Cuando el Niño Jesús cumplió un año, ocurrió un hecho que marcó a fondo el alma de San José.
Aunque Nuestro Señor tuviera desde el primer instante de su concepción el más pleno conocimiento de las cosas, quiso manifestarse al mundo como verdadero hombre en todos los aspectos.
Por lo tanto, durante los primeros meses de su vida, no hablaba con sus padres más que por comunicaciones místicas interiores.
San José oyó: «¡Abba!»
Un día, sin embargo, extendiendo los sagrados bracitos a su padre virginal, balbuceó, con el encanto que bien se puede imaginar, su primera palabra en arameo: «¡Abba!», es decir, «¡papá!».
San José, que poseía un corazón tierno y de gran sensibilidad, no pudo contener sus lágrimas y, con mucha humildad, preguntó a la Virgen si él también debía llamar a Jesús «Hijo mío».
La respuesta de María fue, por supuesto, afirmativa.
El santo patriarca notaba que, cuando el Niño lo llamaba «padre», no lo hacía por obligación o conveniencia, sino porque lo consideraba realmente su padre.
Había entre los dos un vínculo fuerte, profundo e íntimo, como si algo del alma divina de Jesús estuviera unido a la suya, intensificando la unión entre ambos.
San José sentía que era su padre, y lo era de hecho, más aún que si lo hubiera engendrado, pues tenían una entera consonancia de alma por causa de un tipo de paternidad que es mucho más entrañada que la natural.
De este modo, cada vez que Jesús lo llamaba «padre», en su noble alma tenía lugar una mezcla de sentimientos: por un lado, sentía la seriedad del llamamiento que le había hecho la Providencia para ser el padre de Dios; pero, por otro, notaba que emanaba de su Hijo tanto cariño y tanta compasión, que se quedaba absolutamente tranquilo, pues sabía que de su propio Hijo le vendrían las fuerzas para cumplir adecuadamente la altísima misión de protegerlo y de servir a su perfectísima Madre.
Octubre de 2026, n.º 279
Septiembre de 2026, n.º 278
Agosto de 2026, n.º 277
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos