Misión perpetuada a lo largo de los siglos
La grande y santísima misión confiada a sus discípulos por Nuestro Señor Jesucristo, al tiempo de su partida hacia el Padre, por aquellas palabras: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones», no había de limitarse ciertamente a la vida de los apóstoles, sino que se debía perpetuar en sus sucesores hasta el fin de los tiempos, mientras hubiera en la tierra hombres a quienes liberar por medio de la verdad. […]
Jamás la Iglesia, fiel al mandato divino, ha dejado de enviar a todas partes mensajeros de la doctrina revelada por Dios y dispensadores de la salvación eterna, alcanzada por Cristo para el género humano.
Benedicto XV. Maximum illud, 30/11/1919.
Frutos que perduran
La primera evangelización se ocupó especialmente de la región del mar Mediterráneo. A lo largo del primer milenio los misioneros, partiendo de Roma y Constantinopla, llevaron el cristianismo al interior del continente europeo. Al mismo tiempo se dirigieron hacia el corazón de Asia, hasta la India y China.
El final del siglo xv, junto con el descubrimiento de América, marcó el comienzo de la evangelización en este gran continente, en el sur y en el norte. Contemporáneamente, mientras las costas subsaharianas de África acogían la luz de Cristo, San Francisco Javier, patrón de las misiones, llegó hasta el Japón.
A caballo de los siglos xviii y xix, un laico, Andrés Kim, llevó el cristianismo a Corea; en aquella época el anuncio evangélico alcanzó la península de Indochina, como también Australia y las islas del Pacífico. El siglo xix registró una gran actividad misionera entre los pueblos de África. Todas estas obras han dado frutos que perduran hasta hoy.
San Juan Pablo II. Tertio millennio adveniente, 10/11/1994.
Verdadera madre de todos los pueblos y naciones
La Iglesia es madre, Sancta Mater Ecclesia, una verdadera madre, madre de todas las naciones y de todos los pueblos, no menos que de todos y cada uno de los hombres; y precisamente porque es madre, no pertenece ni puede pertenecer exclusivamente a éste o a aquel pueblo, ni tampoco más a un pueblo y menos a otro, sino a todos por igual.
Es madre y, por tanto, no es ni puede ser extranjera en ningún lugar; vive, o al menos por su propia naturaleza debe vivir, en todos los pueblos. Además, mientras la madre forma con su esposo y sus hijos una familia, la Iglesia, en virtud de una unión incomparablemente más estrecha, constituye, más y mejor que una familia, el Cuerpo Místico de Cristo.
Pío XII. Discurso, 24/12/1945.
La Iglesia es verdaderamente católica
Nadie es extraño a su corazón. Nadie es indiferente a su ministerio. Nadie es enemigo, a no ser que él mismo quiera serlo. No sin razón se llama católica, no sin razón tiene el encargo de promover en el mundo la unidad, el amor y la paz.
La Iglesia no ignora las formidables dimensiones de tal misión; conoce la desproporción que señalan las estadísticas entre lo que ella es y la población de la tierra; conoce los límites de sus fuerzas, conoce hasta sus propias humanas debilidades, sus propios fallos; sabe también que la buena acogida del Evangelio no depende, en fin de cuentas, de algún esfuerzo apostólico suyo o de alguna favorable circunstancia de orden temporal: la fe es un don de Dios y Dios señala en el mundo las líneas y las horas de su salvación.
Pero la Iglesia sabe que es semilla, que es fermento, que es sal y luz del mundo. La Iglesia se da cuenta de la asombrosa novedad del tiempo moderno, pero con cándida confianza se asoma a los caminos de la historia y dice a los hombres: «Yo tengo lo que vosotros buscáis, lo que os falta». Con esto no promete la felicidad terrena, sino que ofrece algo —su luz y su gracia— para conseguirla del mejor modo posible y habla a los hombres de su destino trascendente. Y mientras tanto les habla de verdad, de justicia, de libertad, de progreso, de concordia, de paz, de civilización. Estas son palabras de las que la Iglesia conoce el secreto; Cristo se lo ha confiado.
San Pablo VI. Ecclesiam suam, 6/8/1964.
La Iglesia no reprime, sino que santifica las costumbres particulares
La Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días, ha seguido siempre la prudentísima norma de que, al abrazar los pueblos el Evangelio, no se destruya ni extinga nada de lo bueno, honesto y hermoso que, según su propia índole y genio, cada uno de ellos posee. Pues cuando la Iglesia llama a los pueblos a una condición humana más elevada y a una vida más culta, bajo los auspicios de la religión cristiana, no sigue el ejemplo de los que sin norma ni método cortan la selva frondosa, abaten y destruyen, sino más bien imita a los que injertan en los árboles silvestres la buena rama, a fin de que algún día broten y maduren en ellos frutos más dulces y exquisitos. […]
Por lo cual, la Iglesia católica ni despreció las doctrinas de los paganos ni las rechazó, sino que más bien las libró de todo error e impureza, y las consumó y perfeccionó con la sabiduría cristiana. De la misma manera acogió benignamente sus artes y disciplinas liberales, que habían alcanzado en algunas partes tan alto grado de perfección; las cultivó con diligencia y las elevó a una extrema belleza a la que antes tal vez nunca habían llegado. Tampoco suprimió completamente las costumbres típicas de los pueblos y sus instituciones tradicionales, sino que en cierto sentido las santificó; y los mismos días de fiesta, cambiando el modo y la forma, hizo que sirviesen para celebrar los aniversarios de los mártires y los misterios sagrados.
Pío XII. Evangelii præcones, 2/6/1951.
¿Cómo favorecer el progreso de un pueblo?
El desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. […] La Iglesia educa las conciencias revelando a los pueblos al Dios que buscan, pero que no conocen; la grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por Él; la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios; el dominio sobre la naturaleza creada y puesta al servicio del hombre; el deber de trabajar para el desarrollo del hombre entero y de todos los hombres.
Con el mensaje evangélico la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión del corazón y de la mentalidad.
San Juan Pablo II. Redemptoris missio, 7/12/1990.
Que el mundo reconozca en Cristo la luz que salva
Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza. María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
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