Turistas en una catedral medieval. La escena refleja bien la paradoja en la que vive el hombre occidental. Hijo del progreso, no consigue desprenderse de la tradición. Jamás se construiría una residencia de estilo gótico.
Vive en el presente, planea el futuro, pero disfruta de sus vacaciones en el pasado. La catedral, como tantos otros monumentos antiguos, lo deslumbra, lo arrebata, lo fascina; sin embargo, no logra convencerlo de que fue erigida en un mundo real, por hombres de carne y hueso: aquellos medievales que no dedicaban sus momentos de descanso a visitar monumentos, sino que vivían en ellos.
Nuestros turistas, no obstante, no se detienen en tales reflexiones. El tiempo es demasiado escaso. Se contentan con algunas fotografías efímeras, tomadas con efímeros smartphones, de esa obra eterna.
Pronto acabarán sus días de asueto y ahí estarán, abandonando aquel sueño de piedra para regresar a la realidad de hormigón. Hasta las próximas vacaciones, en las cuales ya proyectan visitar otros bellos monumentos, ruinas de la cristiandad.
Cristiandad. La mera sonoridad de este vocablo evoca tiempos dichosos, una edad de luz, no de tinieblas, en que la «filosofía del Evangelio gobernaba los Estados».1
En efecto, el espíritu de la Iglesia católica era antaño la savia de la civilización. La cristiandad medieval floreció magnífica, como uno de los frutos más hermosos que ha dado la Esposa Mística de Cristo.
Hoy vivimos de su recuerdo. Sus ruinas despiertan una nostalgia incomprensible que atrae a miles de visitantes cada año.
Por encima de todo reinaba la cruz
¿Cuándo vio la luz la civilización cristiana? Inútil sería intentar establecer una fecha concreta. Quizás surgiera cuando Clodoveo nació a la vida de la gracia, o bien con la promulgación del Edicto de Milán, que concedió libertad a la fe cristiana —dirán algunos—.
En realidad, su bautismo fue el de la sangre y del agua que brotaron del costado abierto del Salvador pendiente de la cruz, y el edicto que le dio origen fue la propia Palabra de la verdad, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).
Si la Iglesia —y su divino Fundador— ya contenía en sí, como brote vigoroso, la civilización entera con todos sus esplendores, fueron necesarios siglos para que esa flor se abriera y perfumara la faz de la tierra.
En los albores del siglo ix, en una fría noche que evocaba aquella en la que la Luz eterna vino al mundo, se sentaron las bases para la formación de Europa.2
Cuando Carlomagno —llamado pater Europae3— recibió la corona de manos del sumo pontífice, se manifestó como nunca antes la unión entre el poder espiritual y el temporal. El orbe estaba representado en la diadema del emperador: por encima de todo reinaba la cruz.
Tal era el sentido más augusto de la cristiandad: dar cuerpo a las enseñanzas del Verbo encarnado, traducir la verdad en estilos de vida, plasmar en elementos visibles la belleza impalpable del mundo sobrenatural y, en definitiva, hacer que el oro, la plata, el cristal y la piedra se amoldaran al Evangelio. Y que el hombre de barro que los contemplaba se convirtiera cada vez más en imagen de Dios.
Servirse de la materia para alabar al Creador
Se equivocaría quien pensara que el espíritu de la Iglesia se asienta en la mera ascesis o en la negación de lo material. Aunque predica la mortificación como camino hacia la virtud, nunca ha condenado la materia en sí misma; tal negación es propia de herejías paganas y gnósticas.
En efecto, si en el sexto día de la creación «vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gén 1, 31), la Iglesia considera que el conocimiento sensible puede ofrecer elementos para nuestro perfeccionamiento. La admiración ante las maravillas creadas es una dádiva del Altísimo y ha de emplearse para glorificarlo.
En este sentido, la cristiandad es eminentemente realista —«real» tiene su étimo en res, «cosa»—, de modo que, mediante técnicas que aún hoy asombran a la ingeniería moderna, erigió torres de más de cien metros de altura.
A diferencia de nuestros contemporáneos, los medievales no pretendían rascar el cielo. Querían traspasar los límites de la bóveda celeste para tocar el trono de Dios.
Ese realismo aspiraba a transformar la tierra en una antesala del Palacio celestial: no contento con contemplar la luz del sol, descubrió los vitrales, como los conocemos hoy. El hombre vio cómo las paredes se convertían en cristal y empezó a percibir la claridad con los colores del Paraíso.
Ese realismo supo, además, ver en el mar el pavimento perfecto para las calles de una ciudad de fábula. Así nació Venecia. Y ese realismo, aplicado de este modo, tiene un nombre propio: sacralidad.4
Pese a que la época luminosa de la Edad Media había quedado atrás, la civilización cristiana, ya decadente en muchos aspectos, no dejó de dar frutos que superaban cualquier expectativa.
Agonizante, reveló esplendores aún desconocidos para el hombre, como un cisne moribundo que en el límite de su existencia hace resonar su canto más bello.
Entonces, la cristiandad aún engendraría el palacio de Versalles, con sus grandiosos salones y galerías, con sus jardines de perfecta simetría, con una grandeza de conjunto digna de servir de marco al reinado de un monarca que se atrevió a compararse con el Sol.
¿Y qué decir de Neuschwanstein? Este castillo fantástico, enclavado en un paisaje tan maravilloso como el propio edificio, se empeña en demostrar que lo irreal puede existir y cautivar.

¿Puede morir la cristiandad?
Hoy, todo esto subsiste sólo en monumentos inertes, deshabitados por los hombres que les dieron origen. He aquí el estado actual de lo que fue la cristiandad: un cuerpo sin alma.
Pero ¿habría muerto la cristiandad?
La pregunta es tan difícil de responder como incierto resulta determinar el momento en que el crepúsculo se transforma en noche. A menudo, los colores más bellos del firmamento surgen cuando el sol ya ha desaparecido.
Al cabo de un instante, se encienden las estrellas, aún tímidas. Los tonos cálidos se mezclan con el azul profundo. Enseguida, el cielo no es más que un velo negro en el que centellean fragmentos de diamante.
La escena conserva su esplendor, pero el astro rey ya no está allí. Las tinieblas se han apoderado de todo…
Vivimos la noche de la civilización cristiana. Después de siglos de descristianización, las costumbres, la influencia y el espíritu de la Iglesia se han desvanecido en Occidente. Han sobrevenido crisis de todo tipo, que nos han llevado a la presente oscuridad.
Pero, tras esta muerte aparente, lo que viene no es la noche eterna, sino el alba de una era más brillante.
La cristiandad atravesará los siglos, resucitando con mayor esplendor, cual aurora triunfante sobre la oscuridad o arcoíris dibujado entre las nubes negras de una tempestad que se aleja, para recordarnos que en este mundo las tormentas no son eternas; lo es el Sol que brilla sobre ellas.
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