Este párrafo nos lleva a reflexionar sobre un punto esencial en la vida de la Iglesia: los éxitos apostólicos no se apoyan en técnicas, estrategias o talentos humanos, sino en la acción de la gracia en el alma del apóstol que, fiel a su configuración con Jesucristo por el bautismo, cumple su misión.
En este contexto, surge una pregunta: ¿cuál es la misión de la Iglesia? El propio Catecismo responde: su misión consiste fundamentalmente en evangelizar y ser sacramento universal de salvación1 y, al mismo tiempo, «el signo y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres».2 Por lo tanto, el «mensaje de la salvación» sólo se hace perceptible a los hombres cuando está corroborado por el «testimonio de vida».
Por el contrario, nada hay más perjudicial para el «anuncio del Evangelio» y la «misión de la Iglesia» que la infidelidad del apóstol, ya sea por palabras o por comportamientos discordantes con la fe y la moral. Un árbol dañado no puede dar frutos buenos (cf. Mt 7, 18).
Estas enseñanzas se fundamentan en el decreto Apostolicam actuositatem del Concilio Vaticano II, en el que se subraya que «las buenas obras realizadas con espíritu sobrenatural», es decir, bajo la moción de la gracia, «son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios». Este tema se explica ampliamente en el libro El alma de todo apostolado, del abad trapense Dom Jean-Baptiste Chautard.
En él se demuestra que ninguna obra apostólica es verdaderamente fecunda cuando carece de vida interior y de la consiguiente unión con Dios y devoción a la Virgen María. Quien se lanza a la evangelización sin el soporte de la gracia y de las virtudes recibe como consecuencia la esterilidad.
Como remedio para este gran mal, Dom Chautard indica tres puntos esenciales. 1. El apostolado debe ser el desbordamiento natural de la oración, de la unión del apóstol con Dios. 2. El peligro de la ilusión del activismo: el apóstol que se agota en obras externas, sin vida interior, se vuelve superficial y pone en riesgo su propia alma. 3. El equilibrio perfecto consiste en cultivar la vida interior, sin descuidar el trabajo por la salvación de las almas. En resumen, «el Dios de las obras no debe ser abandonado por las obras de Dios».3
El modelo perfecto de ese vínculo armonioso entre la oración y la acción fue Nuestro Señor Jesucristo, que a menudo se retiraba a rezar y actuaba con eficacia en la sociedad. Pidamos a María Santísima, Reina de los Apóstoles, la gracia de tener una eximia vida interior y así ser fieles a nuestra vocación de bautizados al dar testimonio de Dios en este mundo.
Notas:
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