Un perfecto dominio sobre las propias emociones
Los primeros años de la década de los sesenta le reservaban otros sufrimientos a Doña Lucilia.
En mayo de 1962, el Dr. Plinio fue invitado a pronunciar unas conferencias en Uruguay.
Aunque el motivo de su viaje fuese apenas ése y en la despedida se manifestase tranquilo y seguro, Doña Lucilia se quedó preocupada. ¿No estaría su hijo abandonando el país debido a la inestable situación en que éste se encontraba en aquel momento?
Sumergida en esos pensamientos, pero sin exteriorizar sus temores, le vio partir. Dejaba al Dr. Plinio la entera libertad de proceder como mejor le pareciese, ya que, según su certero juicio, todo lo que él hacía estaba bien hecho.
Con confianza en el auxilio divino, prosiguió su vida cotidiana como si todo se desarrollase dentro de la más perfecta normalidad.
Felizmente, aunque sus sospechas no fuesen infundadas, no llegaron a confirmarse. Días más tarde, para alegría suya, su «filhão» apareció de repente en casa.
Cuando entró, Doña Lucilia estaba en el «Salón Azul» recibiendo a algunos conocidos que habían ido a visitarla.
La serenidad de su semblante no denotaba ninguna perturbación de espíritu. Es fácil imaginar cuánta alegría le causó el regreso del Dr. Plinio.
Sin embargo, como estaban presentes otras personas, ella, como eximia y distinguida anfitriona, continuó dispensándoles lo mejor de su atención.
«Hijo mío, no quería molestar a nadie...»
Actos de abnegación, pequeños sufrimientos plácidamente aceptados, innumerables gestos de bondad y de paciencia, fueron algunos destellos de luz que continuaron marcando la existencia cotidiana de Doña Lucilia en su piso de la calle Alagoas.
Una noche —tenía ya bastante dificultad de movimiento— se cayó de la cama al cambiar de posición.
Apoyándose en la misma trató en vano de ponerse de pie, y el ruido provocado por este esfuerzo despertó a la empleada que dormía en el cuarto contiguo. Ésta acudió inmediatamente en su ayuda, pero no teniendo fuerzas suficientes para alzar a Doña Lucilia fue a solicitar el auxilio del Dr. Plinio.
Al entrar en el cuarto de su madre, él la encontró tratando todavía, con pertinacia, de levantarse sola, sin demostrar ninguna aflicción o nerviosismo por no conseguirlo.
Con todo cuidado, él la alzó, acomodándola en el lecho. Después, con un tono impregnado de afecto, le preguntó:
—Pero, mi bien, ¿por qué no me llamó inmediatamente?
Con toda mansedumbre y naturalidad, ella respondió:
—Hijo mío, no quería molestar a nadie...
Equilibrio entre la justicia y la misericordia
Ese admirable desprendimiento que Doña Lucilia tenía de sí misma le proporcionaba un perfecto equilibrio entre dos virtudes armónicamente opuestas, la justicia y la misericordia.
La edad no hizo sino acrisolar esas virtudes.
Por ejemplo, siempre que en su presencia, por cualquier motivo, se señalaban los defectos de alguien, inmediatamente ella salía en defensa de la víctima. No para proteger sus lados censurables, sino para impedir que fuese emitido un juicio parcial sobre la persona en cuestión, pues era necesario también tomar en consideración los lados buenos que ésta realmente tuviese.
Cierta vez, hablando acerca de un conocido que era blanco de las invectivas de espíritus menos conciliadores, dijo:
—Es verdad... Pero, dese cuenta que, por ejemplo, él es siempre franco. Muchos que no tienen su defecto, sin embargo, son hipócritas. Esta franqueza tiene su valor. Al hablar de sus defectos, hay que recordar que tiene esa cualidad.
La virtud de la vigilancia
Cuando Dios quiere realizar una obra hace que nunca falten los medios para ello, tanto sobrenaturales como naturales. Por ejemplo, cuando suscita una nueva orden religiosa.
Para que florezca y se desarrolle, Dios favorece a su fundador con todos los dones y carismas necesarios que le permitan cumplir completamente la vocación para la cual fue llamado.
Lo mismo se da con la condición materna, magnífico símbolo de la Providencia Divina. No es raro que el Espíritu Santo asista a las madres con un cierto discernimiento de los espíritus, no solamente para educar a sus hijos, sino también para guiarlos por el camino del bien a lo largo de la vida.
Ese don —que en Doña Lucilia se manifestó repetidas veces bajo la forma de llamadas de atención a su hijo sobre los peligros que corría en ciertas situaciones— se manifestó de nuevo en un pequeño episodio.
Durante una conversación en su casa con algunos parientes y conocidos, se hizo referencia al reciente nombramiento de cierto personaje para un cargo de importancia.
Se comentó su carácter y, como Doña Lucilia no lo conocía, le mostraron una fotografía publicada hacía pocos días en la prensa.
El personaje estaba relacionado con las actividades del Dr. Plinio y, por eso, ella se interesó especialmente por el asunto.
Tomó el periódico en sus manos, observó en silencio aquella fisonomía, y comentó con tristeza:
—No es una buena persona, no...
Esas palabras, en aquellos labios llenos de benevolencia, sorprendieron a los presentes, pero, al igual que en ocasiones anteriores, los hechos demostrarían en breve que tenía razón.
No deja de ser interesante otro episodio de esa naturaleza ocurrido en la misma época.
Un sueño premonitorio
Cierto día, Doña Lucilia le contó al Dr. Plinio un sueño que la había dejado un tanto intrigada. Se trataba, tal vez, de otra manifestación de su discernimiento fuera de lo común sobre personas y situaciones relacionadas con su hijo.
En ese sueño, ella se veía en su casa. En determinado momento, alguien tocó el timbre y, como no había quien abriese la puerta, ella misma fue a hacerlo.
Para su sorpresa, era su difunto padre, el Dr. Antonio, que venía a visitarla.
Exultante de alegría, lo acompañó por las diversas salas de la casa, explicándole el origen de los muebles, quién había hecho la decoración, y un sinnúmero de otros detalles.
El Dr. Antonio, con el mismo afecto que siempre había tenido por su hija, lo comentaba todo y daba su aprobación.
Por fin, llegaron al fondo del corredor, donde estaba el cuarto de ella. Abrieron la puerta y, atónitos, encontraron a uno de los amigos del Dr. Plinio, acostado sobre la cama atravesado, en una actitud vulgar y sonriendo malévolamente.
Ante esa desagradable escena, el Dr. Antonio censuró paternalmente a su hija, diciéndole:
—En tu casa todo está muy bien. Pero no puedo aprobar que recibas a tipejos como ése.
En ese momento, ella se despertó.
Ahora bien, muchos años después de la muerte de Doña Lucilia, sucedió lo que nadie podría siquiera sospechar en la época en que tuvo este sueño. La envidia fue corroyendo el alma de ese amigo, haciéndolo traicionar la amistad y hasta los intereses de la causa católica que durante décadas los habían unido en la misma lucha.
Ese discernimiento que Doña Lucilia tenía del mal —animado en buena medida por su gran afecto materno, pero, sobre todo, por su rectitud de alma— rara vez era desmentido por la realidad y nunca la abandonó hasta el final de su vida.
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