«¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!» (Sal 121, 1). Estas palabras, pronunciadas por el salmista acerca de Jerusalén, sede del culto religioso en el Antiguo Testamento, se aplican a una de las costumbres más tradicionales del cristianismo: la peregrinación.

Nacida de la devoción de los fieles a los santuarios y lugares sagrados, la peregrinación constituye un acto de piedad muy valioso, realizado en expiación de una culpa, para implorar gracias especiales o en cumplimiento de algún voto.

Las más antiguas se dirigían, en general, a Tierra Santa, donde Nuestro Señor Jesucristo vivió, murió y resucitó para nuestra salvación.

Con la expansión de la fe y la construcción de iglesias por todo el mundo, comenzaron a visitarse otros lugares, entre los que destacó la capital romana, ciudad del sucesor de Pedro y depositaria de las reliquias de los Apóstoles, que se convirtió en uno de los destinos más concurridos, con gran fruto espiritual para todo el Cuerpo Místico de Cristo.1

Ahora bien, la larga e intensa tradición de peregrinar a la Ciudad Eterna, que acabó otorgando a los peregrinos el nombre de romeros,2 se enriqueció en el siglo XVI con la colaboración de San Felipe Neri, famoso entre sus contemporáneos por su contagiosa alegría al servicio de Dios y de las almas.

Este santo inauguró un itinerario conocido como visita a las siete iglesias, que recorre las basílicas más importantes de Roma en una larga caminata, intercalada con meditaciones sobre la Pasión de Cristo y agradables refrigerios.

¿Le gustaría, querido lector, conocer algo de estos históricos y benditos templos romanos y participar de alguna manera de las gracias propias de las peregrinaciones?

Le invito a emprender, en estas líneas, un viaje a la tierra de los mártires. Como el espíritu está libre de las limitaciones de la distancia y el tiempo para volar adonde desee, llevemos a cabo juntos el recorrido popularizado por San Felipe Neri.

Belleza deslumbrante y acogedora

Para empezar, vayamos hacia la basílica de San Pedro, edificada en el mismo sitio donde, en el año 64 d. C., el primer pontífice fue crucificado cabeza abajo, porque no se consideraba digno de morir como Nuestro Señor.

Se cuenta que, en torno al año 80, el papa Anacleto mandó levantar una pequeña capilla sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, sustituida en el siglo iv por una gran basílica erigida por el emperador Constantino y su madre, Santa Elena.

Ya entre los siglos XV y XVII, esta segunda construcción paleocristiana dio paso al templo renacentista que hoy contemplamos, cuyo cuarto centenario de dedicación se conmemora el 18 de noviembre de este año. Es el templo católico de mayor superficie interior: 15.160 metros cuadrados.

Atravesemos la inmensa plaza, presidida por el obelisco —un monolito de granito rojo de más de veinticinco metros de altura, procedente de Egipto, que funciona como reloj de sol— y circundada por la columnata de Bernini, que evoca las llaves del Cielo y de la tierra confiadas por el divino Redentor al jefe de la Iglesia (cf. Mt 16, 18-19).

Entremos en el santuario, apreciando la magnificencia de la Esposa Mística de Cristo reflejada en sus proporciones y en sus mosaicos, imágenes, tapices y piedras…

En lo alto de sus paredes, observamos una franja dorada que recorre todo el perímetro de la basílica, con pasajes de las Escrituras relacionados con el apóstol Pedro, escritos en latín y griego.

Al llegar ante el altar de la Confesión, que destaca por el grandioso baldaquino central, recemos unos instantes. Las reliquias más valiosas presentes en esta basílica se encuentran en los cuatro nichos de las paredes que lo rodean.

Entre ellas se cuentan un fragmento de la santa cruz, hallada por Santa Elena, el velo de la Verónica y la lanza de San Longino.

Bajo el altar papal, en la zona de la necrópolis vaticana, podemos venerar las reliquias de San Pedro, a las que dedicamos un momento de profunda devoción antes de seguir nuestro camino.

De vuelta en la planta superior, al alzar la vista, descubrimos, al fondo, el vitral del divino Paráclito y, debajo, la auténtica cátedra del primer Papa, sostenida por cuatro imágenes de bronce que representan a San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Atanasio.

Un grato encuentro con el Apóstol de las gentes

Continuemos nuestra peregrinación rumbo a la basílica de San Pablo Extramuros.

Antes de conocer este segundo templo, cabe señalar que, una vez más, no estamos ante el edificio original, erigido por orden de Constantino y consagrado por el papa San Silvestre I alrededor del año 330.

Tras un devastador incendio en 1823, la basílica tuvo que ser reconstruida. Sin embargo, el nuevo edificio, que conserva intactos los restos mortales del Apóstol de las gentes, cautiva a visitantes de todo el mundo con sus imponderables suaves y majestuosos, y sin duda nos transmitirá algo del espíritu del ardoroso heraldo de Cristo.

Avancemos, pues, por el atrio que precede a la entrada, en cuyo centro se alza una imagen de San Pablo. Porte majestuoso, mirada recogida, espada en mano: su figura denota, al mismo tiempo, piedad y combatividad, mansedumbre y audacia, castidad e intransigencia, virtudes armónicas que toda alma bautizada debe admirar.

Esa impresión, por cierto, se acentúa cuando, al entrar en el santuario, el peregrino se acerca al baldaquino, de estilo gótico, que cubre el altar mayor. Éste indica el lugar más sagrado de la basílica: la tumba del Apóstol de las naciones.

En este punto de nuestra peregrinación, San Pablo está dispuesto a atender todas nuestras súplicas. Elevémoslas con confianza.

Nave central de la basílica de San Pablo Extramuros
La fachada de la basílica de San Sebastián Extramuros

Venerando las reliquias de un soldado de Cristo

Retomando nuestro recorrido, caminemos un poco por la vía Apia, una de las principales calzadas que conducían a la capital del antiguo Imperio romano.

Seguimos los pasos de Pedro cuando, temeroso, decidió huir de la Ciudad Eterna para evitar la muerte. A mitad de camino, se le apareció el divino Maestro y, cuando el apóstol le preguntó adónde iba, respondió: «Voy a Roma para ser crucificado de nuevo». Fortalecido por esta visión, el pontífice se arrepintió y regresó a la Urbe, dispuesto a entregar su vida por el Redentor.

Junto a la vía, un poco más adelante, se encuentra la catacumba de San Sebastián, un soldado romano cristiano, martirizado por orden del emperador Diocleciano a finales del siglo III.

Sobre ese cementerio subterráneo, que recibió los restos mortales del santo mártir, se alza la basílica dedicada a él, donde veneramos algunos de los instrumentos utilizados en su martirio: una flecha que le atravesó el cuerpo y un fragmento de la columna a la que fue atado.

Madre de todas las iglesias

Nuestro próximo destino es la basílica de San Juan de Letrán, el templo católico más antiguo de Roma, considerado por ello la madre de todas las iglesias.

Construida en un terreno que en su día perteneció a la familia Laterani — nombre del que deriva el epíteto de Letrán—, la catedral de Roma que ahora visitamos, junto con los edificios que la rodean, fue residencia del Papa y de la curia, así como sede de cinco concilios ecuménicos.

Este precioso santuario atesora los cráneos de los santos Pedro y Pablo, además de un altar de madera, conservado dentro del altar mayor, sobre el cual, según narra la tradición, estos dos grandes apóstoles celebraron el santo sacrificio.

Por lo tanto, querido peregrino, ésta es una basílica propicia para pedir un aumento de fe y de piedad eucarística. De rodillas ante estos tesoros de la cristiandad, elevemos al Cielo nuestras oraciones.

A la izquierda, fachada de la basílica de San Juan de Letrán; a la derecha, altar mayor de la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén

Santuario de la Cruz

Avanzando un poco más, visitemos la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, que conserva varias reliquias de la Pasión del Salvador como fragmentos del santo leño, uno de los clavos que perforaron los miembros de Jesús, la sagrada esponja con la que se le dio a beber el vinagre y parte del titulus crucis, el letrero colocado sobre el madero con la inscripción INRI —Iesus Nazarenus Rex Iudæorum—.

Todas estas reliquias se encuentran en una capilla situada al fondo de la basílica, llamada Santuario de la Cruz. A su entrada, antes de acercarnos a los instrumentos de la Pasión, veneremos también un fragmento de la cruz de San Dimas, el buen ladrón, un excelente intercesor que puede obtenernos del divino Cordero el completo arrepentimiento de nuestros pecados y el don supremo de la salvación eterna.

Para concluir la visita, recorramos el resto del templo y sigamos a través de las pinturas que lo adornan la historia del descubrimiento del santo leño por Santa Elena.

Realizadas en el siglo XV, esas obras de arte representan escenas como el hallazgo de la reliquia sagrada en las excavaciones y la resurrección de un joven cuyo cadáver había sido colocado sobre ella.

Basílica de un héroe de la fe

Cerca del final de nuestro recorrido, detengámonos ante una columna coronada por una imagen de San Lorenzo. La escultura señala nuestra llegada a la basílica patriarcal de San Lorenzo Extramuros, donde descansan las reliquias del santo diácono, cruelmente martirizado en una parrilla el 10 de agosto del 258.

Cuenta la tradición que, en cierto momento del suplicio, Lorenzo le dijo al verdugo: «Ya estoy bien asado por esta parte, dadme la vuelta».3 Un grito heroico, sin duda, de un alma que llevó el amor a Jesucristo hasta sus últimas consecuencias.

Que este héroe de la fe nos obtenga de Dios la gracia de imitar sus virtudes al servicio de la Santa Iglesia.

Junto a María y el Niño Jesús

Nuestra peregrinación culmina, finalmente, en la basílica de Santa María la Mayor, la primera iglesia mariana de la cristiandad.

Levantado en el lugar elegido por la propia Madre de Dios —revelado en sueños al papa Liberio y a un rico senador llamado Juan, una noche de agosto del siglo IV—, ese templo posee una gracia especial.

Nuestra Señora les pidió a estos dos varones que construyeran una iglesia en su honor en el terreno donde nevara aquella noche, en pleno verano romano…

Al día siguiente, el sitio elegido por la Virgen estaba completamente cubierto de nieve. Este milagro, por cierto, está representado en los valiosos mosaicos que podemos admirar a través de los arcos de la galería.

Descendamos por la escalinata junto al altar mayor, hasta la cripta del Sagrado Pesebre. Aquí, en el corazón de la basílica, veneremos las tablas del pesebre de Jesús y saboreemos un poco de la presencia y la dulzura del divino Infante, rogándole que nos bendiga al final de esta peregrinación.

Pero, antes de salir, pasemos por la capilla Paulina, en la nave lateral izquierda, donde se encuentra un precioso icono de la Santísima Virgen, atribuido a San Lucas Evangelista: Salus Populi Romani, la puerta de la salvación no sólo para el pueblo romano, sino para el mundo entero.

En la diversidad de los templos, un solo espíritu

Mientras nuestro espíritu regresa, con añoranza, a las labores de la vida cotidiana, hagamos una última meditación sobre todo lo que hemos considerado a lo largo de estas líneas.

La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, como comenta el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, es «un alma inmensa, que se expresa a través de mil cosas, que tiene movimientos, grandezas, santidades y perfecciones, como si fuera una sola alma que se expresara a través de todas las iglesias católicas del mundo».4

Y, en nuestra peregrinación, contemplamos una suerte de álbum de fotos que nos permitió ver con mayor nitidez la santidad, la grandeza y la magnificencia de la Esposa Mística de Cristo, de quien somos hijos.

Ahora bien, si somos hijos de la Iglesia, debemos estar siempre imbuidos de su espíritu, que se traduce especialmente en la seriedad ante las luchas de la vida terrenal, en la constante elevación del pensamiento, en la práctica de la justicia, que consiste en dar a cada uno su debido valor, y en la sabiduría, que nos lleva a considerar todo desde la perspectiva de la voluntad divina.

Ojalá que, por las oraciones de María Santísima, asimilemos este espíritu de tal manera que, al final de nuestra peregrinación en este mundo, podamos exclamar, parafraseando a San Pablo: «No soy yo el que vive, es el Cuerpo Místico de Cristo quien vive en mí» (cf. Gál 2, 20). 

Interior de la basílica de San Lorenzo Extramuros
Altar mayor de la basílica de Santa María la Mayor

 


1 Cf. Vicchi, Roberta. Las basílicas mayores de Roma. Florencia: Scala, 1999, pp. 5-6.
2 Cf. ibid., p. 6.
3 Lanzi, Fernando; Lanzi, Gioia. Atlas de las peregrinaciones. Santuarios cristianos del mundo. Madrid: San Pablo, 2005, p. 80.
4 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Amor à Igreja». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año II. N.º 15 (jun, 1999), p. 21.