Un niño marcado por el dolor
Siendo aún niño, aquel que fuera llamado a la realeza se vio afectado por el horrible mal de la lepraGuillermo de Tiro descubre los síntomas de la lepra en el joven Balduino, iluminación de la obra «Estoire d’Eracles» Biblioteca Británica, Londres
Fuerza de alma invencible
A la muerte de Amalarico I, el príncipe fue coronado y consagrado rey en la iglesia del Santo Sepulcro, el 15 de julio de 1174, a la edad de tan sólo 13 años. Desde entonces recibe el nombre de Balduino IV. Bien podemos imaginar el drama de este varón. En Tierra Santa, Nuestro Señor Jesucristo había obrado admirables prodigios: los sordos oían, los ciegos veían, los paralíticos andaban; su mera sombra ahuyentaba las enfermedades. Sobre todo, ¡el Redentor había curado a leprosos! ¿Acaso la era de los milagros había terminado? ¿No podría Él devolverle la salud al joven rey? Ciertamente, pensamientos como estos invadirían el alma de Balduino, mientras paseaba por las calles de Jerusalén… La esperanza de un milagro le daba ánimos para proseguir su gobierno. Aunque estaba dispuesto, si su curación no llegaba, a mantenerse firme en su deber, porque también el Cordero divino, llagado y desfigurado como un leproso, se había asentado en el trono de la cruz. Ahora bien, el sufrimiento del príncipe no se limitaba a su enfermedad. En la corte de Jerusalén campaban la ambición y el interés. Ya que no podría tener descendientes, todos codiciaban el trono y, lejos de desearle su recuperación, ansiaban su muerte. Conocedor del estado de la nobleza, Balduino presentía la ruina de su reino; no había en su entorno quien fuera digno de sucederle.
Un enemigo externo terrible, una corte decadente, una salud en inevitable declive: he aquí la herencia del nuevo reyCoronación de Balduino IV, por Simon Marmion - Biblioteca de Ginebra (Suiza)
¡Conmovió a los Cielos…
Aquella alma invicta, al ver cómo le caían tantas tragedias sobre su cabeza mientras la lepra, día a día, se manifestaba con síntomas más atroces, tendría todas las excusas para prescindir de sus arduas obligaciones de guerrero. No obstante, continuó librando las más gloriosas e insignes batallas, entre ellas, especialmente memorable, la de Montgisard. Aprovechando la ausencia de Balduino y de las tropas cristianas, que estaban luchando en Ascalón, Saladino se precipitó presuntuosamente sobre la Ciudad Santa. El joven rey, con 16 años, sufriendo los dolores de sus abiertas llagas que golpeaban contra su armadura, dejó Ascalón, donde había logrado una nueva victoria, y salió en busca del sultán, con tan sólo trescientos setenta caballeros, la mayoría guerreros de retaguardia. Lo sorprendió a mitad de camino de Jerusalén, pero el imprevisto no suplía la desproporción numérica entre los dos ejércitos: los cristianos eran unas pocas centenas contra decenas de miles. Balduino sintió la vacilación de los suyos… Bajó entonces de su caballo y se postró en tierra ante un fragmento de la verdadera cruz, que portaba el obispo Alberto de Belén. Tomado por la fe, le imploró a Nuestro Señor Jesucristo que les obtuviera la victoria. A continuación, se dio una escena sin duda emocionante: del llagado rostro de Balduino, recién erguido del polvoriento suelo, corrían lágrimas. Ante tanta sublimidad, los soldados, embelesados, juraron vencer o morir. En sus corazones la santa cólera competía con la fe y el ideal de las primeras Cruzadas volvió a brillar.2 Todos estaban «llenos de la gracia celestial, que los hacía más fuerte que de costumbre».3 La batalla comenzó y el ejército musulmán, muchísimo más numeroso, no fue capaz de contener el ímpetu de las cargas de caballería de los francos. Ya bajo las sombras de la noche, éstos se lanzaron en persecución de los fugitivos. Saladino logró escapar, pero al llegar a El Cairo, centro del imperio mahometano, se fijó que sólo le quedaban unos pocos centenares de soldados. La victoria cristiana en Montgisard había sido total. Esta bellísima hazaña, alcanzada con el auxilio del Cielo y considerada por Guillermo de Tiro como la más memorable, sucedió en el tercer año de reinado de Balduino IV, que fue gloriosamente recibido en Jerusalén al canto del Te Deum.…e impuso respeto a los infiernos!
Muchos podrían pensar que si Balduino no hubiera sido leproso la Historia habría sido muy distinta. Sin embargo, aunque puede haber algo de cierto en esta afirmación, no podemos dejar de considerar que, sin esta paradójica desgracia, el reino de Jerusalén nunca tendría la gloria de ser gobernado por un monarca tan parecido al divino Redentor. ¡Y es una dádiva incomparable! De hecho, la unión de Balduino con el Rey Crucificado llegó a ser tan íntima que con su simple presencia logró ser capaz de poner en fuga al enemigo, al igual que el Salvador en el Huerto de los Olivos, cuando hizo caer postrados a los que venían a arrestarlo (cf. Jn 18, 4-6). Este acontecimiento, quizá tan hermoso como la victoria de Montgisard, tuvo lugar en Beirut. La arrogante desobediencia de Reinaldo I de Châtillon, vasallo del rey cristiano, provocó que Saladino atacara esa ciudad, por tierra y por mar. Sin embargo, Balduino ya estaba casi agonizante por el avance de la lepra. «El infeliz príncipe había perdido la vista, las extremidades de su cuerpo se iban descomponiendo; ya no podía valerse ni de los pies ni de las manos».4 Aun estando incapacitado de cabalgar, quiso, por fidelidad a los deberes de la monarquía, partir en defensa de su súbdito rebelde, no sin antes reprenderlo severamente por su comportamiento. Marchó llevado por los suyos en una litera, acompañado de setecientos hombres, contra veinte mil musulmanes. ¡Su ímpetu era irresistible! Lanzándose por sorpresa sobre el enemigo, le quemó sus flotas; el «valiente» Saladino, nada más enterarse de la presencia del joven héroe al frente de los soldados católicos, huyó atemorizado. «En la primera victoria [en Montgisard], conmovió al Cielo, inclinándose en el desierto; en la segunda, impuso respeto al infierno, haciendo retroceder a Saladino».5 He aquí la gloria de un hombre que supo ser, con las debidas proporciones, otro Cristo en la tierra.Dios lo glorificó en la eternidad
El 16 de marzo de 1185, con 24 años, el rey Balduino entregaba su alma a Dios. Victorioso contra todos los infortunios por su voluntad férrea, su paciencia en el sufrimiento y su coraje ante las peores circunstancias hoy brilla en el firmamento de la Historia. Si la lepra había devorado su cuerpo, en su alma había dejado la luminosa marca del heroísmo. Con qué admiración, por tanto, veremos resplandecer las llagas de este guerrero, rey y «mártir» por el sufrimiento cuando el día de la resurrección la gloria de su alma se manifieste en su cuerpo. Balduino IV todavía no ha sido elevado a la honra de los altares, pero sin duda a quien sufrió con tanta constancia en esta tierra y ante el cual los peores enemigos de la Santa Iglesia se estremecieron de pavor, Nuestro Señor Jesucristo le habrá reservado un trono de gloria en la eternidad. ◊Almas que marcan el rumbo de la Historia
Cuando Dios decide realizar sus grandes intervenciones en la Historia, las gracias más marcadas y sobresalientes no son como los favores comunes que suele concederle a cada individuo diariamente, sino que el Creador elige a algunas personas que, a menudo, hasta son naturalmente modeladas para la tarea a la que Él las destina.
El Dr. Plinio durante una conferenciaen la década de 1990
Extraído, con pequeñas adaptaciones, de: CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «A História gira em torno dos eleitos». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXIII. N.º 267 (jun, 2020); pp. 21-23.
Notas
1 BORDONOVE, Georges. Les Croisades et le Royaume de Jérusalem. Paris: Pygmalion, 2002, pp. 259-260.
2 Cf. Ídem, p. 281.
3 MICHAUD, Joseph-François. História das Cruzadas. São Paulo: Editora das Américas, 1956, v. II, p. 378.
4 Ídem, p. 386.
5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «Balduíno IV, o protótipo do católico [2]». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXI. N.º 246 (sep, 2018); p. 24.