La creación y la Redención: obras del amor
La Providencia divina no podía darnos más pruebas de amor de las que ya nos ha dado: creó cielos y tierra, plantas, mares, ríos, manantiales, toda clase de cuadrúpedos, reptiles y aves; todas las criaturas nos sirven sin cesar, son para nosotros reflejos del Creador y nos garantizan la supervivencia. ¿Sólo eso? No. «Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia para contigo» (Jer 31, 3). Dios nos creó a su imagen y semejanza, nos dotó de potencias perfectas, entendimiento y voluntad, con un alma inmortal destinada a la bienaventuranza eterna. No obstante, quiso entrar en contacto con nosotros de forma más sensible, y «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, […] para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16-17). Su amor por la criatura amada rebosó del límite. Sí, Dios fue visto en la tierra y habitó entre los hombres. El Verbo Encarnado no sólo vino para ser víctima expiatoria, ofreciendo su vida en rescate por nuestras faltas; de ser así, tal vez habría muerto con los niños inocentes inmolados por Herodes. Pero, siendo la expresión del amor divino, quiso hacer de cada paso de su vida un testimonio de su insondable caridad. Durante treinta y tres años respiró nuestro aire, convivió con sus más allegados bajo el velo de la humanidad. Atrajo a sí a los Apóstoles, se compadeció de la multitud hambrienta, se enterneció con los niños, lloró con Marta y María la muerte de su amigo Lázaro, alabó los corazones rectos, curó a los enfermos, arrancó almas del yugo del demonio, convirtió a los descarriados, fue en busca del pecador, perdonó a todos con extrema misericordia y compasión; en fin, pasó por la tierra haciendo el bien (cf. Hch 10, 38).¿Qué le falta al Corazón de Jesús?
«Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Sí, había llegado el momento de alimentar el horno ardiente del divino amor con el leño de la cruz. Lo que más le dolía al Sagrado Corazón durante la Pasión era constatar la falta de reconocimiento y la maldad humana. Y como no se le ahorró tormento alguno, el Padre permitió que su Unigénito sufriera en manos de toda clase de hombres: fue perseguido por el rey Herodes, juzgado por el gobernador Pilato, traicionado por uno de sus discípulos, abandonado por los Apóstoles, odiado y perseguido por pontífices, escribas y fariseos; fue ultrajado por gentiles, condenado por su propio pueblo; crucificado por soldados y, finalmente, injuriado por un vil ladrón, compañero de patíbulo. ¿Dónde estaba en ese momento auge la multitud que acudía a sus predicaciones y que tanto se había beneficiado con todo tipo de prodigios y portentos? ¿Dónde estaban los enfermos curados, dónde, los muertos resucitados? ¿Dónde estaban, en fin, los que había liberado de las garras del demonio? Muchos formaron parte de la maldita muchedumbre que lo insultaba, agravándole los dolores de la Pasión… El Señor esperaba encontrar en lo alto de la cruz corazones ardientes de amor filial, transidos de compasión. Pero… he aquí la ingratitud. Es verdad que allí estaba su Madre, y le bastaba. Sin embargo, ¡qué dolor no debió haber sentido el Corazón redentor, que vino a llamar a todos a la conversión, al verse inmerso en un abandono universal y recibiendo en pago la traición y la condena a la muerte más ignominiosa! Deshecho en su figura humana, aún conservaba intactas sus cuerdas vocales; y aquella misma voz que le rogó a la samaritana «dame de beber» (Jn 4, 7), reclamaba el agua de la caridad que satisficiera tamaña ingratitud: «Tengo sed» (Jn 19, 28). Ansiaba la fidelidad amorosa de aquellos a quienes había llamado. Sumergido en el abandono, entregó su espíritu… Estaba consumada la Redención. ¡Locuras de amor, misterios de ingratitud! «¿Merece o no merece ser amado por nosotros un Dios que para conquistar nuestro amor quiso pasar por tantos trabajos?»,1 pondera San Alfonso María de Ligorio. En efecto, el Sagrado Corazón de Jesús, que siendo Dios domina todas las cosas y nos lo ha dado todo, posee una carencia que sólo puede ser suplida por nosotros, conforme las palabras a Santa Matilde de Hackeborn: «Lo tengo todo en profusión, excepto el corazón del hombre que tantas veces me huye…».2 ¿Por dónde anda nuestro corazón cuando no está donde debería?Como las cuerdas del arpa
Muchos males asolan nuestro siglo, pero ninguno parece ser tan misterioso e incurable como el tormento del corazón. Las criaturas no pueden satisfacerlo plenamente, ni siquiera el afecto carnal; los placeres, los honores mundanos, las glorias, las riquezas no provocan más que perturbaciones, aprensiones, quizá la desesperación que conduce a los homicidios…
Ángel arpista, de Gherardo Starnina - Museo Boijmans Van Beuningen, Rotterdam (Países Bajos)Entrega, devoción… ¿en qué consisten?
Dos movimientos caracterizan las pulsaciones del corazón como órgano vital: la sístole y la diástole. Al mismo tiempo que recibe la sangre, la hace circular por todo el organismo; si, por el contrario, no bombea y únicamente recibe, provocará la muerte del cuerpo que anima. Por eso, para que la vitalidad sobrenatural en nosotros sea completa es menester una donación constante a Dios. Ya lo hemos recibido todo, nos falta dar. Ahora bien, en concreto, ¿qué necesitamos darle al Corazón de Jesús? Cuando le tributamos afecto a alguien, lo mínimo que nos toca hacer es no causarle disgustos. Por lo tanto, si pretendemos amar a Jesús, no podemos ser sólo almas ricas en ejercicios de piedad exteriores y meramente sentimentales. Sin duda, al Señor le agrada que lo alabemos a través del culto, de las oraciones vocales y de las ceremonias; a fin de cuentas, Él también alababa al Padre cuando rezaba delante de sus discípulos. No obstante, el Redentor tiene, sobre todo, sed de poseer nuestro corazón.
Nuestra Señora de los Corazones - Monasterio de Santa Clara, QuitoConsagración al Sagrado Corazón de Jesús
Yo, N…, me entrego y consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, mi persona y mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, para no servirme de ninguna parte de mi ser sino para amarlo, honrarlo y glorificarlo.
Aparição do Sagrado Coração de Jesus a Santa Margarida Maria Alacoque - Igreja de São Pedro, LimaOración compuesta por Santa Margarita María Alacoque
Notas
1 SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Práctica de amor a Jesucristo. Sevilla: Apostolado Mariano, 2001, p. 49.
2 GRANGER, OSB. O amor do Sagrado Coração explicado segundo os escritos de Santa Mechtilde. Belo Horizonte: Divina Misericórdia, 2017, pp. 85-86.
3 Cf. SCHRIJVERS, José. O Divino Amigo. 2.ª ed. São Paulo: Cultor de Livros, 2021, p. 134.
4 Ídem, p. 134.
5 MARMION, Columba. Jesus Cristo nos seus mistérios. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, p. 395.
6 SOR JOSEFA MENÉNDEZ. Un llamamiento al amor. México: Patria, 1949, p. 162.