La toma de Granada, en enero de 1492, fue el último acto de la Reconquista española. Tras ocho siglos de guerra, parecería que había llegado el momento de descansar.1

Parecería… si un navegante genovés, en ese mismo mes de enero, no se hubiera presentado ante la corte de los Reyes Católicos, Fernando II e Isabel, para proponer un audaz plan: navegar hasta la India por una nueva y potencialmente lucrativa ruta. Su nombre era Cristóbal Colón.

Al principio, su propuesta fue rechazada. Más tarde, tras una respetuosa discusión, los soberanos se interesaron por la empresa. El único obstáculo consistía en que, al término de una guerra tan larga, no quedaba suficiente oro para costear un viaje de semejante envergadura. Sin embargo, Luis de Santángel, tesorero real, intervino y convenció a los monarcas para que adelantaran los fondos necesarios. Era un riesgo, ¡y de los grandes!

Los reyes aprobaron los planes de Colón y le concedieron todo cuanto podían para que emprendiera el viaje… salvo quienes habrían de acompañarlo. El navegante tuvo que reclutar marineros de entre los presos, prometiéndoles que, por favor regio, recobrarían la libertad. Si regresaban con vida, claro… Varios reclusos aceptaron la propuesta. No eran precisamente la flor y nata de la sociedad; pero ¿quién más querría embarcarse en una misión tan arriesgada?

Una vez reunidos el comandante, los barcos y la tripulación, todo estaba listo.

La aventura comenzaba…

El inmenso desconocido

Colón estaba a punto de acometer la empresa más importante de su vida y de protagonizar una de las mayores epopeyas de la historia. Una aventura por el caprichoso mar, rumbo al misterio, a través de una ruta ni siquiera surcada por la vana imaginación humana.

¿Llegaría a la tan esperada India? Nadie lo sabía. No obstante, las posibles consecuencias eran evidentes: la muerte en medio de lo desconocido, la vergüenza ante sus contemporáneos o una gloria que atravesaría los siglos.

El 3 de agosto de 1492, el comandante dio la orden de hacerse a la mar. La Santa María, la Pinta y la Niña, las tres garbosas naves, impulsadas por la fresca brisa matutina, desplegaron una a una las velas, en las que la cruz triunfante abría sus brazos caritativos. Sin duda, era un día grandioso en la vida de Colón.

Zarparon. A medida que el puerto quedaba atrás, todo se convertía en agua. Soplaba el mejor de los vientos, y los tres barcos parecían cisnes de roble navegando con elegancia por las hasta entonces tranquilas corrientes del Atlántico. A bordo reinaban una profunda calma y una inmensa esperanza.

En los primeros días, Colón comenzó a pensar en la magnitud de su conquista, en lo que conseguiría si salía victorioso y en lo que jamás tendría si resultaba derrotado por el insidioso enemigo al que llaman mar. Sabía que en aquel momento podía estar haciéndose realidad todo cuanto anhelaba… y también cuanto temía.

Esperaba que la Providencia no lo defraudara. Confiaba además en la veracidad de los relatos acerca de Oriente, es decir, en las descripciones del explorador veneciano Marco Polo y en las fantásticas narraciones de Juan de Mandeville.

La tragedia llama a la puerta

Unos días después, Colón recibió la noticia de que el timón de la Pinta se había roto y que su reparación se prolongaría. Se vio entonces en la necesidad —concluyen algunos historiadores— de hacer escala en las islas Canarias. Es cierto que quiso buscar otra carabela para sustituir la dañada, pero, al no encontrar ninguna, tuvo que conformarse con la pequeña embarcación y con el tiempo que llevaría repararla. Su ardiente deseo de llegar a la India habría de someterse a un mes de espera en tierra. Tras ese retraso, zarparon de nuevo rumbo al oeste, pese al viento desfavorable.

Muchos marineros sentían el corazón oprimido, pues se enfrentaban a una situación sin precedentes: ignoraban por completo dónde se hallaban y cuánto tardarían en avistar tierra.

Fue entonces cuando Colón intentó aliviar la tensión con promesas basadas en estimaciones: hablaba de las distancias que, según él, aún faltaban por recorrer para alcanzar el destino. Pero los devaneos no sacian a nadie: «Mientras recorrían millas y más millas y transcurrían días y más días sobre el mar interminable, la obsesión por vislumbrar la tierra de promisión se hacía cada vez más impetuosa».2

Por eso, cualquier indicio de la proximidad de tierra firme —aves, vegetación flotando en el agua— provocaba una auténtica oleada de entusiasmo… que pronto se disipaba. Vagaban por un infinito desierto de agua.

Cuando las provisiones y la certeza se fueron agotando, la revuelta se volvió inevitable. La tripulación, compuesta por exprisioneros, carecía de la disciplina exigida en tales circunstancias…

Colón tuvo que actuar con firmeza contra la sublevación que se estaba gestando. Reunió a los marineros y les recordó todos los beneficios que recibirían al arribar a su destino. Intentó además convencerlos de que estaban ya muy cerca, aunque, en la práctica, sólo se encontraban a medio camino. Para mitigar el conflicto, amenazó incluso con tomar medidas severas contra los amotinados.

¿Qué más cabía esperar?

Los nervios de Colón no estaban menos tensos que los del resto de la tripulación. La larga espera era desalentadora, y las dudas no dejaban de aflorar en su espíritu.

¿Encontrarían realmente tierra? ¿Y si la «tierra prometida» no fuera más que un mito? Y si todo no fuera más que un engaño, ¿qué hacer con toda aquella gente? ¿Cómo regresar si estuvieran demasiado lejos del puerto? Y con el agua y las provisiones cada vez más escasas, ¿cómo evitar un final trágico?

Amargado por tales pensamientos, el 25 de septiembre Colón llamó a Alonso Pinzón, comandante de la carabela Pinta, y le preguntó si, a juzgar por el mapa, no deberían haber divisado tierra ya. Pinzón asintió… Aun así, ninguno de los dos se atrevió a comentar el asunto. La situación era, sin duda, muy grave.

La única salvación era un milagro.

¡¿Tierra a la vista?!

Al atardecer de aquel mismo día de septiembre, desde la popa, Pinzón gritó que había avistado tierra. Al oír la noticia, muchos subieron a los mástiles para divisarla mejor. Otros gritaban y reían de alegría. Algunos caían de rodillas y rezaban a Dios en acción de gracias.

El almirante dio órdenes de navegar en la dirección indicada por Pinzón. Tras recorrer más de quince leguas, descubrieron que, en realidad, habían sido engañados por un espejismo.

El desánimo terminó apoderándose de los navegantes. Continuaron el viaje, sí, pero fueron perdiendo una a una las esperanzas de encontrar algún mísero pedazo de tierra. Colón, a pesar de todo, se mantenía firme y confiado.

Poco después, en medio del desaliento general ante la muerte inminente, resonó un cañonazo ensordecedor que los sacó de su letargo interior: una nueva señal de que habían avistado tierra. Izaron la bandera y volvieron a movilizarse como la vez anterior, en busca de aquello que tanto anhelaban.

Nueva frustración…

Victoria inesperada

Fuera como fuese, tal vez no estuvieran tan lejos de un puerto seguro. Día y noche avistaban aves en vuelo, cuya presencia indicaba la proximidad de tierra e infundía así un poco de ánimo a Colón.

La noche del 11 de octubre, después de que la tripulación cantara el Salve Regina, como de costumbre, el explorador genovés reunió a todos y, al dirigirles la palabra, dio gracias a Dios por la protección que habían recibido durante la travesía y por la «India» que con tanta ansia esperaban encontrar. Así pues, quiso pasar la noche en vigilia.

Dos horas antes de la medianoche, un marinero creyó distinguir una forma que se movía en el horizonte. Sin embargo, no se atrevió a decir nada para evitar falsas alarmas. Al amanecer, divisó aquello que tanto había esperado y que confirmó todas sus certezas.

¡Tierra a la vista! ¡La firme y bendita tierra con la que tanto habían soñado! ¡Estaban a salvo! Todos exultaban de alegría, cantando el Te Deum a pleno pulmón.

Así, después de tantos infortunios, un nuevo mundo se abría ante sus ojos: las Américas.

Era el comienzo de una nueva epopeya.

Cuando todo parecía perdido…

El descubrimiento de América es, paradójicamente, muy famoso y, a la vez, muy poco comprendido en sus detalles. La navegación emprendida por Colón no consistió únicamente en cruzar el Atlántico: entrañó también un largo mar de pruebas, incertidumbres y desmentidos, al cabo del cual los aguardaba un triunfo revestido de particular belleza, porque «cuando la victoria esperada llega, es muy hermoso —comentaba el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira—, pero cuando la victoria inesperada llega, es más hermoso todavía».3

He aquí la admirable aventura de los descubridores de América. A pesar de los reveses e incluso de las sublevaciones, supieron perseverar día tras día, vislumbrando más allá de cada ola la tierra anhelada. Cuando la muerte, armada con sed, hambre y peste, los cercaba, «cuando todo parecía perdido, surgió la victoria como un géiser».4

He aquí la historia de aquellos que se lanzan a lo desconocido en busca de un ideal. Pues ése es el modo divino de escribir las gestas que, como la de Colón, alteran la faz de la tierra: cuanto mayor es el océano que hay que atravesar, mayores tienden a ser las tempestades; y cuanto mayor es la esperanza que el héroe alimenta, mayor es también el esplendor del encuentro final. 

Notas:


1 La información histórica contenida en este artículo ha sido tomada de las siguientes obras: Azcona, OFMCap, Tarsicio de. ­Isabel la Católica. Estudio crítico de su vida y su reinado. Madrid: BAC, 1964; Baker, Nina Brown. Cristóvão Colombo. Porto: Civilização, 1962; ­Irving, ­Washington. Crónica de la conquista de Granada. Granada: Miguel Sánchez, 1987; Madariaga, Salvador de. Cristó­vão ­Colombo. Rio de Janeiro: Vecchi, 1944; Schneider, Otto. Cristóvão ­Colombo. São Paulo: Melhoramentos, [s. d.]; ­Walsh, William ­Thomas. Isabel la Cruzada. 4.ª ed. ­Madrid: ­Espasa-Calpe, 1963.
2 Schneider, op. cit., p. 59.
3 Corrêa de Oliveira, Plinio. Charla. São Paulo, 10/8/1991.
4 Ibid.