Al contemplar las fotografías que ilustran estas páginas, enseguida nos asalta la idea de una magnificencia exuberante y casi excesiva. ¡Diríamos incluso que estamos ante una guerra civil de colores!
El azul ha trepado hasta el techo y se ha adueñado de esa posición. Pero nervaduras policromadas y estrellas doradas se rebelan, abriendo en él numerosas brechas. Más adelante, el color del cielo se bate en retirada ante el oro de enormes medallones con figuras sagradas.
En las paredes, las columnas no se conforman con un solo tono y crean una peligrosa mezcla de añil y rojo. Por su parte, los frescos, de lado a lado, de arriba abajo, se disputan cada metro cuadrado y parecen empeñados en un concurso por ser, cada cual, el más vivo.
Si no se eclipsan mutuamente es porque todos son pinturas de Giotto, uno de los más grandes artistas de la historia. Los colores, inquietos, se desbordan de las piedras e invaden las ventanas: son los vitrales, que rivalizan con las paredes y realzan su esplendor.
Todo este fragor colorido se convertiría, de hecho, en una guerra civil si la anchura de la nave y la altura de las ojivas no abrieran un claro lo suficientemente espacioso como para albergar, en fraternal convivencia, tanta pintura y belleza.
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Tal despliegue nos revela una verdad: quien levantó esta iglesia buscó construir un peldaño hacia el Cielo.
Pero… ¿y los pobres? ¿No sería mejor arrancar el oro del edificio para transformarlo en víveres para los necesitados? ¿Por qué no convertir esas piedras en pan para el hambriento?
Al tentador, que le había hecho una propuesta similar, Nuestro Señor Jesucristo le respondió que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4).
Y de la boca de Dios procede tanto la Revelación plasmada en la Biblia como la condensada en las criaturas.
En efecto, la creación es un libro que habla de su Artífice. Las criaturas son otras tantas palabras del Todopoderoso y, por muy mudas que sean, ellas proclaman la gloria de Dios (cf. Sal 18, 2).
Por eso, San Francisco de Asís invitaba al universo material a honrar al Invisible: «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano Sol, el cual […] de ti, Altísimo, lleva significación».1
Y, siendo así la creación un compendio de metáforas de Dios, el Poverello ordenó a sus hijos mendicantes que construyeran las iglesias y adornaran el culto de la misma manera que el Eterno creó el universo: con belleza, magnificencia y desmesura.
El espacio sagrado se convertiría en un espejo de la Belleza increada y en un sagrario digno de la Eucaristía:
«Si en algún lugar —escribía el Santo de Asís— el santísimo cuerpo del Señor está colocado muy pobremente, sea puesto y custodiado, según el mandato de la Iglesia, en sitio precioso, y sea llevado con gran veneración».2
Por eso, pedía «que sean preciosos los cálices, corporales, ornamentos del altar y todo lo que sirve para el sacrificio».3
Mandaba, en suma, que se imitara el modelo ya establecido por Dios: la Jerusalén celestial, de la cual se dice que «su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino» (Ap 21, 11).
¡Honor y mérito a los franciscanos que escucharon a su padre y levantaron este templo! No se tomaron el trabajo —insensato, por cierto— de darle al indigente lo único que no necesita: un lugar miserable. Eso ya le sobra en casa…
Por el contrario, construyeron una iglesia rica para los pobres.
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¡Sí, para los pobres! Ante todo, para aquel que se convirtió en el pobre por antonomasia, San Francisco, cuyo cuerpo reposa en su hogar, en esa basílica de Asís. Y, junto a él, hay sitio para todos los demás.
Pues la iglesia es el palacio del Rey de reyes, abierto tanto al más noble de los príncipes como al más pobre de los indigentes. Acoge a todos los fieles, pequeños y grandes. Pero —subrayémoslo— es un palacio, porque constituye un ámbito destinado a hablar del Cielo y privilegiado para entrar en contacto con Dios.
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