Un jovencito italiano, perteneciente a una familia aristocrática, albergaba en su corazón un sueño bastante insólito. ¡Anhelaba nada menos que conquistar China para el Señor! Poblaban sus pensamientos aquel vasto y misterioso imperio, así como los rasgos de los simpáticos chinos, a los que quizá sólo habría visto en grabados…

El Altísimo, que desde su morada celestial le inspiraba esos deseos como preparación para el futuro, también se encargaría de hacerlos realidad.

Sacerdotes jesuitas parten en misión

Matteo Ricci nació el 6 de octubre de 1552. Desde temprana edad aspiraba a ser misionero y, a los 18 años, ingresó en la aún joven Compañía de Jesús. Poco después recibió la grata noticia: él y otros trece compañeros —entre ellos el también jesuita italiano P. Michele Ruggieri, de quien hablaremos más adelante— habían sido autorizados a partir en misión a Asia.1

En mayo de 1577, los nuevos misioneros recibieron la bendición del papa Gregorio XIII y, tras pasar unos meses en el colegio jesuita de Portugal a la espera de un barco, el 24 de marzo del año siguiente zarparon rumbo a las Indias Orientales.

Ricci completó sus estudios teológicos en Goa y, en 1580, fue ordenado sacerdote en la ciudad de Cochin, adonde había sido enviado por motivos de salud. Tras regresar a Goa, en abril de 1582 recibió la orden de marchar a la colonia portuguesa de Macao, donde, en compañía del P. Ruggieri, que ya se encontraba allí, se prepararía para la evangelización del país aprendiendo la lengua china y familiarizándose con la cultura local.

Primeros éxitos, con persecuciones

Conocida entonces como el Imperio del Centro, China tenía fama de ser un territorio inmenso y misterioso. Para entrar en el país, Ricci y sus compañeros decidieron primero adaptar su apariencia: se afeitaron la barba y se raparon la cabeza, y sustituyeron la sotana negra por una túnica gris que recordaba a las que llevaban los bonzos budistas. Así, se presentaron como «monjes occidentales».

Poco a poco, el apostolado de los jesuitas comenzó a dar sus frutos. El gobernador de la ciudad de Zhaoqing, Wang P’an, les dio a los «adoradores del Señor del Cielo» —como se les conocía— permiso para construir una casa y una capilla.

Como era de esperar, el suceso provocó el odio y los embustes del enemigo infernal. Un accidente en el que se vio involucrado un niño —que al parecer se había caído de un muro mientras observaba la capilla— acabó generando falsas acusaciones de secuestro. Los sacerdotes tuvieron que comparecer ante Wang P’an para ser juzgados. El P. Mat­teo Ricci, por su parte, se defendió hábilmente y terminó ganando el caso.

Sin embargo, aunque los jesuitas salieron victoriosos de esa batalla, la guerra contra ellos persistía. Eran tantos los obstáculos para el apostolado de los ignacianos que en dos años sólo veinte personas se habían convertido al cristianismo…

Dos compañeros se marchan…

El P. Matteo Ricci se enfrentó a nuevas pruebas. En 1588, llegó desde Europa una orden que disponía el regreso del P. Michele Ruggieri a Italia. Ricci perdería así a un importante compañero de misión, con quien había compartido los primeros años de su arduo apostolado.

El P. Ruggieri es recordado como uno de los principales evangelizadores de China, en buena medida por los diversos libros que publicó durante la misión. No obstante, siempre tuvo muchas dificultades con el idioma local, mientras que el P. Ricci dominaba mejor la lengua hablada y escrita; por ello, desempeñó un papel discreto, pero imprescindible, en la redacción de aquellos textos.

Para sustituirlo, fue enviado el portugués P. António de Almeida, que enfermó y falleció poco tiempo después, a los 34 años. Su funeral, celebrado con la solemnidad y los honores propios de la veneración de los antepasados, tan apreciada por los chinos, generó gran conmoción e incluso conversiones.

Cambio de táctica

Tras establecer el P. Ricci su residencia en la ciudad de Shaozhou, un día un joven erudito llamado K’iu T’ai-sou, que había abandonado su carrera para estudiar el confucianismo —el sistema de ideas de Confucio (551–479 a. C.) que valora la armonía social, el respeto a los mayores, los ritos y los deberes familiares, además de virtudes como la justicia—, le pidió ser su discípulo, sobre todo con la intención de aprender los misterios de la alquimia.

El jesuita, que había llevado consigo muchos conocimientos de Occidente, aceptó sin mucho entusiasmo; pero, con el paso del tiempo, el propio alumno se acercó a la religión y acabó convirtiéndose a la Iglesia católica, pasando a ser un fiel seguidor del P. Ricci.

K’iu T’ai-sou aconsejó a su maestro que se diferenciara de los bonzos budistas —que, aunque respetados, eran mal vistos debido a la decadencia de algunos— y que se aproximara a los sabios. Ricci se mostró algo reacio, pero, pensando en los frutos apostólicos que podría obtener, finalmente accedió. Sustituyó la túnica gris por una vestimenta de seda azul oscuro, se dejó crecer la barba y el cabello, y empezó a usar el característico sombrero negro. La transformación no se limitó a su indumentaria; a partir de esa época, comenzó a firmar como Li Madou, una adaptación de su nombre al chino, a la que antepuso el apellido de una antigua familia del país.

Ese giro fue decisivo: en su interacción con el confucianismo, Ricci encontró una base que le permitió explicar las verdades de la fe con mayor aceptación entre los eruditos, aumentando así el número de conversiones.

«Yo soy Dios»

A pesar de esos consuelos, el apostolado avanzaba a paso lento. Si todo aquel trabajo no buscaba sino la gloria de Dios, ¿por qué permitía el Señor semejantes dificultades?

Durante un viaje fluvial rumbo a Pekín, con el propósito de reunirse con el emperador, el P. Ricci contemplaba el paisaje, absorto en anhelos e incertidumbres, cuando una mano le tocó el hombro y una voz se hizo oír:

—¿Así que quieres recorrer este país y abolir la antigua religión para introducir una nueva?

Sobresaltado, se volvió hacia quien lo sujetaba y le preguntó:

—¡Vos conocéis mi secreto! ¿Sois Dios o el demonio?

—¡Yo soy Dios!

El P. Ricci cayó de rodillas y exclamó:

—Señor, si Vos conocéis mis deseos, ¿por qué no me ayudáis?

Sin pronunciar palabra, el Altísimo hizo que el jesuita se volviera hacia adelante y le mostró una visión: un deslumbrante portal, flanqueado por altas torres, y unos arbustos que cubrían las orillas de un río. Ricci advirtió que se trataba de una gracia que le anunciaba que aquel sería el lugar donde su misión alcanzaría el éxito.

Poco tiempo después, por motivos de salud, se vio obligado a ir a Nankín, literalmente capital del sur. Cuando llegó a la entrada de la ciudad, no daba crédito a lo que veían sus ojos: ¡reconoció el mismo portal de la visión! Por inspiración divina, comprendió que a partir de ahí Dios cumpliría su promesa, aunque hasta entonces no contaba más que con un discípulo.

Un debate con monjes budistas

En Nankín, muchos ya conocían a Ricci y no se extrañaron de su cambio de apariencia, pues lo reconocían como un erudito. Aun así, hubo de afrontar controversias, como la que mantuvo con Li-Pen-kiou, un renombrado sabio budista de 74 años, acompañado por el célebre Houang-San-hui y otros veinticinco bonzos.

El anciano invitó al P. Matteo Ricci a un banquete en su residencia y, durante la comida, propuso un debate sobre religión. El episodio recordó los diálogos bíblicos entre Jesús y los doctores de la ley: en un intento por desacreditar públicamente al jesuita, los monjes no consiguieron rebatir sus argumentos y se retiraron humillados tras ocho horas de discusión.

Hubo también ocasiones similares en las que, por la protección divina y la inspiración del Espíritu Santo, el P. Ricci salió siempre victorioso. Así, su fama fue creciendo y brindó a los mandarines la oportunidad de abrazar la verdadera fe.

Sin embargo, aún no había alcanzado su principal objetivo: entrar en la Ciudad Prohibida —conjunto de edificios del palacio imperial, situado en el centro de Pekín, al que ningún extranjero había accedido hasta entonces— y hablar con el emperador.

Con un reloj de cuerda, al palacio imperial

Matteo Ricci no sólo era inteligente, sino también muy sagaz para llevar adelante sus propósitos. Pidió entonces al rey Felipe II de España varios regalos, que le servirían de pretexto para llegar hasta el soberano chino.

Tras iniciar sus gestiones, el P. Matteo Ricci y su compañero, un sacerdote español llamado Diego Pantoja, fueron detenidos durante casi un año, víctimas de la envidia de un eunuco. No obstante, gracias a la intervención de amigos, finalmente pudieron entregar los obsequios al emperador, quien se los agradeció por medio de una carta.

Entre los objetos regalados, había uno especial. Con perspicacia, el P. Ricci ideó una estratagema para asegurarse una nueva audiencia con el emperador: consciente de la fascinación china por el cómputo del tiempo, le ofreció al monarca un valioso reloj de cuerda, pero ajustado para que funcionara solamente un día… Cuando el reloj se detuvo, como por encanto, el propio emperador solicitó que Ricci regresara al palacio para que «reparara» el mecanismo.

Los planes, inspirados por la gracia, surtieron efecto. El emperador quedó tan impresionado con el regalo que deseó conocer personalmente a los jesuitas. La curiosidad del monarca por Occidente, sus costumbres, edificios y paisajes era tan grande que les pidió a los sacerdotes que le pintaran algunas escenas europeas.

Estos acontecimientos impulsaron el apostolado de los misioneros y permitieron que el cristianismo arraigara en el Imperio del Centro. Se erigieron iglesias y se fundaron varias casas jesuitas, destinadas tanto a los hijos de San Ignacio procedentes de Europa como a los nuevos jesuitas chinos. Para documentar la misión, el P. Matteo Ricci redactó en su lengua materna la obra Della entrata della Compagnia di Giesù e Christianità nella Cina.

Últimos años de vida

A los 56 años, el P. Matteo Ricci mostraba ya encanecidos el cabello y la barba; su rostro reflejaba los inmensos sacrificios realizados. Incansable, nunca dejó pasar la oportunidad de hacer el bien a las almas, dedicándose por completo a Dios sin importarle el peso de la edad, el cansancio ni las enfermedades.

Finalmente, el 11 de mayo de 1610 pronunció sus últimas palabras, que resultaron ser una verdadera profecía: «Os dejo ante una puerta abierta a grandes méritos, pero no sin muchos peligros y tribulaciones». Su muerte despertó el respeto de los chinos y, para sorpresa general, el emperador permitió que fuera enterrado en Pekín, algo que estaba terminantemente prohibido a los extranjeros.

¡La Iglesia católica triunfó en China!

Al repasar brevemente la vida del P. Matteo Ricci y considerar, por un instante, la realidad actual de China, puede asaltarnos una pregunta: «La historia es muy bonita, pero ¿en qué quedó todo eso? China nunca ha llegado a ser realmente un país cristiano…».

En efecto, todo ese esfuerzo parece no haber dado los frutos con los que se soñaba al inicio de ese apostolado, a menos que analicemos la historia desde la perspectiva de Dios. Para Él, el valor del sacrificio apostólico del P. Matteo Ricci —así como el de las almas salvadas por su mediación— es incalculable, pues constituye el cumplimiento de la voluntad divina respecto a él. Por tanto, la fidelidad de estos pocos resulta, a los ojos del Señor, más valiosa que el rechazo de aquellos que no creyeron.

Además, ¿quién sabe si, en el futuro, China no se convertirá en hija de la Santa Iglesia Católica por obra de nuevos misioneros? Quizá la Providencia sólo esté esperando el momento oportuno para derramar torrentes de gracias nuevas sobre el Imperio del Centro, cosechando los frutos del sacrificio de quienes, en el pasado, se entregaron sin llegar a contemplar el florecimiento de su apostolado.

Sin vacilar, podemos afirmar que la fe católica sí triunfó en suelo chino por el sacrificio de quienes allí vivieron con valentía conforme al célebre lema jesuita: Ad maiorem Dei gloriam. 

Notas:


1 Los datos históricos y biográficos que figuran en el presente artículo han sido tomados de las siguientes obras: Cronin, Vincent. Matteo Ricci. Le sage venu de l’Occident. Paris: Albin Michel, 2011; Spence, Jonathan Dermot. O palácio da memória de Matteo Ricci. São Paulo: Companhia das Letras, 1986; Füllöp-Miller, René. Os jesuítas: seus segredos e seu poder. Porto Alegre: Globo, 1946.