Masacre, huida o milagro eran las únicas alternativas que se les presentaban a aquellos que oían acercarse el tropel de los hunos.
Este terrible pueblo bárbaro logró sobrepasar en furor a todas las demás tribus invasoras y poner en pánico al Imperio romano de Oriente y de Occidente.
Al frente marchaba Atila, hombre de baja estatura, nariz curva y mirada penetrante, que aglutinaba bajo su mando a la mitad del mundo bárbaro.
Se le conocía como “el flagelo de Dios” y sus actos lo demostraban, pues reducía a escombros cualquier ciudad o pueblo por donde pasaba, hasta tal punto que se decía que la hierba nunca más crecía donde habían pisado las patas de su caballo.
Estrasburgo, Espira, Worms; Tongeren, Reims, Cambrai, Auxerre, Besanzón, Langres y Metz experimentaron ese terror, y lo mismo habría ocurrido con Troyes, París y Roma si no fuera por la intervención de Dios por medio del obispo San Lupo, de la pastora Santa Genoveva y del Papa San León Magno.
A pesar de que el imperio de Atila se deshizo tras su muerte, en el 453, su ferocidad permaneció en los habitantes de la Panonia, al oeste de la actual Hungría, hasta el punto de que en el siglo IX los cristianos de las tierras vecinas incluyeron en sus oraciones la súplica: “A sagittis hungarorum, libera nos Domine – De las flechas de los húngaros, líbranos, Señor”.
Los feroces invasores se vuelven defensores...
Avancemos mil años después de la muerte del temible devastador y encontrémonos con los descendientes de aquel pueblo belicoso que nuevamente se alzaba en armas con ardor. Esta vez, no obstante, el objetivo no era arrasar la cristiandad, sino defenderla.
Dócil a la predicación de San Juan de Capistrano, el conde Juan Hunyadi se encuentra al mando de las tropas húngaras preparadas para combatir en el memorable asedio de Belgrado.
Frente a él estaba el sultán otomano Mehmed II, general de un poderoso ejército, con el que pretendía conquistar toda la región. Sin embargo, el 21 de julio de 1456 se vio obligado a retirarse, dejando tras de sí a centenares de cañones y miles de muertos.
Algunos días más tarde, vencido por una súbita enfermedad, el valiente jefe cristiano entrega su alma a Dios. Durante las exequias, el predicador así lo elogia: “Se extinguió la luz del mundo. [...] Vencido el enemigo, reinas ahora con Dios y triunfas con los ángeles, ¡oh buen Juan!”.1
¡De destruidor a defensor de la cristiandad! ¿Cómo se explica tan prodigiosa transformación en ese aguerrido pueblo?
Para que ello fuera posible, la Providencia se sirvió de un gran rey: San Esteban.
Fue un “estadista de visión amplísima y de pulso vigoroso, que supo iniciar y consolidar la asimilación de la civilización europea por los magiares aún bárbaros y paganos”,2 comenta el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira.
Valiéndose de su poder al mismo tiempo con suavidad y firmeza, consiguió vencer “ la oposición de su pueblo, famoso por su espíritu combativo y voluntarioso que, exacerbado por la barbarie, aceptó con dificultad la disciplina de la civilización”.3
Dotado de un carácter serio e indomable energía
En el transcurso del siglo X, quinientos años antes del sitio de Belgrado, la dinastía de Árpad gobernaba Hungría y consolidaba sus fronteras, haciendo que, tras mucho tiempo de nomadismo, el pueblo por fin se asentara.
En las últimas décadas de ese siglo es cuando el duque Geza, bajo la influencia de su esposa Sarolta y de las exhortaciones de San Adalberto, recibe el Bautismo. Más de 5000 súbditos siguen su ejemplo.
Un amplio campo de conquista se le abre así a la Santa Iglesia, pero el duque no posee el valor necesario para trabajarlo... Las raíces paganas de los magiares se confunden con las igualmente arraigadas tradiciones familiares y Geza no pretende extirparlas por completo.
Pero su hijo, el joven Vajk, que había recibido el nombre de Esteban cuando fue bautizado, pensaba de manera diferente.
Educado desde la infancia bajo las luces de la fe, poseía un carácter profundamente serio y una indomable energía, Deseoso de conducir a sus súbditos hasta Dios, hace de su cristianización el ideal de su vida.
Para ello ve en Gisela, hermana de Enrique de Baviera —santo y emperador del Sacro Imperio— una fiel compañera, que por su piedad y elevación de espíritu podrá ayudarlo en tan vasta obra.
El duque Enrique nutría una auténtica amistad por Esteban y no vio ningún inconveniente en darle a su hermana como esposa.
No obstante, Gerberga, tía del rey y abadesa del monasterio de Gandersheim, donde residía la joven, repugna el proyecto de entregar a su sobrina a un jefe bárbaro recién convertido, y decide poner a prueba la sinceridad de su fe.
Al saber que él había ido a visitar a Gisela, la superiora manda a la joven a que fuera a rezar en los jardines del convento.
Cuando Esteban llega, la ve de espaldas, desde un ángulo que ella no percibía su presencia, y no osó interrumpirla. En silencio y de rodillas esperó a que terminara el coloquio con el Rey de los reyes, y sólo entonces se acercó a saludarla.
Esa actitud de fe y de respeto, que la abadesa había estado observando de lejos, deshizo por completo su oposición al casamiento, el cual tuvo lugar poco después.
Creando las condiciones para el florecimiento de la fe
En el 997, con la muerte de Geza, Esteban se convierte en el Gran príncipe de los húngaros. Según la costumbre magiar, se realiza la ceremonia en la cual él blande una espada hacia los cuatro lados, comprometiéndose a defender el país en toda su extensión.
Al ser al mismo tiempo profundo y bondadoso, calmo y celoso, el joven soberano enseguida se compenetra de la dimensión sobrenatural de esa promesa y decide no escatimar esfuerzos para llevar a sus súbditos a la completa conversión.
Montado a caballo, con una cruz en las manos, recorre ciudades y pueblos predicando la verdadera fe.
Consciente, además, de que los corazones de los hombres son movidos por el ejemplo y por la gracia, cubre su nación de monasterios, para que la fuerza de la vida de los monjes y el auxilio de sus oraciones creen las condiciones ideales para el pleno florecimiento de la religión.
Finalmente, dicta un decreto en el que les prescribe a los jefes, a los guerreros y a todo el pueblo el abandono de los cultos antiguos y la recepción del Bautismo.
Sabe que eso no se realizaría sin dificultades, pero no se atemoriza, y está dispuesto a emplear los medios necesarios para el triunfo de Dios en sus tierras.
Así, reacciona de inmediato al enterarse de que su pariente Cupan no se había sometido al decreto y había tomado las armas contra él, con el pretexto de tener derecho al trono.
Reunido su ejército, Esteban avanza contra los rebeldes. En el campamento, ya frente al enemigo, es armado caballero y recibe la espada que en adelante habría de empuñar.
“¡Por Dios, por la fe!”, son los gritos que se oyen al ser dada la señal de ataque.
Tras duras horas de enfrentamiento, el combate termina con la muerte de Cupan. El joven monarca, que no pretendía otra cosa sino el bien de sus súbditos, concedía un generoso perdón a todos los vencidos que aceptaran el Bautismo.
El Papa reconoce su obra evangelizadora
Establecida su soberanía sobre roca firme, nada le falta a Esteban para ceñir la corona real y hacer incluir a su pueblo en la lista de las monarquías europeas.
Con la ayuda de su cuñado San Enrique, prepara cuidadosamente una embajada para pedirle al Papa la concesión de tal privilegio.
El monje Gerberto, de origen francés, ocupaba el trono de San Pedro con el nombre de Silvestre II.
Al escuchar la narración de los significativos progresos de la fe en Hungría no duda en atender la solicitud, discerniendo con claridad el designio del Altísimo que flotaba sobre aquellas tierras.
Gracias sean dadas a Dios Padre y a Jesucristo, nuestro Señor, que en nuestros días encontró un nuevo David, el hijo de Geza, hombre según su corazón.
Hizo que luciera ante sus ojos la divina luz y lo llamó para hacerlo pastor de Israel y jefe del pueblo húngaro, nación elegida.
Sólo tenemos elogios que haceros por vuestra piedad en relación con Dios y vuestra respetuosa entrega a la cátedra apostólica, sobre la cual, a pesar de nuestra indignidad, estamos sentados. [...]
En consecuencia, hijo muy glorioso, os concedemos de buen grado todo lo que Nos habéis pedido, a nosotros mismos y a la Sede Apostólica: la diadema y el título de rey, con el poder de erigir la metrópolis de Esztergom y diócesis sufragáneas.4
dice la carta fechada el 27 de marzo del año 1000.
Junto con la misiva, el Papa le envía una hermosa cruz y la Santa Corona, que será siempre venerada en el país.
Con esos símbolos, Esteban y Gisela son coronados en Esztergom la Navidad del año 1000, recibiendo el título de Sus Majestades Apostólicas, con el cual Silvestre II equipara la obra de defensa y propagación de la fe por ellos emprendida con la gesta evangelizadora de los Apóstoles.
Silvestre II le concede también a Esteban, además de todos los derechos de la realeza, los poderes de un legado pontificio. Este privilegio será confirmado en el siglo XV por el Concilio de Constancia, y conservado hasta el final por el trono de Hungría.
Serio y consecuente, el nuevo monarca se pone a organizar y consolidar su reino. Sabiendo que no existen leyes más perfectas que las escritas por el propio Dios, elabora con esmero las constituciones del Estado, teniendo como base los Diez Mandamientos.
En ellas quedaban establecidos los deberes y las obligaciones del clero y de la nobleza, a cuyas filas no podía pertenecer quien rechazara abrazar la fe católica.
También había curiosos castigos para quien infringiera los preceptos divinos, como este: si alguien fuera pillado labrando la tierra en domingo, se le confiscarían sus bueyes, siendo sacrificados y su carne distribuida entre los habitantes de la aldea.
Modelando según la fe el alma de su sucesor
Esteban sabía, sin embargo, que más importante que registrar esas leyes en códices y pergaminos era formar a alguien animado por el espíritu que las había inspirado. Con ese objetivo, le dejó escrito a su hijo, Emerico, un conjunto de prudentes consejos.
En ellos enseñaba que el reino perfecto es como un templo con diez columnas: la solidez de la fe, el esplendor de la Iglesia, la pureza y sabiduría de los eclesiásticos, la fidelidad y fortaleza de los barones y caballeros, la generosidad para con los extranjeros, la recta administración de la justicia, la lúcida organización del consejo, el respeto a las tradiciones, el auxilio de la oración y la piedad y misericordia.
Le recomendaba que tuviera entrañas de madre para con sus súbditos, añadiendo:
Sé paciente con todos, con los poderosos y con los que no lo son.
Sé, finalmente, fuerte; que no te ensoberbezca la prosperidad ni te desanime la adversidad. Sé también humilde, para que Dios te ensalce, ahora y en el futuro.
Sé moderado, y no te excedas en el castigo o la condena. Sé manso, sin oponerte nunca a la justicia.
Sé honesto, de manera que nunca seas para nadie, voluntariamente, motivo de vergüenza. Sé púdico, evitando la pestilencia de la liviandad como un aguijón de muerte.
Todas estas cosas que te he indicado someramente son las que componen la corona real; sin ellas nadie es capaz de reinar en este mundo ni de llegar al reino eterno.5
Estos consejos cayeron en tierra fértil. Dotado de rara piedad y elevación de espíritu, Emerico asimiló desde muy temprano los buenos ejemplos de sus padres.
Con tan sólo 7 años hizo voto de virginidad, y ya en esa edad sobresalían en su alma algunos dones singulares, como el de discernir el grado de fe y de progreso en la virtud de las personas con las que se encontraba.
Cierto día, estando de visita en la abadía de Pannonhalma con su padre, éste percibió que el niño saludaba de manera diferente a cada monje.
Cuando recibió de su hijo la respuesta de que así actuaba según el estado de alma de cada uno de ellos, San Esteban quiso comprobar la veracidad de esa intuición sobrenatural.
Entonces se puso a caminar durante la noche por el monasterio en el horario de silencio y oraciones, y al encontrarse con el monje Mauricio, a quien Emerico había señalado como de gran virtud, trató de entablar una conversación con él.
Pero el religioso permaneció impasible y, finalizado el período de silencio, le dijo: “No podía interrumpir el servicio del Rey del Cielo para servir a un rey de la tierra”.
Queriendo ver hasta dónde llegaba la rectitud de ese monje, Esteban fue a quejarse de su actitud ante el superior, quien lo reprendió en presencia del monarca.
Mauricio oyó la amonestación cabizbajo, aceptándola con toda humildad. Lleno de admiración, el soberano se arrodilló a los pies del religioso, alabó sus virtudes y lo nombró obispo.
Con razón había puesto el soberano en su hijo todas las esperanzas del reino. Sin embargo, los planes de Dios eran otros: pocos días antes de ser asociado al trono de su padre, una muerte súbita se lo llevó con tan sólo 23 años...
El santo rey sufrió inmensamente la pérdida de su hijo, pero aceptó con resignación la determinación de la Providencia. Tenía certeza de que Emerico podría hacer mucho más por su pueblo en el reino eterno que gobernando Hungría durante algunos años.
El secreto para obtener el auxilio del Cielo
Aspectos muy diversos componen la gloriosa aureola de santidad de este rey, pero todos ellos confluyen en la monumental obra evangelizadora a la cual fue llamado por la Divina Providencia.
Y quien analiza su reinado considerando los orígenes paganos de su pueblo, las costumbres bárbaras profundamente arraigadas en él y el fuerte temple magiar, percibe que tan gran transformación no habría sido posible sin un excepcional auxilio del Cielo.
¿Cuál fue el secreto para obtenerlo?
A nuestros ojos, solamente uno: pocos días después de su coronación, San Esteban consagraba su reino a la Santísima Virgen, constituyéndola Gran Señora de Hungría.
Así, en los albores del segundo milenio, cuando San Luis María Grignion de Montfort estaba muy lejos de nacer, el bienaventurado monarca ponía todos sus dominios en las manos de Nuestra Señora, deseando transformarlos en un auténtico reino de María.
En efecto, la devoción a la Madre de Dios era tal vez el punto más sensible del alma del soberano.
Estampó su imagen en las monedas, la representó en sus estandartes y poco a poco consiguió imprimirlas en el corazón de sus súbditos.
Y cuando en 1038 entregó su alma a Dios, el día de la magna fiesta de la Asunción, lo hizo rezando esta amorosa oración: “Gran Señora, Reina del Cielo, a Vos dirijo mi última plegaria y os confío el cuidado de mi alma. ¡Acoged bajo vuestra protección maternal a la Iglesia magiar, a mi país y a mi querido pueblo!”.6
San Esteban podría ser considerado, en suma, modelo y patrón de las almas muy llamadas, que se encontraron con obstáculos colosales en el cumplimiento de su misión y, a veces, hasta fracasaron.
Pero, cuando son fieles, terminan cumpliendo su vocación en los brazos de María.