Hay que ser muy ignorante para negar, incluso desde un punto de vista meramente práctico, el poder del arte. Fue el auxiliar más seguro de la mística y de la liturgia durante la Edad Media; fue el hijo amado de la Iglesia, su intérprete, aquel a quien ella encomendaba expresar sus pensamientos y exponerlos a las masas en libros, en pórticos de catedrales, en retablos.

Era el que comentaba los Evangelios y enardecía a las multitudes; el que las arrastraba, riendo en gozosas oraciones a los pies de los belenes, o bien las sacudía con sollozos ante los grupos llorosos de los calvarios; el que las hacía arrodillarse, trémulas, cuando, en maravillosas pascuas, Jesús resucitado sonreía, apoyado en su azada, a María Magdalena, o bien las levantaba, jadeantes, clamando de alegría, cuando, en extraordinarias ascensiones, Cristo, subiendo a un Cielo de oro, alzaba su mano traspasada, de la que manaban rubíes, para bendecirlas.

¡Qué lejos queda todo eso! ¡Ay, en qué estado de abandono y de anemia se encuentra la Iglesia, desde que se desinteresó del arte y el arte se apartó de ella! Ha perdido su mejor medio de propaganda, su más seguro instrumento de defensa.

Parecería, pues, que ahora que se ve asediada y hace agua por todas partes, debería suplicar al Señor que le envíe artistas cuyas obras ciertamente conseguirían más conversiones y le atraerían más partidarios que esas vanas cantinelas que sus sacerdotes […] vierten sobre las cabezas resignadas de los fieles desde lo alto de los púlpitos.

Huysmans, Joris-Karl. L’oblat. Paris: P.-V. Stock, 1903, pp. 349-350.