El divino Artífice creó el cielo y la tierra como expresión de su infinita bondad. De sus manos, las criaturas procedieron ordenadamente, con «peso, número y medida» (Sab 11, 20). En la cúspide del universo, hizo al hombre a su imagen y semejanza, cuyo espejo perfectísimo es el Verbo encarnado, enviado al mundo por puro amor (cf. Jn 3, 16).
El envío del Hijo tiene un propósito manifiesto, según sus propias palabras: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). En efecto, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). En este mismo sentido, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:
«Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación»
(CCE 851). Fuera de la verdad, no hay salvación.
Al elevarse a los Cielos, el Redentor confió a los Apóstoles la misión de participar en esa irradiación de la verdad: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Por eso, la Iglesia se extiende por todos los rincones del orbe en virtud de su propia catolicidad; católico significa universal.
De este modo, la Iglesia es también intrínsecamente misionera, en el sentido más radical del término: missio significa envío. ¿Y para qué es enviada? Responde asimismo el Catecismo: «El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor» (CCE 850). La misión participa, por tanto, de las propias relaciones trinitarias: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21).
En la Ascensión, Jesús prometió, además, estar con nosotros hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 20). El Espíritu Santo continúa siendo enviado a toda la tierra y el Evangelio sigue proclamándose «a toda criatura» (Mc 16, 15), para que todas las cosas sean recapituladas en Cristo (cf. Ef 1, 10).
Esto significa que la evangelización, cuyo objetivo último consiste en reconducir a la humanidad al Padre, se orienta hacia todas las realidades. Todo procede del amor mutuo de las personas de la Trinidad —exitus— y a ese origen debe regresar —reditus—. Por ello, el apostolado ha de salir efectivamente al encuentro de los pueblos no sólo mediante la predicación —esencial, sin duda, pues «la fe nace del mensaje que se escucha» (Rom 10, 17)—, sino también con la constitución de una auténtica civilización católica, con el fin de impregnar a toda criatura con la preciosísima sangre de Cristo.
Mientras las ciudades terrenales no codician más que el dominio —«dominandi libido» (San Agustín, La ciudad de Dios, prefacio)—, la Iglesia, en camino hacia la Patria, aspira a reflejar cada vez más a la Iglesia triunfante. Es inmaculada y purísima (cf. Ef 5, 27), como la Virgen María, pero aún debe combatir aquí —es militante por naturaleza—, y su victoria plena no se consumará hasta el Juicio final.
Por el momento, la Iglesia no escatima esfuerzos en surcar los mares, adentrarse en los bosques y cruzar los cielos para reconducir a Cristo absolutamente todo: no sólo las personas, sino también la vida social, las artes, los ambientes, las costumbres… todo. Nada queda al margen, pues «de Él, por Él y para Él existe todo» (Rom 11, 36).
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 278. Septiembre 2026
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 277. Agosto 2026
¿Quiénes son los Heraldos del Evangelio?
Auxilio de los cristianos
Villancicos