santa Paula Romana» - Museo del Prado, Madrid

La vida en su esplendor ideal

En efecto, es notable la forma en que el pintor derrama, en innumerables matices, la cálida luz del sol sobre todos los detalles dispuestos por su imaginación en el lienzo.

Es lo que se aprecia, por ejemplo, en El embarco de Santa Paula Romana. Palacetes dorados bajo los rayos del atardecer, barcos listos para zarpar en cuanto estén completamente tripulados, la delicada y esbelta figura de la santa con su séquito y la vivacidad de algunos devotos que le suplican un favor o una limosna… Todo converge en un profundo y sereno análisis de la vida y de cómo sería en su esplendor ideal.

Con verdadero estro —cual músico de genio capaz de componer las diversas melodías de una sinfonía en contrapunto, en progresiones, en modulaciones—, Lorrain combina diferentes figuras y motivos con una consonancia comparable incluso a los versos de un poema.

«Claude Gellée pintó la serena belleza de la campiña latina, el juego de la luz sobre las aguas de los puertos. En composiciones así ordenadas […], logró plasmar, mediante sencillas gradaciones de color, la poesía de la naturaleza y el infinito del espacio. Claude Gellée era un intuitivo y un poeta».3

Gravedad, exuberancia y paz

Algunas de sus obras presentan cierta dosis de melancolía. En Escena costera con Ezequiel llorando sobre las ruinas de Tiro, por ejemplo, vemos el intenso brillo dorado de un crepúsculo, que proyecta un haz de luz sobre el sombrío mar de un turquesa oscuro, realzando así la conmovedora escena del profeta que lamenta las ruinas de una ciudad maldita, sobre la que el astro rey vierte sus rayos como un canto de cisne…

En cambio, en las escenas campestres, como en Paisaje con el viaje de Jacob o Paisaje pastoral, se aprecia la vitalidad saltarina de las cabras y los bueyes conducidos por Jacob y el sereno pastar de las ovejas custodiadas por los expresivos y circunspectos pastores.

En esta última pintura, se saborea la tranquilidad de los animales, pues la simple presencia de sus dueños les infunde la seguridad de que nada malo les sucederá mientras estén bajo su mirada. Es la representación perfecta del versículo: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22, 1).

¡Que el Espíritu Santo inspire nuevos talentos!

Hay un factor mítico, surreal y maravilloso que resume la atracción casi única que ejercen los paisajes de Claude Lorrain, como lo describe el Dr. Plinio: sus obras «encierran cierto grado de “sueño”. Porque todas esas reminiscencias históricas sugerían un sueño más bello que ellas mismas.

Y eso es lo propio del arte. Por lo tanto, era necesario saber soñar un poco todo esto para penetrar en el fondo de la realidad. El sueño no es necesariamente una evasión de la realidad, sino que, según el caso, es una profundización en ella. […] En este sentido, el factor del sueño se vio muy bien ilustrado por Claude Lorrain».4

Por esos «sueños» en lienzo que son las obras del pintor francés, uno de los miles de frutos del inagotable amor del Creador por la humanidad, demos gracias al Espíritu Santo por intercesión de la Virgen y pidamos que Él siga inspirando nuevos talentos, que enriquezcan la panoplia de las bellas artes, reflejos y espejos del Dios infinito. 

«Paisaje con el viaje de Jacob» - Instituto de Arte Clark, Williamstown (Estados Unidos);
«Paisaje pastoral» - Museo de Arte Kimbell, Fort Worth (Estados Unidos)

 


1 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Feerias de sol, belezas de Deus». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año III. N.º 22 (ene, 2000), p. 32.
2 Idem. «Percepção do sobrenatural». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año X. N.º 116 (nov, 2007), p. 33.
3 Duby, Georges (Dir.). Histoire de la France. Dynasties et révolutions: de 1348 à 1852. Paris: Larousse, 1971, t. II, p. 165.
4 Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 15/4/1983.