El procónsul Egeas, después de que San Andrés se negara a sacrificar a los ídolos y exaltara nuevamente el misterio de la cruz, lo condenó a la crucifixión, para imitar a Cristo.

Llevado al lugar del suplicio, Andrés exclamó tan pronto como vio la cruz:

—Oh hermosísima cruz, que has sido glorificada por el contacto con el cuerpo de Cristo. Oh cruz, desde hace tanto tiempo anhelada, ardientemente querida, siempre buscada y, finalmente, preparada para mi corazón apresurado, deseoso de ti. Recógeme de entre los hombres y devuélveme a mi Maestro. A través de ti Él me recibirá, Él que por medio de ti me ha redimido.

Entonces Andrés fue atado a la cruz; y en ella sobrevivió dos días, sin dejar de predicar la fe en Cristo, a quien había deseado asemejarse en su muerte.

Y decía, alzando la mirada al Cielo:

—Señor, rey eterno de la gloria, recibidme, colgado como estoy en esta horca, esta cruz tan dulce. Vos sois mi Dios, Vos a quien he visto. No permitáis que me desaten de la cruz; complacedme al menos en esta situación, pues he reconocido la virtud de vuestra santa cruz.

En esta maravillosa disposición es como entregó su alma al Señor.

San Andrés, por Simone Martini – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York