Amanece un alegre día de primavera. El sol difunde sus rayos de manera espléndida sobre las márgenes del lago de Genesaret. Los pájaros embellecen el aire con sus cantos y toda la naturaleza se regocija para conmemorar la más sonriente de las estaciones del año.
Pero algo nunca visto llama nuestra atención: ¡árboles y arbustos de una colina cercana empiezan una inusitada conversación!
Doña Higuera, una anciana planta de 327 años, inicia el diálogo:
—Hermanos míos, tengo el placer de anunciaros que Aarón de los Cedros, vuestro respetable profesor, ha sido llevado a la carpintería de Mateo para ser transformado en una barca de pesca destinada a un hombre llamado Simón.
—Señora —decía Augusto Roble—, con su permiso, quiero aprovechar la oportunidad para revelar el final que ha tenido mi hermano Victoriano Roble: por su nobleza de porte y belleza, se ha convertido en un hermoso armario tallado para uso del sumo sacerdote. ¡Tanto le ha agradado que lo dedica para custodiar los más valiosos objetos de culto del Templo!
—¡Qué felicidad la suya! —exclamó la joven Susana Encina—. Cómo me gustaría...
—Mi pequeña, que sepas que para transformarnos en algo muy bonito y de buena calidad es necesario, ante todo, pasar por largos y crueles sufrimientos, como el de ser cortada en distintas partes y sentirnos agujereadas por una serie de clavos —le dijo la sabia anciana.
—Sí, doña Higuera, ¿pero no es verdad que después de pasar por tantos dolores, arbustos y árboles estaremos preparados para las más altas misiones? Siento un fuerte deseo de servir a un rey... ¡Creo que llegaré a ser un trono!
Los más ancianos reían ante tanta ingenuidad y enseguida volvieron a los asuntos del día a día sin hacerle mucho caso a Susana, que aún era un pequeño tallo.
Los años fueron pasando y ella fue desenvolviéndose; sin embargo, percibió que había crecido menos que sus compañeros. A fin de cuentas, no pertenecía al majestuoso género de los cedros, ni a la pujante familia de los pinos o de los abetos... Era una humilde encina.
Todos sus amigos se habían ido. Con frecuencia veía pasar delante de ella a Augusto Roble que, convertido en un arcón, llevaba en su interior ricos tejidos procedentes de Oriente; o a Aarón de los Cedros, que singlaba altanero el lago de Genesaret en busca de los más disputados peces. Susana, empero, se sentía cada vez más ignorada y preveía que su destino sería el anonimato.
Cierto día, se oyeron ruidos en la colina. Era un leñador que se dirigía hacia Susana: un único y doloroso hachazo le hizo sentirse libre de la tierra, y todas sus esperanzas volvieron a su mente con redoblada fuerza.
Poco después fue entregada a un hombre de apariencia modesta; cuando éste empezó a manipular en la madera, la encina, preparándose para grandes sufrimientos, iba imaginándose cuál sería la grandeza de su destino.
El artesano, no obstante, ejecutó un trabajo muy rápido y sencillo. Sin haber tenido casi tiempo de sentir dolor, Susana se vio transformada... ¡en un palo de escoba!, y fue colocada al fondo de un almacén.

—¡Qué decepción! —se decía para sí la pobre encina, con lágrimas en los ojos.
Al observar a su alrededor, percibió que no estaba sola: con ella había una enorme cantidad de palos que habían sufrido la misma suerte.
Pasaron los días y las semanas, y nadie se interesaba por ella. En la soledad, pensaba: “Si mis amigos me vieran en este estado, se reirían de mí. ¿No habría sido mejor haber muerto de vieja en la colina? Cuántos sueños perdidos... Ahora enmoheceré aquí, sin volver a ver la luz del sol”.
Siempre que abrían la puerta del almacén sus esperanzas renacían, pero todo quedaba en ilusión. Instantes después se cerraba de nuevo y los sueños de Susana se desvanecían una vez más.
Decepcionada y resignada con su triste estado, una tranquila mañana, oyó una voz diferente a las demás: dulce, atrayente, al mismo tiempo desbordante de nobleza y seriedad:
—Bueno días, señor tendero. ¿Qué tal está?
—¡Vamos tirando!... Infelizmente estamos en tiempos de crisis y las ventas son escasas. ¿En qué puedo servirla?
—Me gustaría muchísimo poder ayudarle, sin embargo, ni mi esposo ni yo tenemos condiciones de comprarle muchas cosas. Ahora lo único que me hace falta es una escoba y quería saber si tiene alguna que sea barata, porque sólo puedo ofrecerle por ella esta moneda.
El vendedor, al ver el ínfimo valor de la pieza que le presentaba, se enojó interiormente. No obstante, impactado por la dignidad repleta de dulzura de la noble dama, se contuvo, y contrariando su temperamento un poco grosero, respondió con amabilidad:
—Tengo algunas en el almacén. Por favor, elija la que más le guste; se la regalo.
Cuando vio a Susana, la bondadosa mujer enseguida fue hasta ella, la cogió y se la llevó.
Difícil sería evaluar la alegría que la pequeña encina sintió al ser acariciada por manos suaves y delicadas como el armiño y por percibir que del rostro de aquella mujer emanaba una luz discreta y envolvente.
¿Quién sería esa señora?... ¡Era la Virgen María!
A partir de entonces Susana recibió el mayor tesoro que ha habido en el mundo: participar de la convivencia de la Sagrada Familia. Por haber sufrido con resignación y humildad el dolor de la espera y del abandono, obtuvo la gracia de servir a la Reina del Cielo y de la tierra.
La sencilla acción de barrer de María Santísima dejaba al Altísimo extasiado y, por estar en las manos de Ella, la pequeñita escoba participaba en un acto que daba más gloria a Dios que el de todos los santos reunidos.
¿Cómo explicar con palabras humanas la emoción de Susana durante el tiempo de servicio en la casa de Nazaret? Quizá los ángeles recogieron la gran reliquia en la que se había convertido, y algún día ella nos lo pueda contar...
Para los que quieran avanzar, que también se pongan al servicio de la Virgen, pues sentirán la suave caricia de sus manos y la infinitud de gracias que a ellos les reserva.
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