He aquí una hermosa escena de la vida de San Francisco Javier:
Era de noche. Dentro de un barco pequeño en mar revuelto, todos estaban angustia dos y San Francisco, rezando.
Mientras la nave era sacudida por todas partes, el santo recorría en espíritu los nueve coros de ángeles, reverenciaba a los patriarcas, se encomendaba a los profetas, en una visita serena, calma, pidiéndoles ayuda a cada uno.
La gente, atónita, al contemplar esa tranquilidad encontraba en ella los medios de resistir.
Esa es la actitud de un gran santo que, por tener en abundancia el espíritu de la Iglesia, enfrenta los peligros de la existencia como un caballero medieval afrontaba los riesgos de la guerra.
El caballero era ávido de peligros y aventuras porque sabía defender de esta manera la causa a la cual había sido llamado.
La postura que adopta el varón católico cuando se halla en peligro es esta: no entrar en pánico, sino crecer en la confianza.
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