La baronesa Juana de Chantal había entrado de lleno en la vida de Francisco de Sales.
Su imagen permanecía presente, ya cuando rezaba, ya cuando recorría su diócesis. Una vez en Thonon le confesó que se encontraba “más en Borgoña que aquí”. [...]
En cierta ocasión, celebrando la Misa matinal le pareció estar levantándola en sus brazos; al oír cantar “el que come este pan vivirá para siempre”, rezaba por ella, que quizá en ese momento podría estar comulgando.
Se sentía de tal forma unido a su correspondiente que hizo desaparecer de su lengua cualquier palabra que indicara alguna distinción.
Llegaba a hablar de “nuestro corazón”, que él veía y percibía como “siendo uno”. Solamente “aquel que es la Unidad por esencia” puede “fundir tan perfectamente a dos espíritus, de tal manera que ya no eran sino un único espíritu, indivisible, inseparable”.
El tono de su correspondencia corría a veces el riesgo de dar motivo a sorpresas.
Por ejemplo, las afectuosas despedidas que le dispensaba: “Buenas noches, mi queridísima hija, pero un millón de buenas noches. Conservaos así, siempre dulce, y tomaos el descanso requerido por nuestro cuerpo”;
“Buenas noches, pues, a la querida madre de mi corazón, y buenas noches al querido corazón de mi pobre madre. Dormid dulcemente bajo la fresca sombra de las alas del celestial Colombeau, y que éste sea para siempre nuestra paz y protección”.
¡Sólo un infame sería capaz de ver maldad en esto!