Los franceses comentan, con cierto humor, que la salud es un estado precario que siempre acaba mal… Sin embargo, esta máxima suele aplicarse de manera atenuada a quienes depositan su confianza en la intercesión de Dña. Lucilia.

De hecho, ella no sería en verdad maternal si se abstuviera —en todos los ámbitos, incluso en lo referente al bienestar físico— de satisfacer las necesidades de los que le piden su ayuda.

Por ello, se puede afirmar que, además de madre, es «médica», pues atiende con desvelo realmente incansable a sus hijos espirituales.

Breve nota de agradecimiento

Basta confiarle nuestras preocupaciones mediante una sencilla oración, para ser atendidos. Así lo atestigua Carolina Gomes Nascimento, de Vale de Nogueiras, Vila Real (Portugal):

«Vengo a agradecer una gracia que recibí a través de Dña. Lucilia. Mi sobrina tuvo un problema pulmonar bastante grave. Le pedí a Dña. Lucilia que rogara a Dios y al Sagrado Corazón de Jesús por ella. ¡Y me fue concedida esa gracia! Os agradecería mucho que publicarais esta gracia. Soy suscriptora de la revista desde hace muchos años y me siento más reconfortada cuando leo vuestra revista».

Durante el embarazo, un extraño malestar

Para Michelle Cavalheiro, residente en Mairiporã (Brasil), la eficaz ayuda de Dña. Lucilia llegó en medio de una inusual molestia que surgió durante el embarazo de su cuarto hijo, João —el cual, por cierto, ella misma había pedido y obtenido gracias a la intercesión de esta bondadosa señora—.

Hacia el sexto mes de embarazo, Michelle gozaba de buena salud, los resultados de sus análisis eran excelentes y el desarrollo del bebé era completamente normal.

No obstante, un sábado por la mañana se despertó con un fuerte dolor de cabeza, que se irradiaba hacia el cuello, y una sensación de malestar bastante extraño. Estas son sus palabras:

«Lo tomé como una simple molestia. Hablé con mi esposo y con los niños sobre ir andando hasta el centro comercial cerca de donde vivíamos, en Cajamar, para ver si me sentiría un poco mejor, porque a veces un ejercicio así le da a una más energía. Pero cuando llegamos al centro comercial me di cuenta de que la cosa estaba empeorando…».

Michelle se sentía que iba a desfallecer y temía desmayarse en cualquier momento. Por ello, dejó a su esposo y a los niños en la zona de juegos y se dirigió a la enfermería del centro comercial en busca de ayuda.

La enfermera de guardia le tomó la tensión y constató que estaba muy alta. Alarmada, insistió en que Michelle subiera inmediatamente a una ambulancia para ir al hospital.

Pero como necesitaba recoger algunas cosas en casa, decidió volver en coche hasta allí y sólo entonces acudir a urgencias.

En el hospital confirmaron que su presión arterial estaba muy elevada, pero no lograron identificar la causa. Estabilizaron su estado con medicación y Michelle pudo hablar con el médico para conocer su opinión al respecto. Éste no disponía de datos suficientes, pero creía que se trataba de un posible inicio de infarto.

Inexplicable mejoría

Tras recibir la medicación adecuada, Michelle pasó bien el resto del día y regresó a casa. El domingo también fue muy tranquilo, pero el lunes reapareció el malestar, lo que la obligó a solicitar ayuda en un centro de atención primaria cercano a su domicilio.

Los análisis de sangre revelaron alteraciones preocupantes, por lo que Michelle fue derivada a la maternidad de Santana de Parnaíba. Continúa el relato:

«Le pedí a mi esposo que se llevara a los niños a casa para cuidar de ellos y así, si fuera necesario, volviera al hospital. Mientras estaba sola esperando la ambulancia, me quedé muy angustiada, y me sentía muy mal por todo lo que estaba pasando.

Entonces me acordé de Dña. Lucilia y le dije: “Usted es madre y entiende lo que está ocurriendo: tengo miedo a dejar a los niños sin el apoyo que necesitan. Vea mi preocupación por ellos y por mí misma, cuide de mi salud…”.

»Empecé a rezarle a Dña. Lucilia, pidiéndole una y otra vez, suplicándole que me ayudara. Durante el trayecto en ambulancia hasta llegar a la maternidad de Santana de Parnaíba, fui rezando el rosario y pidiéndole una y otra vez su intercesión».

Siguiendo los protocolos del hospital, Michelle tuvo que esperar un tiempo para ser atendida. Finalmente, cuando fue examinada, la doctora no encontró rastro del malestar que la había aquejado.

Asombrada, le comentó a su paciente: «¡Es inexplicable lo que le ha pasado! Todo está en orden… Su salud está bien; todo está controlado: la tensión, el corazón… El bebé también está muy bien… ¡No sé cómo explicarlo!».

Pero para Michelle todo estaba claro: «En ese momento pensé: “¡Claro que se puede explicar! ¡Nuestra Señora y Dña. Lucilia me han ayudado!”».

El resto del embarazo transcurrió sin complicaciones y João nació en excelentes condiciones.

Una prueba de fe

Para confirmar una vez más que el auxilio de Dña. Lucilia nunca falla, Michelle nos cuenta otra gracia obtenida por su intercesión:

«Un caso más reciente fue el de una operación a la que me sometí para recolocar el intestino, ya que padecía una diástasis muy profunda y tenía varias hernias; la única solución era esa operación».

El camino para conseguir dicha intervención fue arduo, pero, gracias a la ayuda de Dña. Lucilia, la operación pudo realizarse. Sin embargo, durante la recuperación, Michelle tuvo un problema con la cicatrización de la incisión y una zona del abdomen empezó a necrosarse. La médica que la trataba se mostró muy preocupada y le recetó varios medicamentos y apósitos. Michelle explica:

«Esa noche me sentí muy desconcertada, decepcionada y triste por la situación. Le pedí ayuda a Dña. Lucilia, diciendo: “¡Mañana esta herida estará bien, porque Dña. Lucilia me va a ayudar!”. Fue una afirmación muy firme, llena de convicción: “¡Estoy segura de que mañana mi piel estará sana! ¡Doña Lucilia no permitirá que se necrose!”. Me hice la cura y me fui a dormir. Pero al día siguiente ya estaba un poco preocupada; la seguridad del día anterior, aquella fe, se había tambaleado… “¿Estará bien ahora?”».

Una vez más, Michelle comprobó que su oración no había sido en vano:

«Cuando me quité el apósito, ¡la herida estaba limpia! ¡Ya se había formado una costra sana! Para mí, ésta es una de las mayores pruebas de la intercesión de Dña. Lucilia en mi vida: ¡qué rápida es para interceder y cómo no deja nunca de atender a sus hijos espirituales!».

Complicaciones y dramas en el hospital

Consolar a los que sufren, aliviar sus dolores y ampararlos en sus necesidades son cometidos que Dña. Lucilia sabe desempeñar a la perfección.

Desde Lauro de Freitas (Brasil), Edilene Oliveira Soares nos envió un conmovedor relato de la intervención de Dña. Lucilia en su vida, poco después de una dura prueba.

Su esposo había sufrido una perforación intestinal durante un procedimiento médico, lo que desencadenó una terrible sucesión de padecimientos y contrariedades a lo largo de sesenta días de hospitalización.

Para Edilene, fueron momentos muy difíciles, en los que recibió el apoyo y el consuelo de su hermana, Juliana, muy devota de Dña. Lucilia. Por medio de ella, Edilene conoció a Dña. Lucilia y la tomó como intercesora en el caso de su esposo. Estas son sus palabras:

«Un día que llamé a mi hermana, me habló de Dña. Lucilia. Ni siquiera sabía que existía, la verdad. Mi hermana me contó que había encendido una vela pidiéndole a Dña. Lucilia que se hiciera cargo de todo, curara a mi marido y cuidara también de él y de mí».

La situación empeoraba cada vez más y el estado de salud de su marido era desolador. Algunas intervenciones quirúrgicas no tuvieron el éxito esperado y un brote infeccioso muy grave comprometió su recuperación, provocándole un cuadro convulsivo que lo llevó a permanecer ingresado veinte días en la UCI.

Tras su traslado de un hospital a otro, se hicieron necesarios nuevos procedimientos, pero el organismo de su esposo no respondía. Ni siquiera fue posible colocarle una sonda de alimentación. Su marido creía que no resistiría tanto sufrimiento, y Edilene, que lo acompañaba fielmente, se hallaba abatida y exhausta.

He aquí cómo nos cuenta ese drama:

«A pesar de la fe que tengo, en algunos momentos pensé que él no lo soportaría, incluso por su edad. Pero se lo pedí mucho a Dios, a Nuestra Señora de Fátima, y también me acordaba de rezarle a Dña. Lucilia. ¡Merced a tantas gracias y bendiciones, se recuperó lo suficiente para que los médicos decidieran darle el alta!».

«Estoy contigo…»

Durante la primera semana después de que ambos regresaran a casa, Edilene tuvo un sueño muy peculiar:

«Veía a una señora. Lloraba mucho con ella, como si mi esposo hubiera fallecido. Pero ella me consolaba diciéndome que aún no era el momento, pues su hora no había llegado.

A primera vista, creí que aquella señora era mi abuela. Y me asusté, porque no sabía si estaba dormida o despierta… De repente, sentí que alguien me acariciaba la cabeza, las manos y los brazos con mucho cariño.

»Al despertar, miré a mi lado y vi a esa misma señora, de cabellos blancos, un poco parecida a mi abuela. Al verla, le pregunté: “Abuela, ¿eres tú?”.

Ella respondió: “No, no soy tu abuela, pero he estado y estoy contigo en todo momento”. Fue entonces cuando me di cuenta de que se trataba de Dña. Lucilia, ¡precisamente aquella señora de la que mi hermana me había hablado e incluso me había enviado una foto! ¡Era ella!».

Feliz y asombrada de tenerla a su lado, Edilene se incorporó en la cama para verla mejor, pero en ese instante Dña. Lucilia desapareció…

Así concluye su relato:

«Después de esta visión lloré mucho, pues la vi muy claramente a mi lado, acariciándome los brazos y pasando su mano por mi rostro y mi cabeza, bendiciéndome y diciéndome que había estado y estaría conmigo».

No hay mejor remedio para un corazón afligido que el consuelo y el cariño de una madre. Para Edilene, esta experiencia con Dña. Lucilia, tras una larga y dolorosa prueba, fue la señal de que las nubes oscuras finalmente se disipaban y que Dña. Lucilia, desde la eternidad, cuidaría de ella como la más tierna de las madres.

Que estos sencillos testimonios nos ayuden a crecer en confianza y devoción para con Dña. Lucilia, seguros de que también será para nosotros una gran intercesora, una médica y una buenísima madre.