Cuando el Cirineo cogió la cruz, un diálogo mudo se estableció entre él y el Hombre Dios, que parecía decirle:
Hijo mío, estoy sufriendo por ti. Me ves en el auge del abandono y de la desgracia, tras haber alcanzado el último punto del desprecio humano.
Pero mírame: una misteriosa grandeza, una enigmática y cautivadora bondad tocan en tu alma como hace un buen médico al aplicar un ungüento sobre una llaga. ¿No percibes un horizonte nuevo que se abre ante ti?.
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