Al definir la esencia y la finalidad del arte sacro, el Catecismo pone de relieve que éste tiene la sublime misión de manifestar los misterios de Dios. Por lo tanto, no puede concebirse desde una perspectiva utilitaria o pragmática, supeditada a las tendencias artísticas, los estilos y las modas efímeras de la modernidad.

Por el contrario, cuando el verdadero arte sacro nace de la fe y es moldeado por el talento humano bajo la inspiración del Espíritu Santo, constituye una senda luminosa que conduce a los fieles a la Suma Belleza.

Se trata aquí de la via pulchritudinis, concepto teológico mencionado con frecuencia por Benedicto XVI,1 que propone la belleza —precisamente a través del arte sacro y de la liturgia— como vía privilegiada para abrir la mente humana a la contemplación de Dios.

En efecto, el arte sacro, cuando está impregnado de la fascinante fuerza de la belleza, es capaz de causar un profundo impacto en cualquier persona, superando así los cauces clásicos de la reflexión teórica para alcanzar a Dios.

El Altísimo se hace accesible a los sentidos humanos por medio de pinturas y frescos, imágenes y esculturas, vitrales y mosaicos, instrumentos y cánticos sagrados. Los templos, al reunir esos elementos, se convierten en una suerte de relicarios; su esplendor invita a la celebración solemne de la liturgia.

A la luz de estas reflexiones, se entiende mejor la exigencia del párrafo 2503, transcrito más arriba, cuando establece que corresponde a los obispos «apartar […] de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro».

Esta disposición resume la enseñanza de la constitución Sacrosanctum concilium, cuyo tenor es aún más tajante: los prelados deben procurar que «sean excluidas de los templos y demás lugares sagrados aquellas obras artísticas que repugnen a la fe, a las costumbres y a la piedad cristiana y ofendan el sentido auténticamente religioso, ya sea por la depravación de las formas, ya sea por la insuficiencia, la mediocridad o la falsedad del arte».2

En resumen, cuando el arte sacro se distancia de su esencia de sacralidad, renunciando a su misión de ser reflejo de la infinita belleza de Dios, pierde su propia identidad y se vuelve profano y banal.

En un mundo que se aleja de la via pulchritudinis, resulta hoy aún más urgente la tarea de los pastores de preservar el auténtico arte sacro, libre de estilos desvinculados del verdadero sentido religioso, como oportunamente determinó el Concilio Vaticano II. 

Catecismo de la Iglesia Católica

 


1 Véase, por ejemplo: Benedicto XVI. Discurso, 21/11/2009.
2 Concilio Vaticano II. Sacrosanctum concilium, n.º 124.