Roma, señora de una gran era histórica. Al invocar su nombre, un aire de dominio irresistible invade el escenario de la mente. Pétreos, imponentes e invencibles son sus héroes; fuertes, altivos y orgullosos, sus hombres. En ella, la leyenda se funde con la historia, o mejor dicho, ¡su historia es legendaria!
Casi todo el mundo antiguo conocido estuvo sometido a la ciudad de las siete colinas. Sus emperadores, al contemplar el panorama desde lo alto de sus magníficos palacios, podían estar seguros de que pronto el orbe les haría una reverencia… En efecto, llegaría el día en que su dominio no conocería el sol poniente.
Sin embargo, un hombre subyugó — no por la fuerza de las armas, sino sólo por la influencia de su personalidad— a tan indomable señora; al convertir a la déspota de la Antigüedad en la reina del futuro, le otorgó su verdadera identidad. ¡Ese vencedor fue Jesús, a quien reconocemos como el Cristo!
Al comenzar el tercer siglo de la era cristiana, gran parte del imperio ya empezaba a iluminarse con el resplandor de la santa cruz. En la Galia romana, un heraldo pregonaba esos primeros fulgores para que el imperio no experimentara el ocaso del verdadero Sol.
En Toulouse, un cultivo
En el siglo iv antes de la Redención, Toulouse quedó bajo dominio celta y por primera vez apareció en los registros históricos.1 Más tarde, en el 128 a. C., Roma se hizo reconocer como soberana también en esta región de la Galia bárbara. A pesar de haber sido conquistada o quizá gracias a sus dominadores, la antigua ciudad gala se mostraba cada vez más espléndida.
El progreso imperial iba edificando la civilización allá donde pasaba: soberbias construcciones e interminables calzadas que asombran a los ingenieros modernos, un código de Derecho irreprochable que aún hoy nos inspira. Sólo les faltaba una cosa… o, mejor dicho, no una cosa, sino un Dios.
Este Dios único no abandonó a la humanidad a su suerte, a fortiori después de haber enviado a su Hijo para rescatarla. Dispuso que se propagara la Buena Nueva, ordenando: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15). En el territorio de Toulouse, el primero en cumplir tal misión sería Saturnino.
Saturnino entra en la historia como un nuevo Melquisedec, de quien las Escrituras sólo dicen que era «sin padre, sin madre, sin genealogía» (Heb 7, 3).
Su nombre —diminutivo de Saturno, uno de los muchos dioses de la Roma pagana— es tan común como banal para aquella época y no nos aporta ningún dato relevante acerca del personaje.
Además, no se sabe con certeza si procedía del imperio o de alguna región de Oriente, ya que hay leyendas que sostienen ambas hipótesis y los relatos que ofrecen información más precisa sobre su vida se refieren a hechos posteriores a su llegada a Toulouse, cuando ya era obispo.
La historia de San Saturnino se ha convertido en objeto de numerosos mitos, que la crónica oficial poco contribuye a esclarecer, pues el Martirologio romano da cuenta de su existencia con lacónicas palabras.
Sólo sabemos con seguridad que fue el primer prelado de Toulouse, donde dejó el recuerdo de un pastor ejemplar.
Al llegar a aquellas tierras, descubrió que eran pocos los fieles a Jesucristo; no obstante, las palabras del Verbo de Dios, transmitidas con celestial elocuencia, encontraron un terreno fértil en sus corazones y enseguida dieron «fruto al ciento por uno» (Lc 8, 8).
Piedras, espinas y abrojos…
¡Saturnino era incansable! Con verdadero celo apostólico, no sólo cuidaba de las ovejas de su reducido rebaño, sino que también se mostraba solícito con los demás miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El santo obispo cruzaba a menudo los Pirineos para evangelizar el territorio ibérico. Se dice que en Pamplona llegó a bautizar —pásmese el lector— ¡cuarenta mil personas!
De regreso a Toulouse, se encontró con dos damas, hijas del rey de Huesca, y, al discernir en ellas una vocación especial, las exhortó a abrazar la fe en Cristo.
Convertidas, ambas lo siguieron hasta su diócesis. En el futuro, esas jóvenes —recordadas por la Iglesia como «Santas Doncellas»— se empeñarían valientemente en recuperar los restos mortales de su obispo tras su martirio.
Con tantas almas salvadas, cabe imaginar el regocijo de los ángeles de las naciones privilegiadas por la presencia de ese insigne pastor. Sin embargo, también se puede entrever el odio de los infiernos ante la disminución de su poder…
Así, pese a las conquistas de la cruz, las almas de los poderosos de la época se iban convirtiendo en un terreno pedregoso, lleno de abrojos y cultivado por el diablo (cf. Lc 8, 12-14). No tardaron mucho en hacerse patentes los frutos de tan pésimo sustrato.
En el año 250 se desató la mayor persecución contra la Iglesia jamás registrada en la Galia. Bajo el mandato del emperador Decio, se publicaron edictos que obligaban a los cristianos, bajo pena de muerte, a hacer acto público de idolatría, rindiendo culto a deidades paganas.
¿Cuál era la razón? El silencio… no de los cristianos, sino de los dioses, al que había que poner fin.
De hecho, el tiempo transcurría y, aunque los sacerdotes paganos imploraban a sus ídolos prodigios, signos y oráculos que los guiaran, la respuesta era siempre la misma: un denso silencio…
Sólo podía haber una explicación para tal mutismo, pues en los últimos años alguien había trastornado la Galia: era aquel varón desconocido, cuya doctrina congregaba multitudes. ¡Saturnino era el culpable!
Con este argumento, las autoridades civiles y religiosas de Toulouse se aliaron para hacer cumplir el edicto imperial y quisieron sofocar las semillas de la fe recién esparcidas en suelo francés, reclamando la vida del sembrador.
¿Incienso o sangre?
Cierto día, unos sacerdotes paganos divisaron al obispo Saturnino caminando en las proximidades del templo de Júpiter. Tras haber excitado a la muchedumbre, quisieron obligarlo a sacrificar públicamente a los dioses.
El santo se opuso con audacia a la infame propuesta:
«Yo adoro a un solo Dios y sólo a Él ofreceré sacrificio de alabanza. Vuestros dioses son malos y se complacen más en el sacrificio de vuestras almas que en el de vuestros toros. ¿Cómo voy a temerlos, puesto que vosotros mismos reconocéis que tiemblan ante un cristiano?»
. Tal fue la energía de su respuesta que la turba no quiso recurrir al procedimiento ordinario de condena y, considerando suficiente la aprobación tácita de los magistrados romanos, se apoderó del insubordinado obispo.
Lo ataron a un toro que estaba a punto de ser inmolado y azuzaron al animal, que echó a correr desbocado por las calles, arrastrándolo hasta despedazarlo.
Sin pretenderlo, el motín popular regó con ese holocausto toda la siembra que el obispo había iniciado, y su martirio hizo brotar en aquella región una fe que más tarde daría abundantes frutos.
¡El recuerdo del justo será perpetuo!
Quizá la Roma pagana sea recordada por su pasado; la Iglesia Católica Apostólica Romana, por el contrario, jamás será olvidada, pues tiene un porvenir triunfal. Con héroes de piedra, el antiguo imperio materializó su prestigio; con santos y mártires, la siempre reinante Esposa de Cristo inmortalizó su gloria.
Saturnino, por haber mantenido la integridad de su vida hasta afrontar una cruelísima muerte, fue inscrito en el catálogo de la Santa Iglesia, y junto con esta ilustre madre, dominó durante siglos los corazones de quienes ni siquiera concebían someterse a nadie.
Así, aquel que por su nombre era pequeño se hizo grande por su ejemplo, el cual será seguido por siempre.
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