Expresión sin igual de la benignidad de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía es el hecho de poder adorarlo expuesto en la custodia.

Si el sol nos aporta ventajas para nuestra salud física, mucho mayor es el beneficio que el Creador del sol prodiga a nuestra salud espiritual cuando estamos delante de Jesús Hostia.

No obstante, como nuestras disposiciones no siempre corresponden a lo que Él espera de nosotros, es oportuno que nos detengamos en hacer un examen de conciencia.

En mi día a día, ¿cómo es mi devoción a la Eucaristía? ¿Tengo la costumbre de centrar en ella mi atención, actividades y preocupaciones? Al pasar delante del Santísimo Sacramento, en una iglesia, ¿procuro adorarlo con fervor? ¿O me dejo llevar por la rutina?

¿Comulgo en la Santa Misa, persuadido de que Nuestro Señor Jesucristo sale del copón contento por unirse a mí y, al entrar en mi ser, me santifica el alma y el cuerpo? Después de la comunión, ¿mi acción de gracias tiene la adecuada solidez y fervor?

¿Le agradezco el haberme hecho tabernáculo suyo, estableciendo conmigo una relación que jamás tendrá con un sagrario material, por más precioso que éste sea, y el haber estado en consonancia conmigo purificando mis intenciones, dándome fuerzas sobrenaturales y robusteciéndome las virtudes y los dones del Espíritu Santo?

Con su Sagrado Corazón desbordante de afecto, pero también de justicia, Jesús hoy nos está interpelando a cada uno de nosotros: “¿Qué has hecho con ese beneficio extraordinario, el mayor tesoro que te he dejado?”.

Y de sus labios oiré un reproche por las veces que lo recibí con tibieza; o deprisa, llevado por distracciones voluntarias; o en medio de una culpable insensibilidad; o incluso manchado por el pecado, si hubiese incurrido en esta desgracia...