Europa al borde del cisma…
El año de 1073 estuvo marcado por la elección del nuevo pontífice, Hildebrando di Soana, cuyo nombre sería Gregorio VII. Arcediano de la Iglesia de Roma, había sido consejero de ocho Papas y destacaba entre los clérigos por su celo y firmeza de alma en la defensa de las buenas costumbres. Pero el alma de Hildebrando era sobre todo la de un monje. Habiendo pasado un período de su vida en Cluny —abadía que se había constituido como el corazón del cristianismo—, encarnaba todos los fulgores del espíritu benedictino, entre ellos la disciplina, el amor a la castidad y el absoluto desinterés por los bienes terrenales. La Iglesia, a su vez, atravesaba una etapa difícil, en la que se había instaurado por todas partes una funesta confusión entre lo temporal y lo espiritual. Se trataba de la querella de las investiduras: a precio de oro, el emperador concedía cargos eclesiásticos, como el episcopado o el abadiato, a personas adineradas que en ocasiones ni siquiera habían recibido el sacramento del orden ni tenían vocación para tal. Dichos desórdenes abrían la puerta a una serie de otros abusos, formándose un contingente de obispos y clérigos interesados, elegidos por el emperador, opuestos al clero verdadero, fiel al poder pontificio y a su misión. Todo estaba preparado para un cisma entre la Iglesia y el imperio. En este contexto histórico, la elección de San Gregorio VII significó una declaración de guerra en favor del buen orden. Reuniendo fuerzas entre los que permanecían fieles, el Papa recurrió a Beatriz y a Matilde, quien, tras la muerte de su padre, Bonifacio de Canossa, y la de su hermano había heredado las tierras de la vasta y estratégica región de Toscana, al norte de Roma, que separaba parte de los Estados Pontificios del Imperio germánico. San Gregorio VII escribió una carta a las dos nobles italianas para advertirles de la situación de ciertos obispos y sacerdotes que querían difundir la simonía en territorio toscano. Les pidió insistentemente que evitaran cualquier comunión con ellos, dirigiéndose a ambas con el glorioso título de «muy amadas hijas de San Pedro».2«Una misión providencial»
Con el favor de su madre, desde los 21 años Matilde había iniciado su carrera armamentística al frente de los ejércitos toscanos contra los normandos, junto con Godofredo el Barbudo, segundo marido de Beatriz. Tenía verdadera capacidad de mando, manejaba perfectamente las armas y su temperamento intrépido la llevaba a afrontar con confianza cualquier situación ardua que se opusiera a los intereses de la Iglesia y de la sede romana. San Gregorio VII lo sabía bien y contaba con este apoyo. Sin embargo, la duquesa Beatriz y su hija Matilde desearon abrazar la vida religiosa. Cuando le expusieron al Papa su petición, éste les respondió con una paternal misiva, revelando en ella la importante contribución que esperaba de ambas en la situación que atravesaba la Iglesia: «Si otros príncipes quisieran asumir este papel glorioso cuya carga sólo vosotras soportáis, yo mismo os aconsejaría, por vuestro bien personal, que renunciarais al siglo y a sus crueles solicitaciones». Continuando la carta, les explicó que, mientras muchos príncipes expulsaban a Dios de sus palacios por la vida disoluta que llevaban, ellas atraían al Señor con el olor de sus virtudes, y concluía: «Os ruego, como a hijas muy queridas, que perseveréis en vuestra misión providencial y la conduzcáis a buen término».3 Un año después murió Beatriz. La condesa Matilde se vio entonces abandonada. El peso de la responsabilidad por toda la Toscana pesaba sobre sus hombros. Pero eso no era todo… ¿Cómo iba a continuar ella sola la guerra contra los enemigos de la Iglesia? A pesar de haber concertado matrimonio con un noble de la casa de Lorena, el casamiento no fue más que un contrato escrito, pues su marido falleció poco después y su virginidad se había mantenido intacta. Decidida a hacerse religiosa, recurrió de nuevo a San Gregorio VII, quien le respondió: «Al imponerte, en nombre de la caridad, el sacrificio de tu deseo de soledad, contraje una obligación más estrecha de velar por la salvación de tu alma».4 Entonces, la condesa cedió. Apoyada en la gracia y en la protección de este paternal pontífice, enfrentaría, con él, la conjuración contra el vicario de Cristo y su Iglesia. Mientras los obispos se vendían vergonzosamente al poder imperial, Matilde, la princesa más rica de Italia, se sometía al sucesor de Pedro, contrarrestando así con sus virtudes los horrores que se extendían por toda la cristiandad.Un emperador excomulgado
Enrique IV escandalizaba a toda Europa con sus actitudes. Y las consecuencias de la simonía y de la confiscación de la investidura canónica por el poder temporal se propagaban como una plaga incontrolable. Ante esto, San Gregorio VII se vio obligado a adoptar una actitud intransigente y justa: lo excomulgó, quitándole así la posibilidad de conservar la corona. Los príncipes de Alemania se reunieron en una dieta para considerar el caso del emperador, y decidieron que tendría un año para reconciliarse con el Papa; de lo contrario, perdería el trono definitivamente y se procedería a otra elección. Desesperado al ver que todo se desmoronaba ante él y llevado por pasiones desordenadas, Enrique reunió un ejército y se dirigió a Roma para proclamar un antipapa que lo coronara nuevamente. Ahora bien, Matilde poseía un castillo en Canossa, que era como un nido de águila: se erguía en lo alto de una montaña y estaba fortificado con tres imponentes murallas. Pese al riguroso invierno, la condesa llevó allí al sumo pontífice para protegerlo del emperador y su ejército.
Canossa: escenario de un importante acontecimiento
Un día se presentaron en Canossa dos mensajeros anunciando: «El rey desea ser recibido por Su Santidad». Matilde le transmitió la noticia a San Gregorio VII; sin embargo, desconfiada de las intenciones de Enrique, decidió ir ella misma a su encuentro. El Papa la bendijo y la condesa, con la espada a la cintura como era su costumbre, montó en su caballo y salió acompañada de un oficial y algunos soldados. Al encontrarse con el monarca, Matilde pudo ver de cerca la inconstancia de aquel corazón corrupto: sus palabras parecían denotar contrición, pero su fisonomía traslucía interés y ambición de poder. A pesar de ello, de común acuerdo con quienes lo acompañaban, entre los cuales San Hugo, abad de Cluny y padrino de Enrique, los condujo hasta las puertas de Canossa. Todos, no obstante, desconfiaban de la sinceridad del emperador. De entrada, el Santo Padre se negó a recibirlo hasta que diera auténticas muestras de penitencia y del propósito de someterse a las exigencias pontificias. Enrique insistió, prometiendo estar arrepentido, lo que llevó al Papa a autorizar su entrada en los dominios del castillo. A una señal de Matilde, los oficiales abrieron las puertas de la primera muralla y el emperador penetró hasta la segunda fortificación, donde se hospedó con su séquito.
«Enrique IV ante Canossa», de Eduard Schwoiser - Fundación Maximilianeum, Múnich (Alemania);
El heredero de Matilde
Ya habían transcurrido seis meses desde que Matilde había acogido al Santo Padre en Canossa; era necesario que regresara a Roma. Había llegado el momento de la despedida entre estas dos almas que tanto habían luchado por la Iglesia. Matilde entonces se arrodilló ante el sumo pontífice y realizó un hermoso acto: la donación de todos sus bienes a la Santa Sede. Era virgen y lo sería hasta el final de su vida; por tanto, no tendría herederos ni tampoco familiares con quienes compartir sus dominios. Éstos incluían los vastos territorios con castillos, fortalezas, iglesias y capillas, que abarcaban parte de Lombardía y toda la Toscana, recibidos de su padre, y el ducado de Baja Lorena, legado de su madre.
Matilde de Toscana entrega sus bienes a San Gregorio VII - Museos Vaticanos
Virgen y guerrera hasta el último suspiro
«Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas» (Prov 31, 10). Ratificando esta frase de las Escrituras, la condesa Matilde fue una dama que gobernó más por la influencia de su virtud que por el arte de la política o la diplomacia; luchó más por la fuerza de su pureza que por su destreza en las armas; y triunfó más por su amor incondicional al papado que por sus aptitudes militares. Tras la muerte de San Gregorio VII, ella también luchó junto a los sucesores de Pedro que continuaron las reformas iniciadas por el santo pontífice. Estuvo al lado de Víctor III y con él combatió irreductiblemente al antipapa Clemente III, siguió fervientemente los emprendimientos de Urbano II durante los once años de su pontificado, y aún respondió a todas las solicitudes de auxilio de Pascal II. A la menor insinuación de necesidad de ayuda procedente de la cátedra de Pedro, sus ejércitos acudían, casi siempre con la condesa al frente, espada en mano, comandando a los soldados. A la edad de 67 años —unos meses antes de su muerte—, en la vanguardia de sus hombres, Matilde reprimió una insurrección en una ciudad de sus dominios que, instigada por las revueltas cesarianas, se había levantado. Enrique IV había muerto, y antes que él, el antipapa Clemente III. Enrique V, desgraciadamente, siguió el camino de su padre, pero en septiembre de 1122, durante el pontificado de Calixto II, el imperio se sometió de manera definitiva al sumo pontífice en la Dieta de Worms, y el monarca se declaró vasallo de la Santa Sede. Este acontecimiento habría llenado de alegría a Matilde. No obstante, ya hacía siete años que la condesa había entregado su alma a Dios. En uno de sus castillos más austeros, Matilde permaneció el último año de su vida. Pidió que colocaran un altar en la puerta de su habitación para poder asistir al Santo Sacrificio desde su cama. Al verse libre de todo bien material, se preocupó por pasar el final de sus días en recogimiento, como siempre lo había deseado.
«Matilde de Canossa a caballo», de Paolo Farinati - Museo Castelvecchio, Verona (Italia)
Notas
1 Los datos históricos citados a lo largo de este artículo están basados en la obra: GOBRY, Ivan. Mathilde de Toscane. Condé-sur-Noireau: Clovis, 2002.
2 Ídem, p. 28.
3 Ídem, pp. 31-32.
4 Ídem, p. 32.
5 Ídem, p. 104.
6 Ídem, p. 226.