Los tres pastorcitos, después de las apariciones
Profundamente transformados por las apariciones y los mensajes celestiales, el rostro de los tres pastorcitos pasó a expresar la profundidad y gravedad de las revelaciones que les habían sido confiadas.
Las fotografías de entonces nos muestran sus fisonomías serias y sufridas, manifestación de una vida de intensa oración y continuos sacrificios por la conversión de los pecadores y en desagravio del Inmaculado Corazón de María.
Lucía, en la segunda aparición, había pedido a la Virgen de Fátima que los llevara al cielo...
Sí; a Jacinta y a Francisco los llevaré pronto.
Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar.
Ésa fue la respuesta de Nuestra Señora.
Jacinta y Francisco esperaron así el cumplimiento de la promesa de que la Virgen María los llevaría en breve al cielo.
Durante el poco tiempo que pasaron en la tierra, fueron además agraciados con algunas visiones particulares.
Los últimos días de Jacinta y Francisco
Poco más de un año después de las apariciones en Cova da Iria, Francisco y Jacinta enfermaron gravemente de bronconeumonía y comprendieron que aquella enfermedad los llevaría al cielo.
Continuaban practicando fervorosamente sacrificios y penitencias.
Fue entonces cuando se apareció la Virgen y les declaró que pronto vendría a buscar a Francisco y que no tardaría mucho en llevar también a Jacinta.
Al contárselo a Lucía, Jacinta decía:
—Nuestra Señora ha venido a vernos, y ha dicho que muy pronto vendrá a buscar a Francisco para llevárselo al cielo.
A mí me preguntó si todavía quería convertir más pecadores. Le dije que sí.
Y me contestó que iría a un hospital, y que allí sufriría mucho, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María y por amor a Jesús.
Le pregunté si tú vendrías conmigo. Dijo que no. Esto es lo que más me cuesta.
Dijo que iría mi madre a llevarme y después me quedaría allí solita.
—¡Si tú fueses conmigo! Lo que más me cuesta es ir sin ti.
Tal vez, el hospital es una casa muy oscura donde no se ve nada y yo estaré allí, sufriendo sola.
Pero no importa; sufro por amor al Señor, para reparar al Inmaculado Corazón de María, por la conversión de los pecadores y por el santo padre.
Dios nos concede las gracias por medio del Corazón de María
Jacinta se consumía en el ardiente deseo de reparar los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
Antes de partir hacia el hospital, dirigió a Lucía otras edificantes palabras:
—Ya me falta poco para ir al cielo.
Tú te quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María.
Cuando sea el momento de decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del corazón de María; que se las pidan a Ella; que el corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el corazón de María.
Que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios se la entregó a Ella.
¡Si yo pudiese meter en el corazón de todo el mundo el fuego que tengo dentro de mi pecho, quemándome y haciéndome amar tanto al corazón de Jesús y al corazón de María!
En otra ocasión, Jacinta dijo:
—Mira, ¿sabes? Nuestro Señor está triste, porque Nuestra Señora nos habló así para que no le ofendiesen más, que ya está demasiado ofendido, y nadie hace caso; continúan cometiendo los mismos pecados.
En julio de 1919, Jacinta fue llevada al Hospital de Vila Nova de Ourém.
El agravamiento de la enfermedad la retuvo allí durante dos meses.
A continuación, fue trasladada a Lisboa para someterse a una arriesgada y dolorosa operación.
Permaneció algún tiempo en un orfanato y, después, fue llevada al Hospital Doña Estefanía.
La madre María de la Purificación Godinho, directora del orfanato, impresionada por la sabiduría y virtud de la niña, registró sus últimas palabras.
Jacinta habló sobre el pecado, los sacerdotes, los gobernantes y las virtudes cristianas, sorprendiendo por lo acertado de sus análisis y por su actualidad profética.
Nuestra Señora vino a buscar a Jacinta el 20 de febrero de 1920. Francisco había partido al cielo el 4 de abril de 1919.
Jacinta fue sepultada tres días después en el cementerio de Vila Nova de Ourém.
En septiembre de 1935, sus restos mortales fueron depositados en un sepulcro nuevo, de piedra blanca, en Fátima, con el sencillo epitafio: «Aquí reposan los restos mortales de Francisco y Jacinta, a quienes Nuestra Señora apareció».
En 1951, los venerables restos mortales de Jacinta fueron trasladados a la Basílica de Fátima, donde actualmente reposan.
En 1952 fueron trasladados allí también los restos de Francisco.
El largo y sufrido itinerario de Lucía
La única superviviente de los tres pastorcitos recorrió un largo y sufrido camino hasta convertirse en sor María Lucía de Jesús y del Inmaculado Corazón, carmelita descalza en el Carmelo de Santa Teresa, en Coímbra.
Antes pasó por la Congregación de las Hermanas de Santa Dorotea, en Tuy, municipio de Pontevedra, en España.
Sor Lucía de Jesús y del Inmaculado Corazón permaneció durante cincuenta y ocho años en el Carmelo y falleció el 13 de febrero de 2005, a los noventa y siete años de edad.
Fue trasladada desde el Carmelo de Santa Teresa, en Coímbra, donde permaneció sepultada un año, a la Basílica de Fátima, el 19 de febrero de 2006.
Sus restos mortales reposan junto a los de Jacinta.
Sus dos primos, Jacinta y Francisco, fueron beatificados el 13 de mayo de 2000.
La lápida de sor Lucía contiene, debajo de su nombre, la frase: «A quien Nuestra Señora se apareció».
Comunión reparadora de los cinco primeros sábados
El 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen se apareció a sor Lucía, teniendo a su lado, sobre una nube luminosa, a un Niño.
Ella mostró a Lucía un corazón que tenía en una de las manos, rodeado de espinas.
Y el Niño le dijo:
—Ten compasión del corazón de tu santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.
A continuación, la Santísima Virgen habló:
—Mira, hija mía, mi corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes.
Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, en el primer sábado se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del rosario, con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.
El 15 de febrero de 1926, el Niño Jesús se apareció nuevamente a sor Lucía y le preguntó si ya había difundido la devoción a su santísima Madre.
Sor Lucía respondió que su madre superiora estaba dispuesta a propagarla, pero que el confesor de ésta afirmaba que ella sola nada podía.
Y Jesús afirmó:
—Es verdad que tu superiora sola nada puede; pero con mi gracia lo puede todo.
Sor Lucía presentó la dificultad que algunas almas tenían para confesarse el sábado y pidió que la confesión fuese válida durante ocho días.
Jesús respondió:
—Sí, puede ser de muchos días más todavía, con tal que, cuando me reciban, estén en gracia y tengan la intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María.
«Jesús mío, ¿y las que olviden tener esta intención?», preguntó sor Lucía.
—Pueden hacerla en otra confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tuvieran de confesarse.
Cuatro años después, en la madrugada del 29 al 30 de mayo de 1930, Nuestro Señor reveló interiormente a sor Lucía otro detalle acerca de las comuniones reparadoras de los cinco primeros sábados.
Sor Lucía preguntó si quien no pudiera cumplir todas las condiciones el sábado podría satisfacerlas el domingo.
Jesús respondió:
Será igualmente aceptada la práctica de esta devoción en el domingo siguiente al primer sábado, cuando mis sacerdotes, por justos motivos, así lo concedan a las almas.
La consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María
La petición de Nuestra Señora, en su tercera aparición, tuvo también un complemento.
El 13 de junio de 1929, sor Lucía tuvo una visión de la Santísima Trinidad y del Inmaculado Corazón de María.
Nuestra Señora dirigió las siguientes palabras a sor Lucía:
Ha llegado el momento en que Dios pide que el santo padre haga, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón, prometiendo salvarla por este medio.
Son tantas las almas que la justicia de Dios condena por los pecados cometidos contra Mí, que vengo a pedir reparación: sacrifícate por esta intención y reza.
Diversas consagraciones de Rusia al Inmaculado Corazón de María fueron realizadas a lo largo de los pontificados que se sucedieron a partir de 1929.
Ninguna de ellas, sin embargo, llegó a cumplir plenamente los requisitos manifestados por Nuestra Señora a sor Lucía.
A partir de mediados de 1989, sor Lucía reconoció la validez de la consagración realizada por el papa Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984.
La propia vidente presentó este reconocimiento como expresión de una opinión particular y no de una revelación sobrenatural.
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