Cargado exuberantemente con delicados y coloridos racimos de flor, blancos, rosas o amarillos, el lapacho evoca la inefable belleza del Altísimo.

La jaboticaba, por su parte, con sus troncos y ramas repletos de frutitas, recuerda la generosidad con que la Providencia atiende las necesidades de sus hijos.

Pero, cuando se está contemplando tan frondosas criaturas, ¿quién se acuerda de que su origen está en una diminuta semilla?

Sí, el esplendor de aquellos árboles antes de llegar a su estado de perfección estaba contenido dentro de un envoltorio diminuto y frágil, que corría el riesgo de servir de alimento para los pájaros, morir en un terreno pedregoso sin lograr germinar o ser ahogado entre abrojos cuando todavía era un brote.

No obstante, habiendo encontrado las condiciones adecuadas, el principio vital contenido en la semillita la llevó a echar raíces, extraer minerales de la tierra y hacer que surgiera el tierno tallo que prenuncia el árbol adulto.

Analizando este proceso, vemos que es indispensable la presencia de un elemento fundamental, sin el cual la planta nunca adquirirá las fuerzas necesarias para alcanzar su plenitud: el sol. Sin embargo, jamás podrá elevarse del suelo en pos del astro rey si no concurre otro factor igualmente vital: el agua.

Algo similar sucede con los hombres: así como las plantas no pueden crecer en dirección al sol, fuente de su vida y energía, sin estar arraigadas en la tierra húmeda, las almas son incapaces de llegar hasta Dios sin la ayuda y mediación de María Santísima.

Ella cuida de sus “semillitas” evitando que caigan en terreno pedregoso e interviene para sacarlas de entre las espinas, pero también las vivifica como el agua hace con el vegetal.

Las robustece, las ayuda a crecer y les da el vigor suficiente para que se conviertan en “árboles” frondosos y saludables según su “especie”, es decir, su propia vocación.

Aunque hay una gran diferencia: si en la naturaleza existen desiertos y períodos de sequía, eso nunca ocurre en la esfera sobrenatural.

Cuando un alma no corresponde a los designios que Dios tuvo al crearla y termina marchitándose y muere, no es por falta del auxilio de María, sino por haberse cerrado a su afectuosa y clementísima mediación.

La Virgen es capaz de transformar incluso las “semillas” estériles en frondosos y majestuosos “árboles”, marcándolos con la hermosura característica de las obras emanadas de sus purísimas manos.

Quien se pone bajo su influencia cristalina y se deja embeber por el frescor de su santidad, se prepara de la mejor manera posible para vivir en la Jerusalén celestial, donde no hay necesidad del sol ni de la luna que la alumbre, “pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).

Las “semillas” vivificadas y gobernadas por María Santísima tienen, ya en esta tierra, la alegría de participar en cierto modo de esa Luz.

Y, al llegar a la vida eterna, formarán parte del maravilloso conjunto de las almas justas, más bello y magnífico que cualquier bosque de lapachos, robles o jaboticabas que en este mundo se pudiera encontrar.