Nos encontramos en plena selva sudamericana del siglo xvii. Por entre el espeso matorral podemos oír un frenético estruendo de voces que cantan, trompetas estridentes y roncos tambores. Se desarrolla la más habitual de las escenas: un prisionero, capturado en combate y ahora rodeado de guaraníes en fiesta, espera el golpe definitivo.
Un destino similar les aguarda, inevitablemente, a quienes caen en poder de los guaraníes. Una vez capturado, el hombre es engordado y, a continuación, sacrificado. Su carne saciará a todos, desde los ancianos hasta los niños. Sus tibias se convertirán en trompetas. Su cráneo servirá de copa.
He aquí las costumbres guaraníes en el Paraguay del siglo xvii.
* * *
Sin abandonar el lugar, avancemos hasta el siglo xviii. Han transcurrido cerca de cien años y todo ha cambiado.
Se alza una auténtica ciudad guaraní. Calles amplias y pavimentadas conectan extensos campos de cultivo con grandes y sólidos edificios de piedra. Entremos en uno de ellos: la iglesia.
Allí se celebra la santa misa. Resuena la música religiosa. Un numeroso coro de voces mixtas cuenta con el acompañamiento de una orquesta completa: órgano de tubos, arpas, trompetas, trombones, flautas, clarinetes y fagotes. Los cálices, los paramentos y el propio templo salieron de las manos ya bautizadas de los guaraníes.
He aquí la vida de una reducción jesuítica en el Paraguay del siglo xviii.1
Las reducciones
La historia de las reducciones — nombre que proviene de la expresión latina reductio ad unum, empleada para designar la reunión de indígenas en un solo lugar— comenzó en 1587, cuando Mons. Francisco de Victoria, OP, obispo portugués de Tucumán —región que abarcaba el actual Paraguay y parte de Argentina—, solicitó ayuda a los misioneros jesuitas de Brasil. Necesitaba asistencia en su diócesis, donde la lengua más extendida, el guaraní, presentaba similitudes con el tupí hablado en tierras brasileñas.
La petición fue aceptada y no se escatimaron esfuerzos. Cada día se visitaba a los enfermos, se celebraba misa y se pronunciaba el sermón. Como fruto de este apostolado, desarrollado siempre en torno al altar, el número de indígenas bautizados alcanzaba una media de trescientos al día.
Pero no bastaba con predicar. ¿No había enseñado el divino Maestro que la semilla de la palabra sólo crece en terreno propicio (cf. Mt 13, 18-23)? Pues bien, los misioneros decidieron civilizar evangelizando y evangelizar civilizando. Para ello, crearon las mencionadas reducciones. Estas comunidades, supervisadas por sacerdotes jesuitas —por lo general, no más de dos—, se regían por leyes políticas y religiosas, lo que permitía a sus habitantes abandonar su anterior vida errante de seminómadas. En cada asentamiento se congregaban, por término medio, tres mil quinientas personas; algunos llegaban a albergar hasta seis mil.
La primera experiencia de este tipo, la reducción de San Ignacio Guazú, se estableció a veinticinco leguas de Asunción en 1609. Ese mismo año, a ciento sesenta leguas al este de dicha capital, nació la reducción de Nuestra Señora de Loreto. Y el número de nuevas sociedades crecía con extraordinaria rapidez.
La ciudad de Dios
El centro jerárquico de cada reducción era la iglesia. Allí latía el corazón de la comunidad. Se oficiaba la concurrida misa diaria, se impartía la catequesis, se atendían numerosas confesiones, se celebraban matrimonios. De allí también brotaba todo el florecimiento espiritual. Los vicios, antes tan arraigados, quedaban pisoteados por la vida virtuosa, la ascesis y la oración.
Junto al templo se alzaban el hospital, el cementerio y las dependencias administrativas, como el cabildo y el colegio. Las avenidas principales gozaban de sombra permanente gracias a las galerías cubiertas que las recorrían. Las construcciones se levantaban, por lo general, con gruesos muros de mampostería de más de un metro de espesor, y la estructura de los techos contaba con enormes vigas. De este modo, el interior se mantenía fresco y los edificios conservaban su solidez a lo largo del tiempo.
Escuelas para toda edad y condición
Los hijos de San Ignacio instituyeron en las reducciones un consejo legislativo, formado por los propios guaraníes. Cada comunidad se convertía así en una pequeña república autónoma, a semejanza de las antiguas y célebres polis griegas.
Existía igualmente un cuerpo de caballería y un escuadrón de infantería que utilizaban tanto las armas tradicionales de los indígenas —macana, arco y honda— como la espada y el fusil.
La agricultura pasó a sustentar a los guaraníes, que hasta entonces dependían de la caza y de la pesca. En cada ciudad había unas siete grandes huertas y vergeles, donde abundaban las frutas, hortalizas y plantas medicinales.
También se desarrolló la industria. Utilizando modernos hornos para cocer ladrillos y fraguas, los guaraníes construyeron molinos, aserraderos y curtidurías, así como ingenios azucareros y almazaras, e incluso talleres de relojería.
Las artes florecieron. La primera imprenta tipográfica de la región del Río de la Plata, por ejemplo, nació en una reducción. Esculturas, pinturas, alfombras, instrumentos musicales, objetos litúrgicos —con sus encajes, joyas y metales preciosos—, todo era elaborado por los autóctonos según el más refinado gusto del Viejo Continente.
Entre los dones que los nuevos bautizados manifestaron con mayor brillo se encontraba la música. Las piezas francesas, alemanas e italianas se interpretaban con tal propiedad que bastaba con ocultar a los instrumentistas para que el público creyera estar escuchando orquestas procedentes del otro lado del Atlántico.
Ataques y defensa
Así, con el paso de las décadas, los misioneros fundaron numerosos focos de civilización que, en el siglo xviii, llegarían a extenderse a lo largo de seiscientos cincuenta kilómetros de norte a sur y cerca de seiscientos kilómetros de este a oeste, en lo que hoy son Paraguay, Uruguay, el noreste de Argentina, el sur de Brasil y Bolivia.
Como era de esperar, la envidia surgió en ese contexto de prosperidad. Algunas reducciones fueron desmanteladas por quienes más deberían haberse interesado por ellas: los obispos y los gobernadores civiles. Otras sucumbieron a los bandeirantes. Un odio inhumano los llevaba a destruir las construcciones y exterminar a los guaraníes que las habitaban, «robando y despojando las iglesias, y atando indios, matando y despedazando niños».2 Tal fue la magnitud de la matanza y de la esclavización que, hacia 1630, el número de indígenas cautivos superaba los trescientos mil.3
Pero los aborígenes, pese a haber abrazado la fe, no habían perdido su beligerancia. En 1641, a orillas del río Uruguay, se libró la batalla de Mbororé. Ochocientos bandeirantes, armados con fusiles, aliados con seis mil indios tupíes, fueron derrotados por cuatro mil guaraníes, armados únicamente con trescientos fusiles, flechas, lanzas y hondas. Y por la guerra se hizo la paz… durante cierto tiempo.
Después de 1750, cuando las reducciones se hallaban en su apogeo, las coronas española y portuguesa, bajo pretextos territoriales o económicos, expulsaron a los jesuitas de toda la llamada «República Guaraní».
Muy pronto, la pujanza de las reducciones, a cargo de gobernadores civiles, se convirtió en un mero recuerdo. Poco después fueron abandonadas. Por último, destruidas. Hoy sólo quedan ruinas.
Los sueños de un pueblo hechos realidad
Antes de la llegada de la fe católica a América del Sur, los guaraníes vivían de una esperanza. Descendían por valles, cruzaban ríos, se abrían paso por selvas y escalaban montañas, «urgidos por una fiebre interior que les hacía olvidar el cansancio y el hambre».4 Era el sueño de encontrar lo que llamaban Yvy Mará He’y: la «tierra sin mal», morada de los hombres-dioses, de la inmortalidad y de la felicidad sin fin.
Durante siglos, ésa había sido la peregrinación de los nómadas. Un día, unos sacerdotes, llegados de un mundo lejano, les trajeron el bautismo —que los convirtió en hijos de Dios, «hombres-dioses» inmortales y dignos de la morada eterna— y los llevaron a construir una sociedad despojada de primitivismo, donde el mal y el pecado no tenían cabida, pues prevalecían la virtud y la búsqueda de la santidad: una verdadera «tierra sin mal».
Notas:
Revista Heraldos del Evangelio. Año XXIV. N.º 279. Octubre 2026
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