Existen misteriosas y admirables relaciones entre determinados colores, formas, sonidos, perfumes y sabores, por una parte, y ciertos estados de alma, por otra.
Una persona, por ejemplo, que permanezca encerrada en una habitación con exceso de tonos rojizos experimenta cierta agitación anímica.
Aspirar el perfume del incienso o inhalar el olor de gases tóxicos acaba afectando no sólo a los pulmones, sino también a la propia mentalidad. Los ruidos frenéticos de las megalópolis contrastan diametralmente con el apaciguador silencio de los claustros.
El principio de que los elementos físicos influyen en el espíritu —base de lo que llamamos marketing— nos lleva a dos posturas: la defensiva, que pretende no dejarse manipular; y la ofensiva, que se centra en aprovechar esa realidad para la búsqueda, tanto individual como colectiva, de la santidad.
En efecto, como verá el lector en las páginas siguientes, es posible utilizar formas, colores, fragancias, etc., para crear ambientes que allanen el camino del amor a Dios.
Ésa es, por cierto, la más elevada y fundamental misión de la sociedad temporal: organizar la tierra de tal manera que sea un reflejo de la Patria celestial.
Tal visión quizá choque con una concepción materialista de la realidad. Pero preguntarse si el orden temporal tiene algún papel en la senda hacia la eternidad equivale a indagar si toda la obra que Dios hizo en seis días interesa a la salvación…
Santo Tomás de Aquino (cf. Suma Teológica, I, q. 2, a. 3), consciente de que, efectivamente, la creación material debe pavimentar el camino que conduce al Reino de los Cielos, trazó esa calzada al describir la cuarta vía para probar la existencia de Dios.
Cuando afirmamos que algo es más bello o menos bello, establecemos una gradación de bellezas.
Ahora bien, esta escala sólo se establece en función de un máximo, de una Belleza Suprema que sirva de parámetro y sea la causa de todo lo bello. Por lo tanto, toda la jerarquía de bellezas conforma, por así decirlo, una escalera que conduce a lo Bello por esencia: Dios mismo.
Pues bien, si la Iglesia se presenta como el camino de salvación —porque así la constituyó Aquel que es el Salvador y el Camino (cf. Jn 14, 6)—, corresponde, sin embargo, al orden secular empedrar esa calzada que culmina en el Altísimo.
La Iglesia es la escalera de Jacob que conduce al trono del Señor (cf. Gén 28, 12). La sociedad temporal es, a su vez, su pasamanos; un pasamanos dorado, noble y fuerte, que no sólo debe prevenir la caída, sino también atraer a los peregrinos a subir.
En los peldaños más altos de esa escalera de bellezas encontramos la sublimidad, ese último nivel de pulchrum que ya roza a Dios.
Y cuando tiene una función sagrada o nos habla muy explícitamente del Creador, lo sublime se refina en lo sacral, la punta más fina de la sublimidad. Corresponde, pues, a la sociedad temporal hacer visible la Belleza invisible a través de lo sublime y de la sacralidad.
Dios confió al hombre la tarea de completar la obra de la creación, y un medio privilegiado para ello consiste en hacer que la cuarta vía de Santo Tomás sea cada vez más «transitable». Es nuestra misión volver a pavimentarla, a incrustar de nuevo en esa escalera del Paraíso el pasamanos dorado.
Si en nuestros tiempos se vuelve más y más difícil convencer por la vía de la verdad —tan vilipendiada—, si resulta tan desafiante mover mediante el bien — tan relativizado—, es necesario impulsar al hombre hacia el Altísimo a través de la belleza, el ala indefectible del espíritu humano.
Noviembre de 2026, n.º 280
Octubre de 2026, n.º 279
Septiembre de 2026, n.º 278
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos