En el mundo del espectáculo francés de las primeras décadas del siglo xx, la dramaturga y actriz Gabrielle Bossis no necesitaba presentación alguna. Su encanto, su brío y un no sé qué inefable en su personalidad ya habían conquistado al público de su tierra natal y le auguraban el éxito en el extranjero.
Gabrielle decidió dedicarse a las artes escénicas en 1923, a los 49 años, tras un primer éxito entre los jóvenes de su parroquia, cuando escribió y representó una obra de teatro. Al ver en aquel hecho una bendición de la Divina Providencia, resolvió utilizar su talento para transmitir a la sociedad, desde los escenarios, un mensaje genuinamente católico. Ideaba funciones de contenido religioso y moral, confeccionaba el vestuario e interpretaba ella misma los papeles principales.
Lejos de entregarse a la frivolidad o al mundanismo que podrían asociarse a esas actuaciones, Gabrielle hizo progresos aún mayores en su vida espiritual, como fruto de la excelente formación católica que había recibido en su infancia. Nuestro Señor Jesucristo tuvo en ella, desde niña, una humilde sierva, atenta a su divina voluntad; y fue Él quien la eligió y la preparó para actuar, a través del arte, en su obra por excelencia: la salvación de las almas.
Trato místico en medio de la vida activa
Para coronar esa noble misión, más tarde el Salvador quiso entablar coloquios místicos con ella, en los que le reveló las ternuras de su amor por los hombres.
La primera locución interior registrada por Gabrielle en su diario data del 22 de agosto de 1936. Se encontraba a bordo del transatlántico Île de France, que la llevaba junto con su compañía a Canadá, cuando el Señor se dirigió a ella.
«Durante el concierto de música clásica —relata— le ofrecía, como buqués de flores, los sonidos y la dulzura que emanaban de él. Me dijo muy suavemente, como ya lo hiciera una vez: “Ma petite fille” —Hijita mía—».1
Al día siguiente, mientras montaban un altar sobre un piano, pensaba en las gaviotas y los aviones que suelen posarse en algunos barcos. Entonces oyó: «Esta vez es Cristo»,2 en alusión a que en breve descendería Él durante la celebración de la santa misa.
A partir de entonces, Gabrielle empezó a gozar de un constante trato místico con el Redentor en medio de las vicisitudes de su existencia casi nómada, que la llevaba a ciudades de Oriente Medio, de América del Norte y de África septentrional. El historiador Daniel-Rops3 manifestó su admiración por las dos facetas de la vida de Gabrielle: una, sonriente, dirigida al prójimo y dedicada a entretenerlo; otra, profundamente entregada a la contemplación.
Una vocación singular
Nacida en el seno de una familia acomodada en Nantes, en el oeste de Francia, el 26 de febrero de 1874, Gabrielle Bossis fue una niña tímida y reservada, aunque muy inclinada al trato con Dios. Esta disposición fue delicadamente alentada por el propio Salvador, como llegaría a saber años más tarde, en una locución interior: «¿Te acuerdas de que, cuando eras pequeña, te dije: “Cuéntame lo que has hecho hoy”? Pero no creíste que fuera mi voz».
En su juventud, Gabrielle superó su timidez para hacer el bien a los demás e irradiar alegría. Su retraimiento dio paso a la vivacidad, que la hacía graciosa y cautivadora, y destacó en la música, la pintura y la escultura. Sirvió como enfermera de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial, además de dedicarse a la catequesis y a la confección de ornamentos litúrgicos.
Al sentir que Dios la atraía hacia una misión singular, rechazó numerosas propuestas de matrimonio, así como la invitación de un sacerdote franciscano a hacerse monja clarisa. Con el tiempo, se hizo terciaria de la Orden de San Francisco, viviendo en el siglo el celibato, el desprendimiento y la penitencia.
En su juventud fue injustamente considerada frívola, pero sufría con paciencia en lo secreto de su corazón, soportando, según relataría, grandes padecimientos del alma. Respecto a estas pruebas, Jesús le comunicó años después:
«Los demás nos juzgan, y ese juicio es erróneo, porque sólo ven lo exterior; uno se juzga a sí mismo, y de forma inexacta, porque no mira más que su interior, sin caer en la cuenta del ejemplo que da. Sólo Yo conozco exactamente cada alma».4
Llamamiento de Jesús a las almas
En el ejercicio de su apostolado a través de las artes escénicas, Gabrielle fue aprendiendo del Señor que la intimidad con Él puede mantenerse incluso en las circunstancias más absorbentes. En un teatro de Argelia, por ejemplo, Él le preguntó: «¿Por qué me hablas como si estuviera muy lejos? Estoy muy cerca… en tu corazón».5
Así, a medida que su relación con Jesús se intensificaba, se convertía en un instrumento más dócil y eficaz en sus manos para transmitir a las almas un llamamiento de su Corazón: que todos cultivaran con Él una relación íntima y continua, basada en una tierna correspondencia a su amor infinito, un trato que es, ya en esta tierra, preludio de la felicidad celestial.
Presentándose como un «Cazador de corazones»,6 el Señor alentó a Gabrielle a difundir su llamamiento: «Te he elegido para que des testimonio de cuán sencilla y gozosa es la vida del amor, el lenguaje del amor, la conversación del amor»; y también: «Muestra que hay que hablar conmigo. No me dejéis solo en vuestros corazones».7
Para divulgar más ampliamente este mensaje, Jesús le pidió que transcribiera los coloquios místicos y los publicara en un libro. De este modo, las palabras que le había dirigido llegarían a multitud de almas, convirtiéndose en fuente de copiosas gracias: «Pide que pase por este librito como pasaba antaño [por la tierra], curando y atrayendo hacia mí».8
El primer volumen de sus locuciones interiores se publicó de forma anónima en 1949, con un prólogo del obispo de Nantes, Mons. Jean Villepelet. La obra, actualmente disponible en varios idiomas, recibió de la autora el sugerente título de Lui et moi (Él y yo).
Fe, confianza y reciprocidad
A lo largo de los siete volúmenes que componen esta obra de Gabrielle, la invitación del Señor a la intimidad se repite como un estribillo: «Habla conmigo, pequeña alma mía. Habla conmigo. Y nuestros corazones se fundirán. ¿No es esa la finalidad de mis cristianos?».9
Un episodio muy elocuente, ocurrido durante una comida, muestra bien cuánto ansía el Salvador que las almas lo invoquen:
«En el Benedicite yo le decía: “Amor mío, bendice mi comida”. [Él respondió:] “Sólo por haber dicho ‘Amor mío’, la bendeciré. ¿Sabes que soy más sensible que el más sensible de los hombres, y que vuestras palabras tiernas e infantiles tienen gran poder sobre mi Corazón?”».10
A lo largo de los siglos, el enemigo infernal ha procurado por todos los medios hacer creer a la humanidad que Dios es un ser severo y distante, más o menos atento a los acontecimientos del mundo y totalmente ajeno a la vida privada de los hombres. Durante un coloquio del 20 de marzo de 1947, Jesús le mostró a Gabrielle hasta qué punto esa mentalidad es contraria a los sentimientos de su Sagrado Corazón:
«Cuando me das una señal de amor, me llenas de gozo… ¡Si supieras! Ya no me siento como un extraño, ese “indiferente” que soy para la mayoría de los hombres… Tú, compréndeme mejor. Dime tus palabras íntimas. Las pondré como un ramillete de mirra sobre mi pecho».11
Sin embargo, para conceder al Redentor ese consuelo, el hombre debe renunciar a buscar el progreso espiritual basándose en sus propios méritos y reconocerse como objeto de un amor gratuito. En resumen, debe dejarse amar con humildad y sencillez.
En otro pasaje, el Señor revela que nada le hiere más que la desconfianza y que la indiferencia debe ser vencida con energía:
«Pero mis amigos íntimos, ¿por qué? ¿Por qué no me invocan con más vehemencia en su vida interior? ¡Si su fe estuviera menos próxima a la incredulidad! ¡Si su esperanza contara con mi auxilio! Y, simplemente, ¡si su amor me amara más! Todo su día estaría presidido por mí y, cuando llegara la noche, sus ojos volverían a cerrarse contemplando mi rostro. ¿Sabes quedarte dormida así en mis brazos? ¿Quieres aprender a hacerlo mejor? Recuerda que hay que recomenzar el esfuerzo muchas veces. Hay que intentar crecer. Hay que guardarse mucho de estar satisfecha de una misma. Pero contempla a menudo tu miseria y cuéntamela tal y como la conoces. ¡Cuánto se sentirá mi Corazón impulsado a ayudarte, puesto que serás muy pequeña, muy débil! Cuando me llames, no dejes de darme los nombres más tiernos. Reconoceré tu voz».12
Por último, para disipar las últimas dudas que pudieran asaltar a las almas, el Redentor dirigió a Gabrielle nuevas palabras de ánimo. Mientras ella se maravillaba de la extraordinaria rapidez con que se había agotado la primera edición de Él y yo, el Señor intervino:
«Atribúyelo a mi voluntad, secundada por la del Corazón Doloroso e Inmaculado de mi Madre. ¿Y sabes lo que estamos haciendo al escribir estas páginas? Estamos disipando el prejuicio de que la intimidad del alma sólo sería posible para los religiosos en el claustro, cuando, en realidad, mi Amor secreto y tierno es para toda alma que vive en este mundo. Ésta siente misteriosamente ese deseo, y tan cierto es esto que todos quieren tener el ejemplo y el medio para alcanzarlo.
»¡Ah, hija mía, qué alegría sería para mí y para ti si cada ser llegara finalmente a ser para mí un amigo fiel, una voz confiada que me llama y me ofrece su rincón más íntimo —su corazón— como mi morada habitual! ¿Crees que no provocaría en él el desbordamiento de aquellas profundidades que se habían mantenido instintivamente ocultas, a la espera de la llegada de un amigo digno de estima?
»Y cuando se comprende que Cristo, el Salvador, podría y desearía ser ese Amigo único, inefable, suplicante y agradecido; cuando se vislumbra la alegría que siente al ser acogido por su criatura —a la que una falsa humildad mantenía alejada—, entonces, en un impulso de entusiasmo enteramente nuevo, el alma consagra todo el amor de que es capaz para honrar al Dios que habita en ella».13
Un mensaje siempre vivo y actual
Tras una vida de fidelidad a Dios, marcada por el amor al prójimo, iluminada por limosnas ocultas e innumerables sacrificios, fatigas y pruebas morales soportadas con alegría, Gabrielle descubrió un cáncer de pulmón en fase avanzada que, dos meses después, puso fin a su vida terrena, el 9 de junio de 1950. Su tumba se encuentra en Le Fresne-sur-Loire, donde la familia Bossis tenía una casa de veraneo.
Su mensaje de amor y confianza en Jesús, no obstante, sigue vivo y cada vez más necesario para la salvación de las almas. Que encuentre eco en nuestros corazones y transforme nuestra existencia en un acto continuo de gratitud y correspondencia a los torrentes de afecto que Dios nos prodiga a cada instante.
Notas:
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
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Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 277. Agosto 2026
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